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Una filosofía de la risa

Somos constitutiva­mente cómicos. No debemos ceder a la nostalgia de la simplicidad, la homogeneidad y la perfección.

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25
marzo
2026

Sería mejor que asumiésemos, de una vez por todas, que la realidad es exponencialmente in­congruente. Porque, cuanto más desarrolladas son las formas de vida tanto más complicadas, contradictorias e incluso ab­surdas, tienden a ser. La evolución es un chapuzas que se niega a cambiar de coche. Como señala Pievani, en Imperfec­ción, la naturaleza está llena de pentimenti evolutivos. Algu­nos topos conservan ojos debajo de la piel. Algunos peces conservan pequeños pies. El ser humano es un agregado caó­tico de parches, correcciones, desviaciones y cicatrices. A su lado, Frankenstein tiene piel de bebé. Su doble cerebro le provoca todo tipo de incongruencias; su capacidad de hablar le permite mentir; la de recordar lo llena de nostalgia; la de prever, de miedo. Eso sin contar que la bipedestación le in­flige numerosos problemas de espalda (de los que doy fe) y las muelas del juicio lo torturan. Somos disparejos, contra­dictorios y complicados. Y, quizás, este no sea el menor pro­blema del argumento del diseño inteligente.

Lo que quiero decir, en fin, es que somos constitutiva­mente cómicos, y que no debemos ceder a la nostalgia de la simplicidad, la homogeneidad y la perfección. Porque sería, en el fondo, negar la realidad. Lo cual complicaría aún más las cosas, que ya es decir. Todas estas incongruencias son el precio a pagar por haber sido capaces de adaptarnos y seguir existiendo. Pero el idealismo prefiere negar la vida y, con ella, su naturaleza constitutivamente cómica. Y por eso aso­cia la risa a la imperfección y al pecado. De ahí que lo pri­mero que Yahvé le dice a Adán, después de que este haya co­mido del fruto prohibido, sea un sarcástico: «He aquí el hombre que se ha vuelto uno de nosotros…». No hemos sido invitados a formar parte del club de los caballeros inexisten­tes. Y orgullosos que deberíamos de estar. O de ser.

Por una comicidad realista. Podemos distinguir, pues, una comicidad idealista, que se ríe (por no llorar) del hecho de que el mundo real no se parezca al ideal, y una comicidad realista, cuya risa es la (voluntariosa) celebración de la propia potencia, no solo para asentir con un mundo tan imperfecto como milagroso, sino también para tratar de mejorarlo en la medida de nuestras posibilidades. En el Filebo, Platón define a la perfección la comicidad idealista. Dice que la risa nace de la distancia entre lo que creemos ser y lo que verdadera­mente somos. Le seguirá, junto a muchos otros, William Hazlitt, quien repetirá, en Sobre el ingenio y el humor, que el ser humano ríe al comparar lo que son las cosas con lo que deberían ser; si bien añade, a continuación, que dicho con­traste deriva en llanto, cuando afecta a cuestiones que consi­deramos importantes, y en risa, cuando afecta a cuestiones que consideramos intrascendentes.

Para Platón, la risa nace de la distancia entre lo que creemos ser y lo que verdadera­mente somos

Resulta interesante, al respecto, el género de los chistes del genio de la lámpara, pues casi todos ellos juegan con el hiato que existe entre el deseo y la realidad. Las variaciones son infinitas. Un hombre libera al genio, que le insta a esco­ger entre la sabiduría, la belleza o un millón de dólares. Tras escoger la sabiduría, el genio le pregunta: «¿Qué tal?». Y el hombre suspira: «Debería haber escogido el dinero…». En otros, el genio es sordo, tonto o malintencionado; y en otros, es tartamudo, o expresa su deseo de una forma ambigua, que el genio siempre malentiende. Como cuando el hombre de­sea ser rico, y el genio se lo come. El más sabio de todos ellos puede que sea el del hombre que pide, como primer deseo, ser sabio, y cuando el genio le pregunta cuál es su segundo deseo, este le responde: «Ninguno». Pero ese tipo de sabi­duría es demasiado ideal. Esto es, irreal. Así que mejor des­confiar.

