Filosofía de la virtud
Para Sócrates, solo el sabio podía ser virtuoso. Para Platón, eran cuatro las virtudes esenciales: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Simone Weil, por su parte, destaca la humildad de entre todas. Muchos han sido los filósofos que han situado a la virtud en el centro de su pensamiento.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
«Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un poco de agua», dejó escrito el aviador y poeta Antoine de Saint-Exupéry. Algo así sucede con la virtud. Embellece a quien la practica, porque la virtud conmina a la acción, de ahí que quien tenga virtudes se convierta en virtuoso. Se pueden tener valores nobles, altísimos, pero estos (no en vano son un término bursátil) solo arraigan en la abstracción. No hay adjetivo para quien los cultiva. A la contra de las virtudes, los valores no exigen su práctica. «Las virtudes configuran a la persona y a la comunidad», apunta la filósofa Adela Cortina.
En el antiguo Egipto, la diosa Maat simbolizaba la armonía, la verdad, el orden, la moralidad. Si ella no los regía, entre los hombres imperaba el caos. Se la representa con una pluma de avestruz. Cuando un ciudadano moría, colocaba en un plato de la balanza su alma; en el otro, su pluma. Si pesaba más esta, es que el alma no había vivido correctamente y merecía ser devorada por Ammit, la bestia de los muertos.
Siempre ha habido un concepto a propósito de lo bueno, lo deseable, lo correcto. Pero hubo que esperar al periodo clásico para que el término virtud (del latín virtutem) cristalizase, primero como aptitud física, después como idoneidad moral. Hacer lo que conviene para una vida ética. Con la felicidad como Ítaca. Como línea de horizonte.
Para el mundo griego, se convirtió en un eje para casi todo lo demás. Areté. La plenitud de una potencia. Para Sócrates, solo el sabio podía ser virtuoso. Conocimiento y bien estaban enlazados. Pero delimitar la virtud al plano intelectual conlleva el riesgo de privar de responsabilidad moral a quien no actúa como debiera. Platón observó este equívoco, y pese a que reduce las virtudes a la sabiduría, recuerda que uno siempre es responsable cuando no hace el bien, ya que ha permitido que sus pasiones le dominen.
Virtud, práctica individual y colectiva
Definidas en La República, Platón reduce a cuatro las virtudes que luego se llamarán cardinales. La prudencia, que nos permite discernir lo bueno en cada circunstancia; la fortaleza, esa capacidad de resistencia para encarar el miedo; la templanza, que remite a la moderación en los impulsos, deseos y acciones, y la justicia, que nos guía para dar a cada cual lo que le corresponde. Estas cuatro virtudes platónicas son los pilares de la ética occidental.
Aristóteles, por su parte, diferencia la virtud moral —emparentada con el hábito, que conduce las acciones y las emociones y que implica una elección— y la virtud intelectual —que rige el pensamiento y puede o no concretarse en una acción—. Se le ha reprochado lo confuso de la distinción, porque las virtudes morales implican el ejercicio de la razón, y la excelencia de la razón, a su vez, depende del cuidado de las virtudes morales.
Los estoicos no contemplan otra finalidad de la virtud que ella misma
Impecable en cambio es la relación que nos da el estagirita de las virtudes morales: la valentía, la templanza, la sinceridad, la amabilidad, la generosidad y la magnanimidad (la grandeza del alma). En Ética a Nicómaco nos recuerda que, si bien el destino de la práctica virtuosa es la felicidad, es una búsqueda tanto individual como común y compartida. Los estoicos (Séneca, Cicerón, Marco Aurelio) no contemplan, en cambio, otra finalidad de la virtud que ella misma.
