Siglo XXI

«España es decepcionante a la hora de reaccionar ante las flaquezas morales»

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Esther Pita
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03
Mar
2022
populismo

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Esther Pita

El politólogo y filósofo Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es uno de los principales expertos españoles en la democracia y los mecanismos sociopolíticos que la vertebran. En su último ensayo, ‘Abecedario democrático’ (Turner), propone al lector una travesía a través de los 27 conceptos más esenciales de nuestro tiempo que perfilan las nociones básicas de todo sistema político liberal. Conversamos con el intelectual malagueño que, entre otras definiciones, hace referencia a ese fenómeno que en los últimos años se ha expandido como la pólvora por todo el mundo: el populismo. 


Como politólogo y experto en sistemas de gobierno, usted ha publicado numerosas obras que, diseñadas como una lectura abierta a todos los públicos, abarcan temas tan dispares como el ecologismo o la manipulación emocional en la política actual. En su último libro, de hecho, sintetiza algunos de los conceptos de nuestra actualidad. ¿Es necesaria esta divulgación?

Indudablemente. Asunto distinto es que consigamos hacerla bien. Pero intentarlo, lo intentamos. Los investigadores tenemos el deber de comunicar a los miembros de nuestra sociedad el fruto de nuestro trabajo de una manera comprensible. Tanto la democracia como la sociedad contemporáneas son mucho más sofisticadas que el ciudadano medio que las habita por lo que, a fin de evitar la simplificación de la que suelen echar mano los demagogos, es deseable que ese ciudadano comprenda bien el mundo al que pertenece, lo que incluye las posibilidades, limitaciones y mecanismos de funcionamiento de la política democrática.

En sus páginas asegura que el populismo es un fenómeno de múltiples aristas, y no un movimiento sólido. ¿Es el cariz populista, en cuanto a la invocación de lo popular, un rasgo natural de la democracia o, más bien, un vicio que se propaga en ella?

El populismo es una estrategia política que divide la sociedad entre un buen pueblo soberano y sus inmorales enemigos, reclamando en consecuencia que la voluntad popular –que interpreta a la manera de un ventrílocuo el líder populista– sea el criterio único para una toma de decisiones políticas que se libera de los contrapesos institucionales e informales (prensa, sociedad civil, etc.) de cuño liberal. Pero como el populismo no es una ideología –al menos no en sentido fuerte–, hay muchos populismos: los ligados a programas de izquierda o de derecha, los más o menos nacionalistas, xenófobos o no… Y sí, el populismo es un fenómeno de la democracia que bien puede acabar con ella y, en todo caso, suele ponerla en riesgo. En la medida en que la ideología de la democracia (su versión simplificada) apela a la voluntad de la mayoría, es hasta cierto punto inevitable que el populismo aparezca en las democracias. Ocasionalmente, puede servir para alertar sobre defectos de funcionamiento o malestares latentes; no olvidemos, sin embargo, que el populismo es más un fenómeno de oferta que de demanda, de tal modo que bien puede generar ese malestar aun cuando no existen razones objetivas para los mismos.

¿Puede la democracia sostenerse al margen de la ética? 

La democracia liberal es ya de por sí la encarnación de un conjunto de valores éticos. O, en otras palabras, la expresión de una serie de apuestas morales; principalmente, la apuesta por la protección de los individuos y las minorías, así como el control del Gobierno, por medio del Derecho. Es decir: por medio de los procedimientos, las normas y las instituciones. A partir de aquí, la democracia funcionará mejor o peor según cuál sea el fuste moral de sus protagonistas. Y naturalmente, sería deseable que fuésemos todos buenos en vez de malos. Pero como el mundo es más complicado que eso, la democracia liberal o constitucional está diseñada para los seres humanos de carne y hueso y no para los héroes morales, cuyo concurso puede, no obstante, hacerse indispensable en algunas coyunturas; ahí tenemos la invasión rusa de Ucrania, sin ir más lejos, para demostrarlo.

