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Javier Cercas reedita su novela 'Soldados de Salamina'

Regreso a Salamina

Javier Cercas presentó la reedición de su novela ‘Soldados de Salamina’ en el café Comercial del barrio de Chamberí, una ocasión en la que no faltó la conversación sobre literatura y la reciente desclasificación de los archivos del 23-F.

Fotografía original

Raül Cercas/Penguin Random House
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27
febrero
2026

Fotografía original

Raül Cercas/Penguin Random House

La mañana tiene esa luz de desayuno de prensa elegante, casi de encuentro familiar: desayuno en mesas de mármol, cafés humeantes, zumo de naranja, fruta y bandejas de croissants que brillan como diamantes de Tiffany’s. También hay churros. Los churros no pueden faltar en el Comercial, uno de los cafés más literarios del barrio de Chamberí. Pero lo que se celebra, insiste Javier Cercas, no es un trámite editorial sino una especie de regreso. Sobre la mesa, Soldados de Salamina reaparece vestido de gala, como si la novela hubiera decidido cumplir años sin perder el pulso.

Cercas mira el volumen recién nacido y, antes de entrar en materia, suelta una frase que funciona como brindis y como disculpa: «Es una edición preciosísima… y siento echarnos flores, pero creo que ha quedado realmente hermosa». Lo dice sin impostar solemnidad, con esa mezcla suya de entusiasmo y pudor. Luego añade el dato que cambia el objeto: «Es una edición ilustrada».

Ahí asoma el nombre de Raúl Lázaro, el ilustrador, y el relato se vuelve casi artesanal. Pilar Reyes, directora editorial de Penguin Random House, lo describe como a un coleccionista de rastros: «Trabaja manualmente, guarda fotografías, recortes de prensa… con eso ilustra». Es decir: no dibuja desde la nada, dibuja desde lo encontrado, desde lo que el tiempo dejó tirado en los márgenes. Por eso, explica, pensamos que era «quizás la persona perfecta» para acompañar una novela que también está hecha de papeles, de memoria, de una investigación que es al mismo tiempo una forma de mirar.

El detalle no es menor: el ilustrador es joven, la edición busca ser joven. «La intención… también es llegar a un público nuevo», afirma la editora. Y entonces, como quien entrega la prueba más contundente, trae una escena reciente: «Hace apenas un par de días, Javier Cercas estuvo en un encuentro con más de dos mil estudiantes hablando de este libro». No lo dice como dato estadístico, lo dice como sorpresa íntima: la confirmación de que el texto sigue respirando. «Eso demuestra la vigencia inmensa que tiene», remata.

La gente espera que el pasado se quede quieto, pero el pasado insiste

En el fondo, se está contando –sin decirlo así– lo que ocurre con los libros que dejan de pertenecer al calendario. La gente espera que el pasado se quede quieto. Pero el pasado, como el mismo Javier Cercas ha escrito, insiste. Y lo hace en las manos de lectores que no vivieron lo que se narra, ni la época en que se narró.

Porque Soldados de Salamina no fue su primer libro. Cercas recuerda títulos anteriores –El inquilino, El móvil, Relatos reales, El vientre de la ballena–, pero concede que esta novela sí fue «una primera» en el sentido decisivo: «La primera novela en el sentido de cambiar la carrera de un escritor». Y la fecha vuelve con fuerza, como un clavo: marzo de 2001, veinticinco años. Una cifra que parece redonda en la mesa, y rara, por veloz (¡un cuarto de siglo!) en la vida.

En su memoria –y en el prólogo, subraya– hay una escena fundacional: el momento en que la editora Beatriz de Moura leyó el manuscrito y lo aceptó, pero al mismo tiempo lo confinó a un destino modesto. Cercas reproduce aquella prudencia con una fidelidad casi teatral: Beatriz me dijo que le gustaba, sí, pero añadió algo así como que lo leería «gente de más de 70 años que recuerde la guerra. Porque a nadie interesa ya la Guerra Civil». Así que tiraron «seis mil ejemplares». Cercas lo recalca con una carcajada retrospectiva: en ese instante, publicar un libro así parecía «una locura».

La novela, sin embargo, hizo lo que hacen los libros imprevisibles: desobedeció. Cercas enumera la estela como quien sigue sin creérsela del todo: «más de un millón» en español –o eso se dijo durante un tiempo–, traducciones a «más de 40 idiomas», la «buena película» de David Trueba. Y, sobre todo, esa condición extraña: el libro no ha terminado de asentarse, nunca se ha quedado en un único lugar. «Tiene una vida muy loca», insiste, y en su boca la expresión no es mero chascarrillo, sino una descripción precisa de lo incontrolable.

Cuando alguien le pregunta por la cifra exacta de ventas, Cercas responde con una especie de rendición: «Es imposible saberlo». No es falsa modestia. Es que el propio libro ha vivido en demasiadas pieles. «En español es completamente imposible porque hay ediciones de todo tipo: de quiosco, de bolsillo, de todas las clases… incluso ediciones pirata». Y entonces, en la sala, aparece un cuento dentro del cuento, una anécdota que parece escrita por el propio Cercas: Luis Sepúlveda le dijo un día que había visto una edición pirata «en Irán». Cercas recuerda haberse reído: «Joder, ¿pero por qué no lo has cogido?». Ni siquiera la piratería –parece sugerir– deja de ser una forma torcida de consagración: hay libros que el mundo roba porque los necesita.