Lo que parece claro es que la risa idealista se ríe del mundo real por no parecerse al ideal. A sus ojos, la realidad es una mona vestida de seda, un calvo con peluca, un despis­tado levantándose de un banco recién pintado, una persona que se suena los mocos después de llorar… Es una risa de su­perioridad. Pues, aunque el idealista se sospeche real, y se desprecie precisamente por serlo, se ve y se mira a sí mismo por encima del hombro, como los violinistas. Este complejo de superioridad puede adoptar la forma de la sonrisa conmi­serada, o de la carcajada sarcástica. Pero en ambos casos el objeto de la risa resulta desvalorizado. Por eso deberíamos apostar por una comicidad realista.

Metafísica de los tubos. Qué magnífica ironía que la pa­labra escatología se refiera, al mismo tiempo, a la más fantás­tica de las ramas del baobab teológico, que nos asigna un destino etéreo y eterno, y a la más natural de las facetas hu­manas, como es la necesidad de expulsar de forma (más o menos) periódica los restos de la comida, bebida o aire pre­viamente ingeridos. Sin duda, la cultura reprime u oculta to­das estas efusiones, que considera vergonzosas o asquerosas, por la sencilla razón de que nos recuerdan que somos seres reales y, por lo tanto, mortales, que es algo que normalmen­te preferimos olvidar.

Dice Freud, en El malestar en la cultura, que nuestro primer acto de poder es retener la orina y los excrementos. Y todo aumento de potencia posterior, junto con la alegría que lo acompaña, no deja de reproducir este triunfo inicial. Según añade Charles Mauron, en Psicocrítica del género có­mico, el humor escatológico nos hace revivir, con exulta­ción, estas primeras fantasías triunfales, y a la vez nos hace celebrar que no hayan llegado a su final. No es casual, qui­zás, que la progresiva pérdida de potencia que supone la ve­jez se vea, a su vez, acompañada por el regreso de aquella incontinencia inicial.

Pero la irrupción azarosa (un despiste, un tropiezo) o buscada (un chiste, una obra de arte) del ámbito fisiológico en el ámbito social, depurado o espiritualizado por las nor­mas sociales e institucionales, puede provocar no solo reac­ciones negativas, como la incomodidad, el enfado o el asco, sino también reacciones positivas, como la hilaridad, o un alegre sentimiento de alivio y liberación. Que dicha emer­gencia, o insurgencia, provoque uno u otro tipo de reacción depende de muchos factores. Si el suceso en cuestión puede provocarnos algún tipo de daño psicológico o social, nos in­comodará o enfadará. Si evidencia aspectos que nuestros sentimientos morales consideran abyectos o peligrosos, nos provocará asco. Pero, si lo vemos, lo experimentamos o lo pro­ducimos, en un contexto de confianza, en el que no nos sen­timos ni psicológica ni socialmente amenazados, lo más pro­bable es que nos entre (o nos salga) la risa.

El problema surge cuando nuestro idealismo – espontá­neo, filosófico, religioso, político o cultural– nos lleva a ne­gar lo corporal como algo inferior y despreciable. Como vi­mos, la recuperación, por parte de la tradición humanista, de la filosofía epicúrea supuso el inicio de la lucha contra el dualismo platónico, cristiano y feudal, cuya afirmación de una doble naturaleza, celestial y terrenal, tendía, y tiende, a provocar todo tipo de desequilibros, éticos y políticos: narci­sismo sádico, autodesprecio masoquista, esquizofrenia exis­tencial, milenarismo frustrado, utopismo impaciente, etc.

En este contexto, el humor escatológico serviría no solo como un simple mecanismo de compensación frente a la pulsión anticorporal de las represiones culturales, en general, sino también como una estrategia de desacreditación del an­tirrealismo idealista, en particular. Pienso, por ejemplo, en una obra como La Celestina, de Fernando de Rojas, en la que el ámbito espiritual y el fisiológico son arrojados por los aires, en una especie de juego de malabares ontológico que niega toda distinción esencial entre lo material y lo espiri­tual. Que es lo mismo que sucede en Boccaccio, Margarita de Valois, Shakespeare, Montaigne, y demás representantes de lo que podríamos llamar, con Amélie Nothomb, «la metafísi­ca de los tubos».


Este texto es un fragmento del libro ‘Una filosofía de la risa’ (Anagrama), de Bernat Castany Prado.

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