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La falsa nostalgia

Hay una forma de melancolía que no nace de la experiencia, sino del deseo. Una emoción ambigua, tramposa, que nos hace suspirar por tiempos que no hemos vivido, por lugares que nunca pisamos, por canciones que sonaban antes de que naciéramos.

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08
agosto
2025

No es un recuerdo, sino una ficción emocional. No viene de nuestro pasado, sino de un pasado ajeno que hemos heredado en películas, libros, fotografías y relatos. Es la nostalgia de lo no vivido, una añoranza podría parecerse a la saudade portuguesa aunque no es exactamente lo mismo. Los franceses la llaman mémoire inventée –memoria inventada– y tiene la curiosa cualidad de arraigarse en nosotros con la misma fuerza que un recuerdo verdadero. Walter Benjamin intuía esto cuando escribió que el pasado se construye desde el presente, no como tiempo muerto sino como un «tiempo lleno de ahora».

Las redes sociales han amplificado esta sensación. Vivimos rodeados de imágenes que nos proponen una versión estética, y en muchos casos ideal, del pasado: filtros sepia, vinilos girando, coches antiguos, moda retro, sonidos analógicos. Es como si se hubiese convertido en un género más de consumo. Somos consumidores de pasado, pero no del nuestro. Es una nostalgia prefabricada, como un decorado de cartón piedra que, sin embargo, logra emocionarnos. Pero lo que nos emociona no es tanto la verdad de ese pasado como la promesa que contiene. Lo que imaginamos que fue, lo que desearíamos que hubiera sido.

La poeta Mary Oliver preguntaba: «¿Qué vas a hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?». Y hay quienes, incapaces de responder desde el presente, vuelven la mirada hacia un ayer que no les pertenece. Se abrazan a él como si allí pudieran encontrar una respuesta, una dirección, una calma. Pero en el fondo, como dice Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, «el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque solo tiene una vida y no puede compararla con vidas anteriores ni corregirla en vidas posteriores». En otras palabras: no es que añoremos el pasado, lo que intentamos es tener una vida distinta.

Es una nostalgia prefabricada, como un decorado de cartón piedra que, sin embargo, logra emocionarnos

La falsa nostalgia tiene algo de refugio y algo de trampa. Nos acoge con ternura, con sus músicas suaves, sus colores cálidos, sus escenas ralentizadas por la memoria. Pero también puede convertirse en una forma de evasión. Dejar de mirar hacia adelante porque el pasado —aunque ficticio— parece más seguro. Hay una idealización inevitable. El pasado lejano aparece sin conflictos, sin contradicciones. Recordamos los años 20 del siglo pasado por el jazz, pero no por la Gran Depresión que vendría después. Nos fascina la moda de los años 50, pero olvidamos las estructuras sociales opresivas que aún dominaban entonces.

Hay jóvenes que hoy sienten nostalgia por la dictadura, sin saber lo que fue; o por la Transición, como si fuera un periodo de orden y consenso; o por los años 80, como si todo fuera música de sintetizadores y amistad sin pantallas.

Y no solo afecta a los individuos, también a las sociedades. Hay movimientos políticos que se alimentan de ella, prometiendo recuperar una grandeza perdida, una edad dorada que nunca existió realmente. Se agitan símbolos, banderas, discursos de un pasado mitificado. Pero como advertía George Orwell, «quien controla el pasado controla el futuro». Es importante enseñar a mirar el pasado con profundidad, no como una postal, sino como un terreno complejo y contradictorio. Recordar que cada época tuvo su belleza y su dolor, su música y su silencio.

Porque esa sensación fabricada no es del todo inútil. Gabriel García Márquez decía que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda». Tal vez esta nostalgia inventada sea nuestro modo de reescribir el mundo, de buscar en lo que fue (o pudo ser) semillas para lo que podría ser. Cuando nos emociona esa canción antigua que no conocemos, o esa foto ajena que sentimos propia, no estamos simplemente evadiéndonos. Estamos, en el fondo, trazando un mapa de nuestros deseos más profundos: el anhelo de conexión, de autenticidad, de belleza. También hay una pedagogía en este sentimiento. Un querer entender de dónde venimos, aunque no lo hayamos vivido.

En el fondo, la falsa nostalgia es un espejo: nos muestra no tanto lo que fue, sino lo que anhelamos. Lo que nos falta, lo que creemos que perdimos, lo que aún no hemos construido. Es una brújula emocional que apunta hacia un lugar que no existe, pero cuya dirección tiene sentido para nosotros. Por eso, más que avergonzarse por sentirla, hay que saber reconocerla. Entender que no es memoria, sino deseo. No es historia, sino imaginación. No es pasado, sino una forma de futuro disfrazado.

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