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El ídolo dorado de Trump y la ética del monumento

La autoridad verdaderamente estable no necesita anunciarse en oro. Solo el poder que teme su propia contingencia intenta petrificar su imagen, endurecer la admiración en metal antes de que pueda evaporarse.

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24
abril
2026

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Cada generación hereda las estatuas de la anterior y debe decidir si las honra, las reinterpreta o las derriba. Estos momentos de reevaluación no son simplemente disputas sobre el espacio público o el relato histórico. Revelan una tensión ética más profunda en torno a la naturaleza del poder, la inestabilidad de la gloria y lo que Emmanuel Levinas llamó nuestra responsabilidad ante el Otro: ese rostro humano que el monumento, fijado en piedra o metal, ignora silenciosamente.

La noticia de que una inmensa estatua dorada de Donald Trump fue comisionada, disputada y finalmente empañada por acusaciones de impagos a sus creadores posee la coherencia interna de una parábola involuntaria: es una manifestación perfecta de la colosal vulgaridad del homenajeado.

Esa estatua posee también una genealogía peregrina: mitad ídolo veterotestamentario, mitad espectáculo de Las Vegas. Se inscribe en la tradición de hombres poderosos que buscan perpetuarse en forma material, empeñados (a veces con desesperación apenas disimulada) en que la historia los admire según sus propios términos, bajo su propia luz dorada.

Erigir un monumento a uno mismo es argumentar que la autoridad de uno no es contingente sino necesaria

Estos monumentos nunca son meramente decorativos, ni siquiera meramente políticos. Son reclamos ontológicos. De legitimidad que se pretende natural. De permanencia que se anhela eterna. Del futuro como extensión inevitable del presente. Erigir un monumento a uno mismo es argumentar, sin palabras, pero con todo el peso del bronce o del oro, que la autoridad de uno no es contingente sino necesaria, que el tiempo mismo debe curvarse, reverente, alrededor de una sola figura.

La historia, sin embargo, nos ofrece una contra narrativa obstinada. Cuanto más agresivamente el poder intenta monumentalizarse, más frágil (más mortal) se revela. Lo que se erige para imponer reverencia termina, con una regularidad casi cómica si no fuera tan trágica, como sitio de ridículo, furia, o simple borrado. La estatua que una vez exigió asombro se convierte, inexorablemente, en una lección de hybris.

El monumento como máquina epistemológica

Los monumentos no son solo proyectos de vanidad; son, en el sentido más profundo, intervenciones epistemológicas. Intentan manufacturar no solo el presente sino la realidad misma, o al menos nuestra percepción de ella. Sabemos que el poder opera no mediante la coerción directa, sino a través de la organización del espacio, la visibilidad y el espectáculo; transformando la arquitectura en una tecnología de control. El monumento es una de esas tecnologías: moldea lo que puede ser visto, pensado, imaginado.

Cuando Augusto sembró el mundo romano con estatuas de su semblante juvenil y sereno, un rostro que permanecía intacto en el mármol mientras la carne envejecía fuera de él, no estaba tanto registrando su apariencia como inventándola y fijándola contra el tiempo. La repetición valía más que la semejanza. A lo largo del imperio, los ciudadanos se encontraban una y otra vez con el mismo cuerpo apacible, la misma autoridad sin fisuras, la misma promesa muda de un orden eterno, en foros y templos por igual, hasta que toda otra posibilidad comenzaba a desvanecerse en lo impensable.

Los autócratas modernos perfeccionaron esta lógica con una sistematicidad que Augusto apenas habría podido imaginar. Stalin y Mao no se limitaron a tolerar la imaginería monumental de sí mismos, sino que la exigieron con la urgencia de quien comprende que el poder totalitario necesita no solo obediencia externa, sino también una forma de ocupación interior. Estatuas, retratos gigantes y pancartas transformaron las ciudades en verdaderas galerías del líder. Esta presencia constante saturó la vida cotidiana y convirtió la obediencia política en un hábito visual, casi reflejo. El rostro del dirigente terminó por funcionar como un dispositivo de condicionamiento ambiental, omnipresente e ineludible, que inducía a los ciudadanos a experimentar el régimen como natural, inevitable y permanente, en lugar de reconocerlo como lo que era, una construcción histórica y revocable.

