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Sobre la dignidad del sufrimiento en el deporte

El deporte manifiesta una constante tensión entre el umbral de dolor que el deportista puede soportar y la tentación de interrumpir el sufrimiento en cualquier momento.

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08
julio
2026

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«¡Tendrás 65 años y seguirás ganando Roland Garros!». Así cuentan que exclamó un desesperado Nico Almagro frente a Rafa Nadal en los cuartos de final del Abierto de Francia de 2008. Por entonces, casi todos quisimos creer en algún momento que la disparatada profecía de Almagro podría llegar a hacerse realidad. Pero, evidentemente, no fue así. En noviembre de 2024, a los 38 años, Rafa disputó su último partido como tenista profesional con el equipo español de Copa Davis.

Por sus triunfos deportivos, Nadal puede ser considerado sin duda uno de los más grandes tenistas de todos los tiempos … hasta la fecha (en el deporte, todo es siempre «por ahora»). Su figura se ensalza también por una conducta ejemplar en la competición; por su actitud frente al éxito y el fracaso. Un tenista que nunca buscó excusas en la derrota ni otras razones para la victoria que la constancia y el esfuerzo. Un deportista que no presumía ni se lamentaba; que rebajó el valor de sus propios méritos y reconoció los del adversario.

Lo que hemos sabido últimamente, gracias a una reciente serie documental sobre su vida deportiva (Rafa), es que el dolor, consecuencia de las múltiples lesiones padecidas, ha sido una constante insoslayable a lo largo de toda su carrera. Desde el temprano diagnóstico del síndrome de Müller-Weiss –una rara y dolorosa afección degenerativa del hueso escafoides del pie que le acompañará de por vida– hasta problemas en rodillas, tobillos, muñecas o costillas, Rafa Nadal convivió a diario con el dolor y con la incertidumbre sobre su rendimiento e, incluso, sobre su porvenir. Esta experiencia forjó en él una actitud singular para enfrentarse al sufrimiento y una capacidad extraordinaria para sobreponerse y seguir compitiendo mientras fuera posible. Como él mismo confiesa en uno de los episodios de la serie: seguramente no hace falta sufrir lo que yo he sufrido para ser lo que yo he sido; pero, elegí ese camino y creo que es el camino correcto.

Una sociedad alérgica al padecimiento físico

Vivimos una época marcada por una actitud de rechazo frontal hacia el dolor y el sufrimiento corporal. En la denominada por Byung-Chul Han «sociedad paliativa», el padecimiento físico se concibe como una intrusión inmerecida e ilegítima en nuestra vida; como un mal carente de justificación que debe ignorarse, evitarse o suprimirse por completo. A diferencia del «cuerpo disciplinado», para el «cuerpo hedonista» de nuestro tiempo, que se gusta y se disfruta a sí mismo, «el dolor carece por completo de sentido y utilidad», sostiene el filósofo surcoreano. Sin embargo, la experiencia de uno de los mejores tenistas de la historia nos recuerda que el dolor y el sufrimiento existen y que el deporte es uno de los territorios en los que habita.

Vivimos una época marcada por una actitud de rechazo frontal hacia el dolor y el sufrimiento corporal

Lo olvidamos con frecuencia, pero el dolor y el sufrimiento son consustanciales al deporte. En los entrenamientos y en la competición, el buen deportista empeña sus capacidades físicas al máximo, hasta el extremo del agotamiento o de poner en riesgo su propia integridad.

Hay deportes individuales, como el ciclismo, en los que el sufrimiento es intrínseco a su práctica.  A principios del siglo XIX, en las primeras ediciones del Tour de Francia, el padecimiento de los corredores en carrera fue incluso objeto de críticas desde movimientos ligados al sindicalismo obrero francés que consideraron a los ciclistas «trabajadores forzados de las carreteras». Paradójicamente, con el tiempo, ese sufrimiento y la capacidad de los deportistas para resistirlo se ha convertido en un elemento característico y distintivo de la ronda gala frente a otras competiciones ciclistas internacionales.

En otros deportes de equipo, como el rugby, el dolor es una realidad palmariamente visible en su ejercicio. El rugby es un deporte de combate en el que los cuerpos de los deportistas se interponen y colisionan para avanzar o para neutralizar al adversario. Puede ser tan intenso el contacto entre los jugadores que algunas de las acciones típicas del rugby supondrían una infracción de las reglas del juego en otras muchas disciplinas deportivas. Cuanto más duro es el juego, más juego es, lo que exige del deportista un compromiso notable consigo mismo para fortalecerse físicamente y un carácter no menos fuerte para sostener el espíritu de equipo y vencer el miedo al enfrentamiento con el adversario. De hecho, algunos veteranos rugbiers reconocen que aquello que mejor recuerdan de su historial deportivo no son tanto las victorias, sino los partidos en los que más sufrieron junto a sus compañeros por lograrla.

