Opinión

Salvar la democracia… ¿regulando las redes sociales?

Gran parte del problema de las plataformas reside en su capacidad viral, que promueve la deshonestidad y una conducta basada en la recompensa y el castigo, pero el principal obstáculo a la hora de transformar este fenómeno tiene que ver con el hecho de que internet ya no es un simple servicio: es una parte gigantesca de nuestras vidas.

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03
May
2022
redes sociales

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La cuestión de la salud mental está siempre detrás de muchos debates sobre las redes sociales. ¿Son Twitter, Instagram o TikTok buenas para nuestro cerebro? El año pasado, The Wall Street Journal publicó un largo reportaje donde desvelaba documentos internos de Facebook –compañía que es dueña, a su vez, de Instagram y WhatsApp– en los que la compañía admitía lo perniciosos que eran sus servicios para los adolescentes: el 32% de las chicas adolescentes dijo que cuando se sentían mal con su cuerpo, Instagram las hacía sentir peor. «Empeoramos los problemas de imagen corporal de una de cada tres chicas adolescentes», decía una diapositiva de una de las presentaciones de 2019. No era la única. Otra señalaba que «los adolescentes culpan a Instagram de los aumentos en la tasa de ansiedad y depresión».

El efecto psicológico tiene su equivalente sociológico. Las redes sociales nos deprimen y cabrean, y su lógica de máquina de tragaperras nos impide salir de ellas, así que nos quedamos dentro deprimidos y cabreados. Eso tiene un efecto en la política. En un largo ensayo publicado recientemente en The Atlantic, el célebre psicólogo Jonathan Haidt defendía que «los científicos sociales han identificado al menos tres fuerzas principales que unen a las democracias exitosas: el capital social (amplias redes sociales con altos niveles de confianza), las instituciones fuertes y las historias compartidas. Las redes sociales han debilitado las tres».

El autor piensa que las redes sociales iniciales (como MySpace o incluso Facebook antes de la posibilidad de dar like) encajaban con la idea de que la conectividad era algo positivo: nos unían con los nuestros. Con la llegada de la viralidad, sin embargo, se promovió la deshonestidad y una dinámica de linchamiento: «Los usuarios comenzaron a guiarse no solo por sus verdaderas preferencias, sino por sus experiencias pasadas de recompensa y castigo y por la predicción de las posibles reacciones ajenas». El efecto en la política, piensa, fue devastador. El psicólogo no cree que antes no hubiera polarización: es obvio que la había, «pero la mayor viralidad de las redes sociales hizo más peligroso ser visto confraternizando con el enemigo o incluso no atacando al enemigo con suficiente vigor».

Según Haidt, las redes sociales han debilitado las tres fuerzas principales capaces de unir las democracias

Haidt resume en tres puntos su tesis: las redes sociales dan más poder a los trolls y provocadores y silencian a los buenos ciudadanos; dan más voz a las voces radicales; y promueven la justicia de la turba. Cita al respecto un estudio del think-tank More In Common. En él, encuestaron a 8.000 estadounidenses e identificaron siete grupos ideológicos o de creencias. El que estaba más a la derecha era el 6% de la población, mientras el que se situaba más a la izquierda llegaba al 8%. Su presencia en redes, sin embargo, era desorbitada: se cuantificaban en un 70% en el primer caso y en un 56% en el segundo.

¿Estamos polarizados por culpa de las redes? El origen del problema no es ese, pero las redes lo acrecientan. La tesis de que estamos más polarizados que nunca, sin embargo, no se sostiene: en España tuvimos una guerra civil y luego un grupo terrorista cuyo último atentado sucedió en una fecha tan reciente como 2009. Es obvio, no obstante, que las redes sociales promueven la atomización y la polarización, y que el efecto político es más amplio de lo que cualquiera podría haber anticipado: mina poco a poco la confianza entre los ciudadanos. 

Algunas de las soluciones de Haidt me parecen naíf, como ralentizar de alguna manera la difusión de la información para reducir la viralidad. Además, atacan el núcleo del modelo de negocio de las redes sociales: el engagement, por lo que difícilmente serán aceptadas por las plataformas tecnológicas. Otras son más tangibles, como acabar con el anonimato o impedir a los menores de 16 años el uso de algunas redes sociales (y buena suerte con ello), pero en el fondo hay algo insalvable: pensábamos que la democratización de la información implicaría un debate racional; en cambio, trajo lo contrario. No solo tiene que cambiar el modelo de negocio de las plataformas para que esto cambie, sino que tiene que cambiar la lógica del internet que conocemos desde aproximadamente el año 2009. Y quizá es demasiado tarde: internet ya no es simplemente un servicio, sino algo mucho más grande.

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