Bernat Castany
«En la burla nos encontramos con una risa triste»
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Licenciado en Filosofía y Filología Hispánica, Bernat Castany es ensayista y profesor de la Universidat de Barcelona. Autor de títulos como ‘Pensamiento crítico ilustrado’, ‘Literatura posnacional’ o ‘Que nada se sabe: el escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges’, hace cinco años quedó finalista del Premio Anagrama de Ensayo con ‘Una filosofía del miedo’. Ahora vuelve a las librerías con ‘Una filosofía de la risa‘, un ensayo en la que, partiendo de la tradición humanista e ilustrada, reflexiona sobre la risa filosófica entendida como aquella risa que nos libera de los prejuicios y dogmas, nos iguala a los demás y nos hace tomar conciencia alegre de nuestros límites. La risa, nos recuerda Castany, es algo serio y es uno de los fundamentos de la democracia.
Hace cinco años publicaba Filosofía del miedo. Ahora, en un momento en el que el miedo parece ser uno de los pocos sentimientos posibles, usted nos presenta una Filosofía de la risa.
Cuando salió Filosofía de miedo, mucha gente me dijo que era un libro muy oportuno y estoy seguro de que, de publicarlo ahora, me volverían a decir lo mismo. Creo que hay una evolución natural entre el miedo y la risa en el sentido en que me permiten hablar de lo mismo pero desde lados distintos. El miedo es una reacción frente al temor a los límites y la risa es un esfuerzo por asumir esos límites. En otras palabras, la condición humana está perimetrada por una serie de límites ontológicos, por ejemplo, la mortalidad. Al mismo tiempo, estos límites son condición de posibilidad. Es decir, la mortalidad nos limita, pero también posibilita y cataliza la vida. La ignorancia nos limita y nos duele, pero, al mismo tiempo, permite la curiosidad, la investigación, el misterio, etc.
Aunque nuestra tradición literaria está marcada por el humor, el drama tiene más prestigio. Usted no solo reivindica la risa, sino que, al añadirle el adjetivo de «filosófica», nos recuerda que la risa es algo muy serio.
La comicidad tiene muchas variantes y una de sus variantes es el humor. ¿Cuál es la diferencia básica entre todas las formas de la comicidad y el humor? En las demás formas de la comicidad, el sujeto de la risa no está incluido dentro de la risa. Se trata, por tanto, de una risa unilateral, jerárquica e, incluso, agresiva. Suele ser, además, una risa idealista, en el sentido en que uno se ríe de que las cosas no se parecen a lo que deberían ser. No son modalidades de la risa que yo desprecio, en absoluto, porque tienen sus funciones, pero no tienen la calidad humana que tiene el humor. Porque en el humor el sujeto de la risa se incluye dentro de la risa, reconociéndose en aquel de quien se ríe, puesto que sabe que todos participamos de una misma condición humana, contradictoria, imperfecta, ridícula.
«Estamos en un momento en el que hay mucha risa, pero es una risa triste»
¿La burla sería la expresión máxima de la risa jerárquica?
Sin duda. En la burla nos encontramos con una risa triste, en un sentido spinoziano. Porque en un primer momento el que se burla de otro se siente superior y, por tanto, su risa es una expresión de triunfo. Sin embargo, de ahí que la defina como risa triste, es un triunfo falso en cuanto tiene un retorno negativo, porque el que se burla del otro terminará sintiendo miedo de que la burla cambie de bando y se convierta él en objeto de la burla. Va a sentir miedo de la venganza, pero también la tristeza de la indignidad. La risa alegre, por el contrario, es aquella que libera al otro. Como dirían los spinozianos, la risa alegre aumenta nuestra potencia, nos permite expresarnos con libertad en cuanto si tú liberas al otro, el otro te libera a ti. Por lo cual, ya no vas a tener vergüenza, timidez o miedo.
Leemos en su ensayo: «La risa es la antesala del más difícil de todos los conocimientos, que es saber no saberlo todo para lograr saber algo».