En ese punto, la entrevista deriva hacia lo que en las ruedas de prensa siempre acecha: la actualidad que quiere comerse el motivo principal. Un periodista le pregunta qué puede aportar Soldados de Salamina a los más jóvenes. Pero también pregunta por otra cosa; algo que todos estamos deseando preguntar: los papeles desclasificados del 23-F, la expectativa de revelaciones, la conversación pública que se ha reactivado justo cuando, además, ha muerto Tejero.

Cercas hace un gesto de orden, como si pusiera una mano sobre la mesa para contener el ruido: «Por respeto a mi editorial, si os parece bien… voy a responder esta pregunta y luego ya pasamos a Soldados, que es lo que nos convoca». Promete ser «rapidísimo». Pero lo que sigue tiene el tono de un alegato de oficio.

Cercas sitúa el origen reciente del episodio: recuerda el 20 de noviembre, el Congreso, el estreno de Anatomía de un instante (la serie basada en su obra), y al presidente del Gobierno recogiendo sus palabras en un tuit. Fue ahí, dice, cuando él insistió: «Por favor, por favor, por favor: desclasifíquenlo todo. Absolutamente todo». Y aclara su convicción central: «La interpretación del golpe no va a cambiar en nada esencial». La verdad –afirma– se sabe desde hace tiempo, y él, con una mezcla de rigor y orgullo, lo pronuncia con crudeza: «Yo ya la conté… en un libro que me costó cuatro años de trabajo, diez horas diarias. Yo hice mi trabajo».

«El enigma del 23-F va a seguir porque esto es un negocio», afirmó Cercas con tristeza

No es una pose: es un argumento. Cercas no está defendiendo su ego, está defendiendo una idea de investigación y de periodismo, una relación con la verdad que no depende del titular. De hecho, en seguida señala el verdadero motor de la insistencia: no esperaba encontrar un secreto definitivo, sino dejar sin asidero a los falsos secretos. Porque, dice, «los bulos» seguirán; «los rumores, los secretos, los misterios»… seguirán. «El enigma del 23-F va a seguir porque esto es un negocio». Pronuncia esa palabra –negocio– con una tristeza feroz: un enigma rentable mantiene en marcha demasiadas máquinas.

Según Cercas, el presidente «le hizo caso» y él se declara «contento» y «feliz», no tanto por sí mismo como «por la democracia de este país». Habla de «un servicio» y luego añade una precisión reveladora: él mismo no tenía todos esos papeles servidos en bandeja. «Yo tuve que buscarlos durante meses», recuerda, como quien desmonta el mito del archivo perfecto. Y subraya una idea que quiere dejar clara: existe una cláusula, una posibilidad, una puerta abierta: «Cualquiera puede pedir cualquier cosa». «Transparencia total», la llama.

¿Resultado? Cercas vuelve a su frase más provocadora, pero la acompaña de detalles: «La mayoría de los papeles que se han desclasificado los conocíamos… yo al menos». Y no lo dice en abstracto: invita a comprobarlo. «Si leéis el libro… ahí está todo: yo los cito, los uso». Incluso los que hoy ocupan portadas, insiste, «estaban publicados». Lo poco que él no había visto «no hace más que confirmar» lo sabido.

En la sala, el debate se tensa cuando Cercas explica cómo se fabrican ciertos relatos. Pone un ejemplo: una nota del Partido Comunista –posterior al golpe– que muestra el miedo a los bulos sobre el rey. Y ahí formula una tesis que atraviesa su discurso: el bulo del «rey montó el golpe» nace en la ultraderecha antes y durante el juicio para eximirse («yo obedecía órdenes»), y con los años cambia de manos y se difunde por otros extremos, por motivos distintos pero igualmente interesados. «Me voy a explicar aquí porque sois adultos», dice, como si pidiera que se mire el mapa completo, no solo el fragmento que conviene.

Y entonces remata con una de esas frases que hieren porque simplifican: «El gran secreto del 23-F es que no hay ningún secreto». Aclara, por supuesto, que nunca se sabe «todo» de ningún acontecimiento, pero sostiene que de este sabemos «más que de cualquier otro» día de la historia española, sencillamente porque se ha escrito más y se ha investigado más. Lo demás, admite con una franqueza casi antipática, sería mejor para el espectáculo: «A veces la verdad es aburrida». Pero ahí viene su latigazo a los oficios de la palabra: el trabajo no es inventar «porque hay que vender periódicos» o «atraer a la gente». Y reivindica una jerarquía moral: «Un buen periodista es lo mejor que hay en el mundo; un mal periodista es lo peor».