Al margen de estos dos expresivos ejemplos y de una u otra manera, el esfuerzo sacrificado que la mayoría de los deportes exigen, los límites que nuestras capacidades y condiciones físicas imponen y las lesiones corporales que se pueden producir durante la práctica implican siempre sufrimiento o dolor.

Y, siendo así que vivimos en una sociedad alérgica al padecimiento físico, ¿qué nos atrae del dolor y el sufrimiento en el deporte? ¿Por qué los deportistas lo asumen y los espectadores lo aprecian? ¿Por qué hemos admirado a Nadal cuando le hemos visto padecer, más allá incluso de sus incontables triunfos deportivos y de su ejemplar actitud como deportista?

El sufrimiento como algo accesorio o residual en el terreno de juego

Quizás sea que consideramos el dolor o el sufrimiento como un ingrediente incierto del hecho deportivo, dado que la posibilidad de que el agotamiento derrote al deportista o de que este resulte abatido por una lesión constituyen factores exógenos que pueden alterar el curso normal del evento, contribuyendo así a dotarle de una mayor incertidumbre y emoción. En 2022, Rafa Nadal, con 36 años y seriamente lastimado por su crónica lesión de escafoides, logró su decimocuarto y último título de Roland Garros tras derrotar en la final a un joven Casper Ruud, de 23 años. Tan solo unos días antes, en la disputada semifinal que le enfrentó a Alexander Zverev, el alemán resultó gravemente lesionado; su dramática imagen en la pista visibilizó elocuentemente el instante emocional en el que un dolor invencible y un sufrimiento intenso cambian el curso de la competición y pueden decidir el resultado final de un campeonato a favor de uno de los contendientes.

El espectador aprende de la lucha del jugador contra el dolor y el sufrimiento

Puede ser también que apreciemos el componente pedagógico y enaltecedor del dolor y el sufrimiento en el deporte como una especie de catarsis ante al esfuerzo máximo que el deportista ofrece: el espectador aprende de la lucha del jugador contra el dolor y el sufrimiento; y el jugador se dignifica con el dolor y el sufrimiento que padece y que desvela al mismo tiempo su fragilidad y su fortaleza. El deporte manifiesta así una constante tensión entre el umbral de dolor que el deportista puede soportar y la tentación de interrumpir el sufrimiento en cualquier momento: «pain is inevitable; suffering is optional». Muchos jugadores de rugby explican que el dolor que experimentan en un partido se acepta y se soporta porque tiene un contexto y un significado propio en una dinámica colectiva de esfuerzo y padecimiento en equipo para lograr la victoria.

Pero, seguramente lo que consciente o inconscientemente valoramos en Nadal y en los auténticos deportistas es su capacidad, casi sobrehumana, para desdeñar el dolor y el sufrimiento como algo accesorio o residual en el terreno de juego. No es ya que el deportista sienta dolor o sufra, sino que lo resiste y lo supera, que se enfrenta al dolor y se sobrepone al sufrimiento. Es que, concentrado en su esfuerzo y en pos de la victoria, intenta olvidar y olvida el padecimiento físico y es capaz incluso de anular la sensación nociceptiva hasta no percibirla. El sufrimiento no desaparece en realidad; pero, cambia la forma en que se experimenta, porque el jugador lo que desea es seguir jugando y lo seguirá haciendo, ajeno e insensible al dolor mientras pueda hacerlo.

Acostumbrados a posponer la gratificación inmediata y a sustituirla por el sacrificio y el esfuerzo, los deportistas excepcionales son también capaces de posponer el dolor y el sufrimiento hasta la consecución del logro o hasta fracasar en el intento; aunque sufran, aunque les duela, porque no lo sienten. El sufrimiento y el dolor reaparecerán –por supuesto que lo harán–, pero será más tarde, al día siguiente de la contienda, cuando su cuerpo golpeado y resentido se lo recuerde.

Frente a lo que habitualmente sucede en ese otro espectáculo deportivo de masas en el que los actores simulan lesiones para confundir al árbitro u obtener alguna ventaja competitiva, en el orden natural del rugby, en ese espacio que Paula Arizmendi describe como la «tierra de los ciegos al dolor», no es relevante padecer daño ni tiene sentido fingirlo. Jamás oí a un jugador de rugby quejarse de lo mucho que sufrió en una melé o de lo que pudo dolerle el placaje de un rival; solo los he oído comentar cómo de dolorido o cuán magullado amaneció su cuerpo al día siguiente del partido. Deportistas inmunes al dolor y al sufrimiento que no lo sienten ni lo padecen, solo juegan; cómo héroes de otros tiempos, casi como dioses.

Por esto, también por esto, seguiremos admirando a Nadal y a todos los deportistas de su especie.


Joaquín Mollinedo es director de Relaciones Institucionales, de Comunicación y de Marca de Acciona

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