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Educación

Cuando el arte entra en la escuela, las aulas respiran: una práctica de convivencia y futuro común

Las prácticas artísticas generan contextos donde la infancia y juventud pueden expresarse desde otros lenguajes, explorar nuevas formas de relación y descubrir capacidades que muchas veces no emergen en otros formatos educativos.

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30
junio
2026

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En los últimos años, las escuelas se han convertido en uno de los lugares donde mejor se reflejan los desafíos de nuestro tiempo. En sus aulas conviven preguntas, incertidumbres, cambios acelerados, nuevas formas de relacionarse y también muchas necesidades de escucha, expresión y pertenencia. Infancias y juventudes crecen hoy en un presente atravesado por transformaciones sociales, climáticas, tecnológicas y afectivas que configuran nuevas maneras de estar en el mundo y de habitar lo común.

Lo que emerge en los centros educativos no pertenece únicamente al ámbito escolar. Es también un síntoma social. Pero es en la escuela donde ese síntoma se hace visible, cotidiano y urgente. Las dificultades de convivencia, la desafección hacia el aprendizaje o la fragilidad emocional no son anomalías individuales, sino manifestaciones de las tensiones colectivas que atraviesan nuestro tiempo y que, a menudo, encuentran pocos espacios donde poder nombrarse, comprenderse o transformarse.

En este contexto, los centros educativos sostienen mucho más que los aprendizajes curriculares. Son espacios donde se construyen vínculos, donde se aprende a convivir, a colaborar, a escuchar, a disentir y a imaginar junto a otras personas. Son lugares donde cada día se ponen en juego preguntas fundamentales sobre cómo queremos convivir y qué futuro queremos construir.

Los centros educativos sostienen mucho más que los aprendizajes curriculares

Pero sostener todo eso no es sencillo. Las escuelas afrontan demandas cada vez más complejas, acompañando procesos educativos, emocionales y sociales al mismo tiempo. En medio de esa exigencia, abrir espacios para la creación, la experimentación o la expresión compartida puede parecer, a veces, algo secundario. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde reside una de las grandes oportunidades de la educación contemporánea.

No hablamos únicamente de incorporar contenidos artísticos al currículo, ni de acercar al alumnado a artistas, técnicas o movimientos culturales. Hablamos de algo más profundo: de abrir espacios donde imaginar, crear, investigar, preguntarse, construir sentido en común. Espacios donde el aprendizaje no se limita a adquirir conocimientos, sino que se convierte también en una experiencia compartida, sensible y transformadora.

Las prácticas artísticas generan contextos donde la infancia y juventud pueden expresarse desde otros lenguajes, explorar nuevas formas de relación y descubrir capacidades que muchas veces no emergen en otros formatos educativos. El cuerpo, la palabra, la imagen, el sonido, el movimiento o la creación colectiva se convierten en herramientas para comprender mejor el mundo y situarse en él.

En los proyectos desarrollados en el marco de PLANEA, red impulsada por la Fundación Daniel y Nina Carasso, hemos podido acompañar muchas de estas experiencias en contextos y territorios muy diversos. Y en todos ellos aparece una certeza compartida: cuando el arte forma parte de la vida cotidiana de la escuela, no solo cambian las metodologías. Cambian las relaciones. Cambia la manera de aprender. Cambia la forma de estar en colectivo.

Las experiencias que estamos viendo en contextos donde el arte tiene una presencia sostenida apuntan a una dirección clara. Cuando se habilitan espacios de creación, cuando se trabaja desde procesos abiertos, cuando se confía en la capacidad expresiva del alumnado, algo se mueve. No es que desaparezcan los conflictos (no sería realista pensarlo), pero sí se transforman las formas de habitarlos, se reducen en intensidad, se vuelven más transitables, pierden dureza y disminuyen su capacidad de escalar. Docentes que descubren capacidades inesperadas en su alumnado. Estudiantes que encuentran, quizá por primera vez, un espacio donde pueden concentrarse, comprometerse, sostener procesos largos y compartir algo propio. Grupos que aprenden a escucharse de otra manera. Comunidades educativas que encuentran nuevos lenguajes para nombrar lo que viven y nuevas herramientas para construir relaciones más cuidadosas y más sólidas.

Por eso resulta especialmente significativo reivindicar su lugar en el contexto de la Semana Internacional de la Educación Artística. No solo como una celebración simbólica, sino como una oportunidad para reafirmar el papel del arte en la construcción de escuelas más vivas, inclusivas y conectadas con su tiempo.

Hablar de educación artística es hablar de convivencia

Hablar de educación artística no es hablar de un complemento, de una actividad puntual o de un espacio accesorio dentro del sistema educativo. Hablar de educación artística es hablar de convivencia. De participación. De pensamiento crítico. De creatividad compartida. De la capacidad de construir comunidad en un momento histórico que necesita, más que nunca, espacios donde imaginar futuros posibles.

La educación artística no prepara únicamente para comprender la cultura. Prepara para vivir en sociedades complejas, diversas e interdependientes. Nos ayuda a escuchar otras voces, a trabajar con la incertidumbre, a sostener preguntas abiertas, a colaborar con quienes piensan distinto y a reconocer que muchas de las respuestas que necesitamos no pueden construirse en soledad.

En un tiempo marcado por cambios profundos y desafíos comunes, quizá una de las preguntas más importantes sea qué tipo de escuela necesitamos para el presente que habitamos. En ese sentido, el arte no viene a suavizar la escuela, sino a expandirla. A hacerla más capaz de acoger la complejidad.

Las experiencias que hoy están ocurriendo en escuelas, institutos, centros culturales y territorios de todo el país nos muestran que el arte tiene mucho que aportar a esa conversación. Porque cuando el arte entra en la escuela, las aulas respiran. Y cuando las aulas respiran, también lo hace el futuro.


Eva Morales Gómez es coordinadora de proyectos en Pedagogías Invisibles y del nodo mediador de Madrid de la Red PLANEA

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