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El odio como mercancía

Desde los juicios de brujas hasta la maquinaria propagandística nazi, el odio ha sido una moneda de cambio: volátil, rentable y letal. La era digital no inventó este comercio ancestral; simplemente lo perfeccionó.

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07
enero
2026

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Desde los juicios de brujas hasta la maquinaria propagandística nazi, el odio ha sido una moneda de cambio: volátil, rentable y letal. La era digital no inventó este comercio ancestral; simplemente lo perfeccionó. Hoy, el miedo y la indignación se negocian como bienes de consumo: generan clics, venden anuncios y fidelizan audiencias.

Baruch Spinoza, en su Ética, llamaba a estas emociones «pasiones tristes»: afectos que disminuyen nuestra potencia de actuar y nos atan a la servidumbre del resentimiento. Cuando el sujeto se define por lo que detesta, deja de pensar y se vuelve útil para el poder. En el mercado contemporáneo de la información, esas pasiones se han convertido en el producto estrella: se fabrican, se distribuyen y se monetizan.

De Macedonia a Silicon Valley

En 2016, unos adolescentes en Veles, Macedonia del Norte, descubrieron la fórmula perfecta: fabricar mentiras que indignen. Titulares como «El Papa apoya a Trump» generaban millones de visitas y dólares automáticos en publicidad. Ellos representaban el capitalismo artesanal del engaño; Silicon Valley lo convertiría en industria.

Charlie Kirk, fundador de Turning Point USA, llevó esa lógica a escala institucional. Transformó la polarización en un negocio de masas, con presupuestos millonarios, ejércitos digitales y un ecosistema de influencers dedicados a mantener encendida la furia. Su asesinato reciente en Utah —a manos de un fanático que él mismo había alimentado— reveló la dimensión trágica de este ciclo. Spinoza lo habría entendido: quien vive de las pasiones tristes, termina consumido por ellas.

La economía digital del odio

El odio se ha vuelto contenido premium. Racismo, conspiraciones y miedo se empaquetan como entretenimiento político. Tucker Carlson hizo del resentimiento una narrativa nacional; Alex Jones convirtió la paranoia en fortuna; Marjorie Taylor Greene y Vox traducen la cólera en votos y donaciones.

El algoritmo premia lo que indigna, porque la indignación retiene la atención

Cada «me gusta» es una transacción emocional. El algoritmo premia lo que indigna, porque la indignación retiene la atención. Y donde hay atención, hay negocio. Spinoza advertía que la tristeza, al fijarnos en lo que negamos, debilita nuestra razón y nos hace dependientes de quien promete devolvernos la fuerza perdida. En este circuito, la servidumbre voluntaria se ha vuelto automática: basta deslizar un dedo sobre la pantalla.

El odio como estrategia de poder

La historia repite la lección: quienes comercian con las pasiones tristes destruyen el suelo que pisan. Joseph McCarthy cayó víctima de su propia caza de brujas; los propagandistas del nazismo perecieron entre ruinas. Hoy, Benjamin Netanyahu encarna esa lógica en versión contemporánea: la deshumanización como política de Estado. La «seguridad» se vende como justificación moral, y el miedo, como pegamento social.

Para Spinoza, el poder no radica en dominar mediante el miedo sino en aumentar la potencia común de actuar. Pero el régimen del odio necesita cuerpos pasivos y seres atrapados en el círculo de la tristeza. De ahí su eficacia política y su ruina inevitable.

Lecciones desde América Latina

América Latina conoce bien esta dinámica. Dictadores que prometieron «orden» mediante el terror —Videla, Pinochet, Fujimori— terminaron encarcelados o exiliados. Los paramilitares que lucraron con el miedo al comunismo fueron devorados por su propio fuego.

El odio puede ser rentable, pero nunca sostenible

Hoy, las redes sociales replican esa lógica con velocidad digital: influencers y políticos que construyen su fama con agresión descubren que la toxicidad también erosiona su poder. La pasión triste no solo esclaviza al otro; termina esclavizando al que la explota.

El negocio que siempre se quema

El odio puede ser rentable, pero nunca sostenible. Su lógica es la de la combustión: genera energía inmediata, pero deja cenizas. En la economía política de la indignación nadie se salva: ni los países, ni las plataformas, ni los líderes que la manipulan.

Spinoza nos recuerda que la libertad no nace del miedo, sino del conocimiento y la alegría compartida. Mientras las sociedades sigan organizando su vida pública en torno al resentimiento seguirán siendo terreno fértil para los mercaderes de la tristeza.

Porque el odio, como toda mercancía inflamable, siempre termina consumiendo a quien lo vende.

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