Internacional

¿Siempre se han llevado mal Rusia y la OTAN?

Las relaciones entre la Alianza Atlántica y el país eslavo han sido problemáticas, pero no siempre han sido tan tensas como ahora. No obstante, casi siempre han estado marcadas por un factor: la obsesión del Kremlin por construir un cinturón defensivo de países satélites.

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05
Jul
2022
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El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en el año 2018.

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De haber buscado un titular para la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebrada estos días previos en Madrid, periodistas, políticos y analistas lo habrían tenido fácil: unidos contra Rusia. Incluso dos países como Suecia y Finlandia, neutrales durante toda la Guerra Fría, decidieron sumarse a la Alianza Atlántica al notar en su nuca los gélidos vientos belicistas que soplaban desde el este. La OTAN nació de la confrontación con Rusia y finalmente ha vuelto a ella: el círculo histórico parece haberse cerrado. No obstante, hubo épocas en que la relación entre ambas no fue ni mucho menos tan mala.

Los inicios, ciertamente, fueron más que tensos. La OTAN, a fin de cuentas, nació como coalición militar defensiva contra la Unión Soviética y sus satélites, operando bajo el principio de que el ataque contra uno de sus miembros implicaba desatar un conflicto contra todos ellos. Corría el año 1949, y el año anterior el dictador soviético Iósif Stalin acababa de estar a punto de provocar un estallido militar con Occidente: había bloqueado los accesos a la parte de Berlín que controlaban l0s occidentales y había cortado la electricidad en un intento por expulsarles de allí. Estos resolvieron el asunto con un puente aéreo de no menos de 250.000 vuelos. Una vez hecho esto no tardó en formarse la OTAN ante una posible guerra con la Unión Soviética. Su objetivo, en palabras de su primer secretario general, sería el de «mantener a los rusos fuera [de Europa], a los americanos dentro y a los alemanes debajo». No tardarían en aparecer alianzas similares en el sureste asiático (SEATO, en 1954) y en Oriente Medio (CENTO, en 1955), pero ambas serían un notable fracaso a causa de la disensión entre sus socios; ambas se desarmarían para los años setenta. 

Después de su primera cumbre en 1957, la OTAN tardó casi dos décadas en celebrar la segunda, aunque a partir de entonces estas serían continuas. No la celebraría por tanto hasta 1974, pasando de puntillas por la mayoría de las confrontaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética –desde Vietnam a Cuba– vividas a lo largo del siglo XX. En los setenta, el mundo conocería la llamada «distensión» entre las superpotencias, que empezaron a mostrar cierta cordialidad entre ellas, pero esto terminó con el cambio de década, cuando los soviéticos invadieron Afganistán y cuando ambas partes se dedicaron a financiar guerras civiles en Latinoamérica.

A pesar de todo, una segunda ronda de «distensión» se perfilaba en el horizonte. El nuevo prémier soviético, Mikhail Gorbachev, se acercó a Occidente como nunca antes, relajando el aparato represor de la URSS a través de una serie de reformas internas; no tuvo éxito y la OTAN, posteriormente, acabó teniendo que lidiar con algo que no se esperaba: el hecho de que el bloque comunista se desmoronara como un castillo de naipes. Rusia se lanzó en brazos del capitalismo oligárquico y volvió a navegar en solitario. Las cumbres de la OTAN de 1989, 1990 y 1991 presidieron –y celebraron– aquel espectacular volantazo de la historia.

Biden afirmó en 1998 que la entrada de los países de Europa del Este «enmendaría» una «injusticia histórica» cometida por Stalin

Muchos políticos europeos se plantearon entonces liquidar la OTAN (una alianza que, a fin de cuentas, era defensiva), pero esta pervivió: ni Rusia era tan estable ni Alemania había dejado de causar temor después de haber provocado dos guerras mundiales; muchos prefirieron lidiar con ambas desde la comodidad de una coalición militar. Lo que es más: la OTAN invitó a los antiguos enemigos de Europa Oriental a unirse a la misma, y es que aparentemente preferían parapetarse en la organización para alejar así la posibilidad de volver a ser sojuzgados por un gobierno ruso en el futuro.