Ya en Sócrates, la risa acompaña la asunción alegre de nuestra propia ignorancia, liberándonos de una serie de prejuicios o de ideas falsas que obstruyen nuestro conocimiento natural. Además, la asunción de nuestra ignorancia es un ejercicio de humildad y de apertura. En este contexto, la risa filosófica es una risa que tiene como mínimo cuatro virtudes. Nos hace conscientes de nuestros límites cognoscitivos y genera una sensación de intrascendencia o de desimportancia que nos permita explorar temas complicados sin miedo y sin dogmatismo. Nos hace asimismo conscientes de nuestros límites ontológicos, es decir, de los límites de nuestro ser, generando así esa atmósfera de ligereza que favorece la acción. Desde una perspectiva ética, además, la risa filosófica es una risa que tiene la virtud de allanar el camino hacia la felicidad, porque produce placer, porque libera, porque une. De hecho, su cuarta virtud es la de ser una risa que busca el lazo con los demás, haciéndonos sentir que todos somos iguales, y no solo ante la ley, porque tenemos una condición humana semejante.
«Ya en Sócrates, la risa acompaña la asunción alegre de nuestra propia ignorancia»
Es decir, me río, pero luego me doy cuenta de la trascendencia y complejidad que hay detrás del objeto de la risa.
Exacto. La risa puede trascender y convertirse en risa filosófica cuando es capaz de elevarse desde el plano de lo puramente jocoso y percibir que la contradicción que la provoca es universal, nos incluye a todos. Este reconocimiento es liberador.
La risa, señala, es un antídoto contra el dogmatismo. Estamos en un momento en el que los dogmatismos tienen particular vigencia, sin embargo.
Estamos en un momento en el que hay mucha risa, pero es una risa triste; lo vemos en las redes sociales, en el discurso político… Nos encontramos con mucha risa agresiva, en la que se ridiculiza y se desacredita al otro sin hacer en ningún momento el esfuerzo de ver en qué medida nosotros participamos también de las contradicciones o de las insuficiencias del otro. En este contexto, la risa es utilizada como una herramienta retórica de descrédito del oponente, porque la comicidad sí tiene un aspecto instrumental. Al fin y al cabo, la poética, la retórica y la comicidad utilizan los mismos tropos: metáforas, paronomasias, quiasmos, oxímoron… Estos tropos los puedes utilizar para emocionar, para convencer, para desacreditar o para imponer. En mi opinión, sin embargo, la risa filosófica de la que hablábamos es una risa que ve la comicidad como un fin en sí mismo. Esto es clave para la filosofía, se trata de no ver las cosas como un medio para otra cosa, sino como un fin en sí mismo.
Tomando los versos de Gil de Biedma, tenemos que darnos cuenta de que la risa iba y va en serio.
Es un tópico, pero es también relevante el hecho de que el segundo libro de la poética de Aristóteles se perdiese, es decir, precisamente el libro dedicado a la comedia. Como digo en el ensayo, el humor es quitar hierro, pero sin contraer una anemia. Es decir, es la búsqueda del justo medio y es fomentar una atmósfera de ligereza, pero sin caer en un nihilismo cínico, porque el humor debe implicar tomarse las cosas en serio. Y no hay nada más serio que un niño jugando: el niño sabe que juega, pero se toma esas reglas del juego en serio. Por esto comparo la risa con lo lúdico.
Usted llega a afirmar que, frente a la muerte, la falsa seriedad resulta tan ridícula como un paraguas en un naufragio.
La muerte es el límite de todos los límites. Está la muerte como punto final que nos da miedo, pero también nos dan miedo las sucesivas muertes que vamos experimentando a lo largo de la vida, no solo en un sentido temporal –dejamos de ser niños, dejamos de ser jóvenes–, sino también espiritual y psicológico: sueños que no se cumplen, expectativas rotas…
«Todos los ilustrados practican la comicidad como una herramienta de lucha ideológica»
¿Y la risa es una forma de enfrentarse al miedo y, por tanto, a la muerte?
Sí, aunque, como siempre, hay declinaciones positivas y negativas. La risa puede ser un mecanismo de negación: puede utilizarse para no superar la muerte de alguien o para no afrontar la renuncia a un proyecto propio. Podemos evitar el duelo envolviéndolo todo en risa, pero entonces esta risa ya no será liberadora, en cuanto funcionará como mecanismo de defensa, de ocultación. Sin embargo, hay risas alegres que lo que hacen no es negar una realidad, sino que intentan insuflarnos de ligereza y desimportancia, a la vez que nos unen a los demás. Igual que el miedo, la risa es un mecanismo de información y de motivación: nos informa de ciertas cosas y, a la vez, nos mueve a hacer algo respecto a esas cosas. El miedo nos informa de que hay un peligro y nos mueve a hacer algo respecto a ese peligro. La risa nos informa de que hay una incongruencia, por ejemplo, entre nuestros deseos y la realidad y nos mueve a hacer algo al respecto, a aceptar este límite, pero no como una humillación, sino como una liberación.