El rostro del dirigente terminó por funcionar como un dispositivo de condicionamiento ambiental, omnipresente e ineludible

Los fascismos del siglo veinte llevaron esta lógica a su expresión más brutal y «estéticamente coherente». Mussolini cubrió Italia con su perfil de mandíbula pétrea y transformó cada plaza pública en un escenario para el culto al Duce. El EUR, su distrito monumental en Roma, ese conjunto de edificios racionalistas y arcos imperiales aspiraba a convertirse en la capital de un imperio destinado a perdurar mil años. Fue una fantasía de mármol que apenas sobrevivió dos décadas antes de transformarse en un archivo de ambiciones desmesuradas. Franco, por su parte, sembró España de monumentos al Movimiento Nacional, cuyo punto culminante fue el Valle de los Caídos, quizá la manifestación más extrema de esa pulsión monumental.

Tales monumentos no representan simplemente el poder. Lo normalizan. Reducen el espacio imaginativo en el que podría surgir el disenso. El monumento susurra, incesantemente, en el lenguaje silencioso de la piedra: este orden es permanente; esta figura es inevitable; la resistencia no es solo inútil: es irracional, antinatural, impensable.

La estatua dorada de Trump se inscribe en este linaje, aunque traducida al lenguaje del capitalismo tardío, en una estética que combina el gesto autoritario con la lógica del espectáculo. No aspira a la contención augustea ni a la austeridad fascista. Su forma es la del exceso, reluciente y desmesurada, inconfundiblemente marcada por la cultura de la marca y la ostentación. No busca integrarse en el espacio cívico, como las antiguas estatuas ecuestres, sino imponerse a la mirada, reclamarla con una insistencia que no deja lugar a la indiferencia.

La paradoja del exceso y la ética de la finitud

Aquí emerge una paradoja que los filósofos existencialistas habrían reconocido inmediatamente: el exceso monumental rara vez señala confianza. Más a menudo, traiciona una ansiedad profunda sobre la propia mortalidad, sobre la contingencia radical de toda existencia humana. Martin Heidegger escribió sobre el Ser-para-la-muerte, esa conciencia de nuestra finitud que define la existencia auténtica. El monumento representaría entonces la máxima expresión de la inautenticidad: el intento de escapar de la temporalidad, de negar que somos, fundamentalmente, seres mortales; polvo que vuelve al polvo, sin importar cuánto oro acumulemos en el camino.

La autoridad verdaderamente estable no necesita anunciarse en oro. Solo el poder que teme su propia contingencia (que intuye, quizás, su propia ilegitimidad) intenta petrificar su imagen, endurecer la admiración en metal antes de que pueda evaporarse. Por eso la automonumentalización se acelera tan a menudo durante períodos no de triunfo sino de declive, de crisis, de contestación. Es un acto compensatorio, casi desesperado.

El exceso monumental rara vez señala confianza

El culto a la personalidad de Stalin alcanzó su apogeo histérico en medio de las purgas que vaciaron el estado soviético, cuando el terror alcanzaba niveles delirantes. Las estatuas de Saddam Hussein se multiplicaron como hongos mientras las sanciones erosionaban la legitimidad de Irak y su propio régimen se pudría desde dentro. Los retratos gigantes de Ceaușescu se volvieron omnipresentes justo antes de que su régimen colapsara casi de la noche a la mañana, en una revolución que terminaría con su ejecución sumaria en la Navidad de 1989.

Hitler también entendió, con una claridad casi teórica, el poder del monumento como compensación por la inseguridad histórica. Su arquitecto Albert Speer diseñó estructuras megalómanas destinadas a impresionar incluso en ruinas: la famosa «teoría del valor de las ruinas», (Ruinenwerttheorie) que imaginaba cómo la grandeza nazi sería recordada en milenios futuros, cuando estas estructuras, colapsadas pero aún reconocibles, serían tan impresionantes como los acueductos romanos. Era una fantasía de inmortalidad arquitectónica que solo reveló la profunda inseguridad sobre la permanencia del Reich.

En cambio, la mayoría fueron demolidas antes de completarse, o destruidas en bombardeos aliados, dejando solo fragmentos patéticos que testimonian no la gloria sino la megalomanía, no la eternidad sino la mortalidad más absoluta.

Hitler también entendió, con una claridad casi teórica, el poder del monumento como compensación por la inseguridad histórica

Los monumentos son, en este sentido, apuestas contra el tiempo; apuestas desesperadas de que las generaciones futuras heredarán no solo la estructura física del poder sino las asunciones morales, el marco interpretativo completo que lo justificó. La historia, implacable y poco sentimental, rara vez es amable con tales apuestas. El tiempo, resulta, tiene su propia voluntad, su propia manera de reinterpretar las piedras.