Tras los últimos sucesos relativos al Partido Popular, ¿cree que la turbopolítica desgasta las instituciones democráticas?

La aceleración de la vida política es una mala noticia porque encaja difícilmente con la deliberación y asimilación de los problemas a los que una colectividad se enfrenta; es, no obstante, un fenómeno seguramente inevitable, a la vista de la general aceleración de la vida social y tras la digitalización del espacio público. El ciudadano se desafecta sobre todo cuando comprueba que los suyos no ganan. Y luego, en segundo lugar, pero solo en segundo lugar, cuando comprueba que los partidos están cínicamente organizados alrededor del criterio de eficiencia electoral. Este último aspecto de la democracia liberal, la competición partidista, es a la vez problemático e insoluble: no podemos prescindir de los partidos, y los partidos no pueden ser de otra manera. Ahora bien, no todas las clases políticas son iguales y, en especial, no todas las sociedades reaccionan igual ante las insuficiencias intelectuales o las flaquezas morales de sus representantes. A este respecto, España es sin duda decepcionante y algunas de sus comunidades autónomas –estoy pensando sobre todo en los últimos gobiernos catalanes– ya ni le cuento.

«El populismo es una alerta de lo que falla en la democracia»

Otro concepto que predomina en su trabajo es el de la biopolítica. Durante la pandemia, numerosos Estados parecieron enfocarse hacia una protección de la salud pública con un vehemente discurso, mientras que en otras ocasiones da la sensación de haber primado el interés económico. ¿Cómo analiza estos cambios en la toma de decisiones?

La democracia convive mal con las situaciones de emergencia, especialmente si no se ha preparado para ellas aprobando normas orientadas a su regulación. En el caso de la pandemia, la dificultad inicial se encontraba en familiarizarse con el virus: comprenderlo para poder combatirlo. Pero preservar la vida de los ciudadanos no es el único objetivo en el Gobierno de las pandemias, ya que hay otros bienes en juego y, si quisiéramos evitar que alguien muriese por una enfermedad infecciosa, pasaríamos recluidos todos los inviernos. En este sentido, la tensión entre esos distintos bienes –salud, derechos civiles, actividad económica, educación pública– puede manejarse mejor o peor, pero también es posible que un Gobierno empiece bien y acabe mal (o viceversa). Mi impresión es que los dirigentes democráticos no han sido demasiado audaces a la hora de combatir un virus que afectaba de manera muy diferente a distintos segmentos de la población y que, en ocasiones, han abusado de la restricción de derechos individuales más allá de lo razonable. Los datos sugieren que no hay una diferencia tan grande entre encerrarse y tomar precauciones; hay algo «ecológico» en las epidemias que hace difícil prevenir que se puedan llevarse a un cierto número de personas por delante. El milagro técnico de las vacunas ha sido a la postre la manera más eficaz y moderna de combatir a la covid-19. Y de nuevo, aquí, es decepcionante la fijación de los Gobiernos con medidas tan inanes como las mascarillas en el exterior. Todavía queda pendiente, de hecho, que podamos quitárnoslas en interiores: con hasta tres dosis de la vacuna en el cuerpo, es inconcebible que esa obligación siga en pie.

Precisamente, en La democracia sentimental toma las riendas de la biopolítica y se adentra en numerosas cuestiones, como el peligro de la constante manipulación sentimental que se produce sobre la ciudadanía. ¿De qué forma se produce esta injerencia y en qué aspectos?