Este infeliz recuerdo fue evocado por el senador que presidía el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano (cierto político llamado Joe Biden) cuando la Cámara Alta ratificó la entrada en la OTAN de Polonia, Hungría y República Checa en 1998. Biden afirmó que aquello «enmendaría» una «injusticia histórica» cometida por Stalin: el momento –se refería– en que el dictador soviético, en plena década de los cuarenta, devoró Europa Oriental en menos de cinco años a través de campañas, golpes de Estado e invasiones para petrificar el flanco territorial de la URSS en una suerte de cinturón de dictaduras afines que hiciera de colchón de seguridad. Aquella votación se resolvió por 80 votos contra 19 en un clima de euforia: ambos partidos apoyaban el acuerdo, y el presidente Clinton anunció «un hito en el camino hacia una Europa unida, democrática y pacífica» que, de paso, «reduciría la probabilidad de que hombres y mujeres americanos fueran llamados a los campos de batalla europeos».

Un nuevo comienzo

Nadie lo sabía aún, pero las cosas iban a empezar a cambiar en Rusia también durante 1998. Vladímir Putin, un antiguo mando del KGB reconvertido –al menos aparentemente– en político liberal, acababa de ser designado como sucesor del presidente Boris Yeltsin. Este comenzaría su mandato con un alarde de nacionalismo agresivo: aplastando el separatismo checheno –que hibernaba en la victoria desde hacía un lustro– y desatando una brutal guerra civil en la región.

El nacionalismo de Putin, que se mostraba heredero del chovinismo soviético (aunque no de su ideología comunista), hacía fruncir el ceño al mandatario cuando veía a los antiguos satélites de la URSS –su «cinturón de seguridad»– apuntándose en masa a una coalición que tradicionalmente agrupaba a sus enemigos. La política exterior rusa seguía tratando entonces de construir un «cinturón» que protegiera su flanco, y este proceso, por supuesto, acababa con ella.

El nacionalismo de Putin es heredero del chovinismo soviético, si bien no de la ideología comunista

Hasta entonces, las relaciones entre Rusia y la OTAN habían sido notablemente buenas a lo largo de la década de 1990. Ambas partes colaboraban, primero a través del North Atlantic Cooperation Council (1991), luego del Euro-Atlantic Partnership Council (1997) y finalmente a través del Russia-NATO Council (2002), así como del Partnership for Peace, presente desde 1994. El ascenso al poder de Putin, no obstante, iba a ensombrecer aquel panorama de cooperación. El primer roce verdaderamente serio se produjo en 2008: el presidente americano George W. Bush le prometió a Georgia y Ucrania que podrían ingresar en la Alianza Atlántica. Varios aliados europeos se opusieron por dos motivos principalmente: ambas eran naciones algo volátiles y era posible percibir un más que evidente enfado por parte de Moscú. Todo quedó en una vaga declaración de intenciones, pero ello fue suficiente para que el Kremlin se pusiera en guardia. Cuatro meses después, Putin envió a sus tanques y aviones a apoyar a las regiones rebeldes de Abjazia y Osetia del Sur frente a las tropas georgianas. Consideraba a estas dos regiones de Georgia parte del célebre «cinturón», y quería demostrar que estaba dispuesto a utilizar la fuerza militar para mantenerlo.

Tras el episodio, la nueva administración americana de Barack Obama –con Joe Biden como vicepresidente, entonces sin el entusiasmo inicial respecto a la ampliación de la organización– prefirió recomendarle a los ucranianos que se arrimaran a la Unión Europea antes que a la Alianza Atlántica, pero incluso eso fue demasiado para el Kremlin. Putin presionó entonces al presidente ucraniano Víktor Yanukóvich para que rechazara el acuerdo europeo en 2013 y, cuando esto provocó una revolución en Kiev que terminó derrocándolo, Moscú volvió a recurrir a sus tanques para asegurarse las regiones orientales –las únicas cuya población era prorrusa– de Ucrania como parte del «cinturón». En 2022, viendo que los ejércitos de Kiev amenazaban este enclave, Putin decidió a aparcar toda prudencia estratégica y atacó el país al completo.

Las relaciones entre la OTAN y Rusia, por tanto, han pasado por momentos más bien diversos a lo largo de los años. Lo que une el inicio y el final de esta historia, no obstante, ha sido la obstinación del Kremlin en mantener un «cinturón» territorial con países no deseaban formar parte del mismo (y que, posteriormente, han recurrido a la OTAN para protegerse de Moscú). Precisamente por esto, la reacción agresiva de Putin con Ucrania, a pesar de estar pensada para alejar el fantasma de la Alianza Atlántica de las fronteras de Rusia, no ha servido más que para acercarlo, reforzando de paso su unidad interna: así lo ha demostrado la decisión tomada por Suecia y Finlandia.

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