Según Cercas, el bulo del «rey montó el golpe» nace en la ultraderecha antes y durante el juicio para eximirse

Cuando el tema vuelve al libro –vuelve como vuelven siempre las cosas importantes–, Cercas se resiste a dar una respuesta cerrada a la pregunta del niño. Dice que habría que preguntárselo a los jóvenes. Pero aporta un hecho: Soldados de Salamina «se lee mucho» en colegios «de muchos países». Que adolescentes de catorce, quince o dieciséis años lo leen y «funciona muy bien», por lo que cuentan los profesores. Es breve, recuerda, y eso ayuda: no es un ladrillo; es un artefacto que entra y se queda.

¿Por qué tuvo esa repercusión? Cercas parece disfrutar la pregunta y a la vez padecerla. Recuerda con humor que sus libros anteriores los leyeron «mi madre, mi padre, algunas hermanas… y algún amigo friki», y que él nunca se quejó: le parecía normal. Nunca esperó ser escritor profesional; quería ser «el mejor escritor posible». Y, sin embargo, este libro «aparece de la nada» y sucede lo improbable. Nadie sabe exactamente por qué, dice. Ni los editores.

Pero Cercas ofrece una explicación que le gusta porque no pretende cerrarlo todo: la de un filósofo norteamericano que habló de una «conjunción azarosa entre las obsesiones privadas de un escritor y las necesidades públicas de una sociedad». El escritor se detiene ahí como quien encuentra la frase que encaja. Sus «obsesiones privadas» fueron claras: «una imagen» –un republicano salvando la vida de un jerarca fascista en el momento del fusilamiento–, un gesto mínimo que contradice la lógica de la muerte. Y las «necesidades públicas», piensa, eran evidentes en 2001: España necesitaba recuperar un pasado que había sido enterrado, y en particular una tradición republicana «en el sentido democrático». Roberto Bolaño, recuerda, le dijo que el final era un «canto» –un canto poético–, y Cercas parece asumir esa lectura como si le aliviara: la novela no solo investigaba, también cantaba.

Desde ahí, el relato se vuelve íntimo: Cercas describe a un narrador joven –como él entonces– que creía que la Guerra Civil era «remota», ajena, algo que estorba, casi tan distante como una batalla antigua. Un pasado que daba pereza. Y, sin embargo, al investigar un episodio minúsculo, descubre que no: que el pasado está aquí, que «es una dimensión del presente». Y en ese descubrimiento encuentra no solo «la explicación de su país», sino «la explicación de sí mismo». Como si el libro escondiera una trampa: te atrae con una historia y acabas mirándote al espejo.

La novela, insiste el escritor, se pudre cuando se convierte en propaganda o pedagogía

Cuando la arriba firmante le pregunta sobre la polarización de la sociedad actual y la posibilidad de que el lector de hoy malinterprete el libro tachándolo de equidistante (lo que en los tiempos que vivimos, sorprendentemente, es el mayor de los insultos), Cercas no se inmuta: dice que le han llamado de todo. Y ahí suelta, otra vez, una frase arriesgada: «La literatura de verdad es equidistante». Lo explica: la gran literatura –Shakespeare, Cervantes– no toma partido explícitamente, porque su tarea es dar «las mejores razones» a todos los personajes. La novela, insiste, se pudre cuando se convierte en propaganda o pedagogía, cuando le dice al lector quién es bueno y quién es malo.

Pero también marca la frontera: en la vida real hay momentos en que hay que tomar partido. Ante una violación, ante una guerra, no cabe la equidistancia. En una novela, en cambio, hay que «entender al malo». Comprender no es absolver: es el único modo de comprender de verdad cómo el mal seduce y, por tanto, de estar prevenidos contra su regreso. Cercas lo ilustra con Sánchez Mazas: no quiso escribir «menudo hijo de…» en la primera página; quiso entender, porque limitarse a decir «Hitler era un asesino» no enseña nada. Lo que importaría –dice– sería entender por qué fascinó.

Al final, cuando alguien le elogia la facilidad y precisión de su escritura, Cercas vuelve a su obsesión técnica, casi ética: lo más difícil no es adornar, es aclarar. «Lo más difícil es escribir claro», afirma. Y confiesa su método como quien confiesa un pecado: «Trabajo a muerte para que no se note todo lo que he trabajado». Remata con el lema latino que le atribuyen –quizá inventado, quizá no– y que le sirve de definición, Vera ars velat artem («El arte verdadero oculta el artificio»). Parece fácil, pero hacerlo… ahí está el reto, enfrentarse a lo imposible.

La rueda de prensa termina, pero quedan en el aire dos frases que se miran entre sí como dos espejos: una sobre el pasado, otra sobre la verdad. La primera: que hay libros que siguen vivos porque «el pasado sigue actuando sobre el presente». La segunda: que el gran secreto –a veces– es que no hay secreto. Y, sin embargo, en esa falta de revelación, Cercas parece encontrar una forma de consuelo: la democracia se fortalece cuando se abre el archivo, y la literatura se fortalece cuando no se pone de rodillas ante la consigna, sino ante la complejidad. Y entonces Soldados de Salamina, otra vez, vuelve a cumplir años como cumplen años los clásicos: sin pedir permiso al calendario.

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