Alegría y humor, virtudes romanas
A la diosa Virtus (representada como una matrona, a veces como un anciano y en algunos frisos como un joven con jabalina) se encomendaban los romanos para ser ciudadanos dignos y personas íntegras. Entre las principales virtudes romanas, públicas y privadas, se encuentra la autoridad (merecer la admiración ajena), la perseverancia, la clemencia (misericordia, dirá después el catolicismo), la dignidad, la buena fe (fides, confianza en las intenciones nobles del otro; Marco Aurelio nos recuerda que «el débil se ofende por la verdad, el fuerte, por las mentiras»), la frugalidad, la nobleza, la justicia, la prudencia, la salubridad… y dos más, fascinantes: la alegría y el humor.
El corpus teológico católico retoma las enseñanzas clásicas para entronizar las virtudes cardinales y añade tres, las teologales: fe, esperanza y caridad. Para el catolicismo, no hay virtud posible que no se fundamente en el amor. San Agustín coloca en la caridad el epicentro de todas las virtudes (a las que define como «el orden del amor»), algo que retoma santo Tomás, para quien cualquier virtud «potencia el conocimiento y la libertad». Entre uno y otro, con motivo de su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlomagno hace pública una relación de las virtudes caballerescas que honran a quienes las practican: dar limosna a los pobres, misericordia para con los presos, redimir al cautivo, no perseverar en la ira, no perjurar ni permitir que otros lo hicieran…
La virtud, término medio entre extremos
El pensamiento moderno va perdiendo la noción clásica de la virtud como resultado de la voluntad e inteligencia, para delimitarla al hábito individual o la costumbre social. Así lo hacen Descartes y Comte, si bien algunos filósofos como Leibniz matizan que la virtud excede al puro automatismo. Por su parte, Hobbes la identifica con la ley civil. La moral, por tanto, el ejercicio de las virtudes, se encamina únicamente a la paz social. En esta órbita se sitúa Bentham cuando afirma que el valor de la virtud se mide por sus consecuencias. Kant, cuyo sistema moral se sustenta en la razón, cede a la virtud el desempeño de guardiana de las pasiones.
En Nietzsche, la moral, por tanto, la virtud, es más problemática. Él distingue la moral del esclavo frente a la del amo. Habla de las virtudes, propias de «hombres superiores», como Goethe o Beethoven. Al considerar que la convivencia de este tipo de hombres con el resto los envilece, estima la soledad como la gran virtud, a la que acompaña de otras tres: valor, perspicacia y simpatía.
A principios del siglo XX, dentro de la fenomenología, destaca Max Scheler, que retoma a san Agustín y su ordo amoris para explicar la virtud en tanto tendencia a actuar de cierto modo, y con la única recompensa de obrar con rectitud («La recompensa de una buena obra es haberla hecho», san Agustín dixit).
Simone Weil, quien ahonda en la vida virtuosa, destaca de entre todas las virtudes la humildad como única senda que permite alcanzar ese término vital en su ética, la decreación (tomado, décadas después, por Anne Carson como centro de su poesía). La necesidad de disolver, de aniquilar al yo para volver a Dios.
Más contemporáneos, tanto José Antonio Marina como Javier Gomá han transitado el terreno especulativo de la virtud. Para el primero, la virtud es el «hábito de la excelencia», ya que no solo permite desempeñar con diligencia un empeño, sino que perfecciona la facultad misma. En sus obras se destacan virtudes como la compasión, la perseverancia, la bondad, la responsabilidad y el coraje. Por su parte, Gomá hace hincapié en la necesidad de educar el corazón, de manera que cada ciudadano sienta determinadas verdades como evidentes, y hace suya la definición aristotélica: «Aprender a amar, odiar y gozar correctamente».
En lo que están de acuerdo los filósofos a lo largo de los siglos, con matices, es que las virtudes se aprenden, se pulen, se perfeccionan, se incorporan de tal manera que se convierten en algo similar a una respuesta automática. Aristóteles resulta incontestable: la virtud, disposición voluntaria adquirida que habita el término medio entre dos extremos indeseables, uno por exceso y otro por defecto.
COMENTARIOS