La estatua de Trump llega no en un momento de consolidación sino de contestación máxima: en medio de batallas legales que parecen no tener fin, fractura política que amenaza con volverse permanente, y un argumento cultural aún sin resolver (quizás irresoluble) sobre lo que significó su presidencia, sobre cómo será recordada, sobre qué representa. La chapilla de oro es menos una celebración triunfal que una defensa preventiva, un intento de fijar el significado antes de que la historia tenga oportunidad de hacerlo por su cuenta.

La caída del ídolo y la justicia de la memoria

Cuando los regímenes caen (o simplemente pierden su autoridad moral, esa legitimidad intangible sin la cual el poder desnudo es apenas sostenible), los monumentos no envejecen silenciosamente hacia la irrelevancia histórica. Se convierten en objetivos, en símbolos que deben ser derribados para que algo nuevo pueda nacer. Su destrucción rara vez es accidental o meramente vandálica. Es, en cambio, profundamente ritualizada: un acto político que también es moral, pedagógico, casi religioso en su solemnidad.

El derribo de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos de Bagdad, en 2003, tuvo menos relevancia por sus implicaciones militares inmediatas, en un momento en que la guerra apenas comenzaba, que por su dimensión simbólica. La imagen que durante años había impuesto sumisión fue arrastrada por las calles, pisoteada y públicamente degradada ante la mirada de un mundo que observaba en tiempo real. Fue un gesto de justicia simbólica que buscaba revertir décadas de terror.

A lo largo de Europa del Este, tras el colapso del Muro de Berlín en 1989, las estatuas de Stalin y Lenin fueron decapitadas con una furia que no era solo política sino existencial, derribadas por multitudes que recuperaban el espacio público que les había sido confiscado. A veces con grúas, a veces con cuerdas y manos desnudas, fueron retiradas de plazas que habían dominado durante décadas, dejando pedestales vacíos que hablaban (en su silencio repentino) de liberación.

España vivió (y vive) su propio ajuste de cuentas monumental, aunque más lento, más controvertido, más incompleto. Las estatuas ecuestres de Franco fueron removidas gradualmente de plazas públicas en un proceso que tomó décadas y que aún genera debate. El Valle de los Caídos fue despojado de su carga hagiográfica franquista cuando, en 2019, los restos del dictador fueron exhumados y reubicados; un acto que dividió al país pero que era, para muchos, una cuestión de justicia histórica elemental. Los escudos fascistas fueron cincelados de edificios públicos, aunque a veces se dejaron las marcas del cincel, cicatrices intencionales que recordaban lo que había sido borrado. El proceso fue lento, controvertido, siempre incompleto, pero inexorable. Incluso cuando la piedra permanecía, su significado fue contestado, reapropiado, vaciado de la autoridad que una vez reclamó con tanta violencia.

La antigua Roma formalizó este instinto moral a través de la damnatio memoriae (literalmente, la condena de la memoria) el borrado sancionado por el Senado de emperadores desgraciados. Los rostros eran cincelados metódicamente de las estatuas; los nombres raspados de las inscripciones públicas; las monedas retiradas de circulación. El objetivo no era olvidar (los romanos recordaban perfectamente bien, con toda precisión), sino reclamar autoridad sobre el significado, sobre cómo sería recordado el pasado. La memoria, como el poder mismo, pertenecía a los vivos, no a los muertos autodivinizados.

Aquí emerge una dimensión ética fundamental que el filósofo Paul Ricoeur exploró en su obra sobre memoria e historia: no tenemos solo el derecho sino el deber de recordar honestamente, sin las distorsiones que el poder intenta imponer. Los monumentos, especialmente aquellos erigidos por los poderosos para sí mismos, representan una forma de memoria coercitiva; nos dicen cómo debemos recordar, qué debemos admirar. Derribarlos no es borrar la historia sino liberarla, permitir que sea recordada sin la coacción del bronce y del mármol.

La estatua de Trump también parece destinada a este arco histórico, a esta trayectoria moral. La pregunta no es si perdurará (pocas cosas humanas perduran en la forma que sus creadores imaginaron) sino cómo caerá, por qué manos, bajo qué justificación, y quién estará de pie, mirando el pedestal vacío, cuando finalmente lo haga.

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