La risa es universal, pero ¿tiene formas distintas dependiendo de las culturas o las tradiciones en las que tiene lugar?
Hay una experiencia universal, un fondo cómico universal, pero que adquiere diferentes acentos y entonaciones según la cultura, según la época, según el grupo de pertenencia… Las variables son muchísimas. Dicho esto, caer en psicologías nacionales es un error, a pesar de que podemos encontrar tendencias. En el ámbito peninsular, por ejemplo, en la época medieval, los nobles eran presentados como gente solemne, que participaba de la divinidad, de la racionalidad y, por lo tanto, nunca eran objeto de burla. Sin embargo, los plebeyos sí que lo eran. Esta representación diferencial, en función de su comicidad o de su seriedad, justifica o legitima el gobierno de unos sobre los otros. Por el contrario, en aquellos contextos donde se da una revolución burguesa y el sistema estamental realmente desaparece, la comicidad se reparte de forma homogénea por toda la escala social: la burla se dirige a los ricos y a los pobres. En España fracasó la revolución burguesa, en parte por la reacción monárquico-nobiliaria y, en parte, por la reacción religiosa, por lo que perduró el sistema estamental. De ahí que todavía hoy asociemos aquí la risa con la burla del pueblo, de lo plebeyo, a diferencia de lo que sucede en el ámbito inglés, donde hay un humor de corte aristocrático.
Usted, de hecho, termina su ensayo señalando que la risa es esencial para el sistema democrático, para la pervivencia de valores como la libertad y la igualdad.
Para la ilustración la risa es un elemento fundamental: Voltaire, Hobbes, el Barón de Holbach… Todos los ilustrados practican la comicidad como una herramienta de propaganda y de lucha ideológica, como un mecanismo que afirma la igualdad, que genera una atmósfera igualitaria. Por tanto, la comicidad no es solo un lubricante social, no es solo algo que nos produce placer, sino que es la atmósfera básica de la democracia, porque la comicidad bien entendida y universal logra borrar las fronteras entre hombres y mujeres, las fronteras entre unas razas y otras, y mostrarnos a todos igualmente ridículos. Esto nos hermana.
«La comicidad es la atmósfera básica de la democracia»
Para terminar, ha puesto muchas veces el ejemplo de los niños. ¿Los niños son los que mejor se ríen filosóficamente?
Yo creo que sí. De hecho, estoy escribiendo el siguiente libro, que es una filosofía de la infancia, porque me interesa mucho. Hay estudios que muestran cómo los niños se ríen muchas más veces al día que los adultos, pero ¿por qué? La suya no es una risa cómica en el sentido de una risa que se ríe de las incongruencias. En la mayoría de las ocasiones, la suya es una risa triunfal, es una risa que acompaña la sensación de aumento de potencia. Hay que tener en cuenta que, en los niños, los aumentos de potencia son enormes: cuando un bebé aprende a caminar, se ríe, da palmas, grita. Eso es un canto de triunfo. A medida que esos aumentos de potencia se van reduciendo con la edad, la risa de potencia también se reduce. Obviamente, aparecen otras formas de risa, sobre todo la risa que nace de la incongruencia, que no existe en los niños en cuanto ellos están constantemente en un mundo que no comprenden totalmente. A mí me gustaría escribir algún día una especie de diccionario de las primeras veces: la primera vez que un niño escucha el ruido que hace cuando come se ríe del mismo modo que los hombres primitivos se rieron la primera vez que oyeron a alguien hablar de la cara de la luna o de la falda de la montaña. El término absurdo parece estar conectado etimológicamente con la idea de sordera y, de hecho, cuando tú ves algo sin oír, por ejemplo, una orquesta tocando sin música o gente en una discoteca bailando también sin música, su gestualidad te resulta absurda. Lo absurdo, por tanto, designa esa forma desubicada de ver las cosas. Y los niños siempre están viendo desde una perspectiva desubicada. Esperando a Godot no es sino una tarde de domingo para cualquier niño.
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