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Lo bueno del pesimismo

La llamada «positividad tóxica» es el reverso oscuro del pensamiento positivo. No es solo ver el vaso medio lleno: es ignorar que el vaso tiene una grieta. Es una forma de pensamiento que empuja a las personas a reprimir emociones desagradables (miedo, tristeza, enfado) porque «no suman», porque «atraen lo negativo». Pero reprimir no es regular. Evitar no es afrontar. Y negar el problema no lo hace desaparecer.

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26
febrero
2026

Vivimos tiempos en los que cualquier atisbo de pesimismo parece un pecado social. En las redes, en las empresas, en la vida cotidiana, se ha instalado una especie de vigilancia emocional que premia la positividad constante y castiga cualquier discurso que huela a preocupación o desencanto. Hay que ser fuertes, resilientes, inspiradores. Hay que mirar siempre «el lado bueno». El resultado: una cultura que glorifica el optimismo extremo, lo vende como virtud moral y lo impone como norma social. Pero no todo lo que brilla es oro. A veces, bajo la superficie de tanto «tú puedes con todo» se esconde una negación sistemática de la realidad, una evitación disfrazada de buen rollo.

La llamada «positividad tóxica» es el reverso oscuro del pensamiento positivo. No es solo ver el vaso medio lleno: es ignorar que el vaso tiene una grieta. Es una forma de pensamiento que empuja a las personas a reprimir emociones desagradables (miedo, tristeza, enfado) porque «no suman», porque «atraen lo negativo». Pero reprimir no es regular. Evitar no es afrontar. Y negar el problema no lo hace desaparecer.

La llamada «positividad tóxica» es el reverso oscuro del pensamiento positivo

Desde la psicología, sabemos que las emociones incómodas tienen una función adaptativa. El miedo nos protege. La tristeza nos ayuda a retirarnos y reajustar. El enfado señala límites. Y el pesimismo, aunque socialmente estigmatizado, también cumple una función fundamental: detectar riesgos, anticipar escenarios problemáticos, prepararnos para lo que puede ir mal. Lo que algunos llaman «pensar en negativo» es, muchas veces, un mecanismo de seguridad. Un escudo. Un freno antes del accidente.

El problema no es el optimismo en sí, sino elevarlo a un dogma. Cuando se convierte en una obligación. Cuando se transforma en un lente deformante que exige interpretar todo en clave de oportunidad, incluso lo doloroso. No hay por qué buscar aprendizajes ni significados en la muerte de un ser querido. Un despido no necesariamente «te acerca a tu verdadero propósito». Hay momentos en los que la vida duele, y esa experiencia tiene valor en sí misma, sin necesidad de maquillarla.

En consulta lo vemos a menudo: personas agotadas por tener que estar siempre bien. Pacientes que llegan sintiéndose culpables por sentirse mal. Que, encima del dolor, cargan con la vergüenza de no estar «gestionándolo correctamente». Porque han aprendido que mostrarse frágiles, expresar miedo o incertidumbre, es fallar. Como si tener emociones humanas fuera una debilidad.

Este mandato social del optimismo es cómodo… para los demás. Porque no tener que escuchar el malestar ajeno ahorra incomodidad. La positividad tóxica actúa como un silenciador emocional. «No pienses en eso», «ya pasará», «tú sonríe», «todo es actitud». Frases que parecen bienintencionadas, pero que en realidad bloquean la conversación, niegan la experiencia del otro y le devuelven el mensaje de que lo que siente no está bien.

No se trata de ver todo negro, sino de reconocer los riesgos, nombrarlos y usarlos para trazar un plan

En cambio, el pesimismo realista, bien entendido, es una herramienta valiosa. No se trata de ver todo negro, sino de reconocer los riesgos, nombrarlos y usarlos para trazar un plan. Un exceso de optimismo puede llevarnos a confiar ciegamente en que todo saldrá bien… hasta que no sale. Y entonces no estamos preparados. En cambio, quien ha considerado previamente los peores escenarios, aunque no desee que ocurran, estará mejor equipado si llegan. ¿Quiénes están esforzándose más por resolver la crisis climática? Quienes son conscientes de lo grave que es el problema.

Este enfoque tiene un nombre en psicología: preparación defensiva. No es derrotismo, es estrategia. Consiste en considerar posibles dificultades para reducir el impacto emocional si se materializan. «Si algo puede salir mal, ¿qué haré?». No es quedarse paralizado por el miedo, sino usarlo como señal de aviso. Como ese amigo gruñón que a veces tiene razón y al que conviene escuchar.

El pesimismo, cuando no se cronifica en forma de desesperanza o cinismo, es un corrector útil frente al optimismo ingenuo. Nos obliga a pensar a largo plazo, a plantear escenarios alternativos, a cuestionar los discursos simplistas. Y, sobre todo, nos protege de la trampa de la evitación emocional. Porque mirar a otro lado puede sentirse más cómodo a corto plazo, pero sale caro a largo.

La clave, como en casi todo, está en el equilibrio. Ni el catastrofismo paralizante del que se anticipa a todos los males posibles, ni el optimismo ciego que niega la existencia del problema hasta que le explota en la cara. La salud psicológica no pasa por elegir entre uno u otro extremo, sino por integrar lo útil de cada enfoque. Permitirnos sentir esperanza, pero sin desconectarnos de los datos. Desear lo mejor, pero prepararnos para lo peor. Mirar al futuro, pero sin dejar de observar el presente.

Ser realista no es ser negativo. Es, simplemente, mirar el mapa entero y no solo la parte que nos gusta. Y sí, el optimismo puede ser una brújula potente. Pero sin un diagnóstico previo, cualquier dirección puede llevarnos al precipicio.

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