No me atrevo a generalizar. En ese libro, que trataba de indagar en el papel de las emociones en la política democrática, lo que me encontré fue que tenemos un nuevo vocabulario y una nueva forma de comprender un fenómeno que en sí mismo dista de ser nuevo: la dialéctica entre las emociones y la razón constituye un dato antropológico. Lo que pasa es que las democracias, como la modernidad en su conjunto, se asientan sobre presupuestos racionales y demandan de los individuos un esfuerzo racional; esto quizá sea mucho pedir, pero cuesta imaginarse un Gobierno democrático cuyo punto de partida estuviera en la irracionalidad, el dogmatismo o la sentimentalidad. Hacemos, en fin, lo que podemos. Sucede que excitar las pasiones políticas, aprovechar los sesgos de los individuos o manipular sus sentimientos –reclamando su empatía o estimulando su resentimiento– es una forma de persuadirlos y movilizarlos que puede producir formidables réditos. Aquí es donde entra en juego ese rasgo de la democracia liberal al que me he referido antes, la competencia partidista, que empuja a los partidos –pero también a los movimientos sociales o los tuiteros estrella– a captar la atención del público a través del medio que sea más eficaz: sentimentalismo, ideologización, exageración, sentido de la pertenencia, odio intergrupal… A duras penas conseguimos mantener a flote el bote de la razón –que, como hemos comprendido a estas alturas, es una razón penetrada de emociones y obligada a evaluar reflexivamente su influjo sobre el modo en que percibimos la realidad política–. Así, definimos nuestras preferencias y actuamos en relación con ellas. De nuevo: es mucho pedir. Pero hay que pedirlo, y luego ya veremos.

¿Cree que las nuevas tecnologías, en especial el avance de la neurociencia y de la simbiosis cerebro-computador (como advierte el historiador Yuval Noah Harari), aumentará la desigualdad social o, por el contrario, son una oportunidad para cerrar algunas brechas abiertas?

Es imposible saberlo. Tampoco lo sabe Harari. Pero la robotización industrial reduce el tedioso trabajo manual del que se burlaba amargamente Chaplin en Tiempos modernos, y no veo razón para lamentarlo.

¿Cómo puede afectar a nuestras democracias actuales el desarrollo de entornos digitales de gran calado, como el proyecto del metaverso de Mark Zuckerberg? ¿Ponen demasiado el acento en el individualismo?

Tampoco lo sabemos, bien podría fracasar por no interesar al público. En todo caso, no sería el primer paraíso artificial creado por el ser humano y no me parece a priori más individualista que leer un libro. Es pronto, insisto, para pronunciarse. Otra cosa es que uno pueda llenar titulares con distintas clases de anticipaciones y prefiguraciones.

«Tanto exagera el que anticipa el apocalipsis climático como el que cree que no debe preocuparse por el estado del medio ambiente»

En su investigación también abarca la relación entre el ser humano y nuestro planeta. La palabra homo, que deriva de humus, «tierra», nos sugiere la importancia que la naturaleza tiene para nuestra especie. ¿Cree que se está haciendo un uso exagerado de la cuestión ecologista o, por el contrario, la alarma está bien medida?

No se puede evitar que la esfera pública se llene de exageraciones, y tanto exagera quien anticipa el apocalipsis climático como quien cree que no hemos de preocuparnos por el estado del medio ambiente. Ese medio ambiente es, cada vez más, planetario. Y no andan desencaminados quienes repiten el eslogan que reza «solo tenemos un planeta»: la habitabilidad de la Tierra es un problema existencial para la especie humana. Se trata de un cabo suelto del pensamiento ilustrado, que todavía operaba bajo la impresión causada por el descubrimiento europeo de América, con su promesa de abundancia. Hoy estamos en un momento muy distinto, enfrentados a las consecuencias negativas colaterales del progreso material de los dos últimos siglos y medio. A ello hay que responder poniendo la cuestión medioambiental en el centro de la acción pública, con objeto de refinar las relaciones socionaturales y asegurar su sostenibilidad. De ahí no se deduce que hayamos de abrazar el decrecimiento u olvidarnos del bienestar material; nuestra tarea es resolver los problemas ambientales de forma compatible con el mantenimiento de las democracias liberales allí donde existen y con la provisión de bienestar material. Si de paso reducimos el sufrimiento que causamos a otras especies y acertamos a preservar ecosistemas y espacios naturales, mejor.

¿Cuál es su visión del papel de la Unión Europea como referente político y cultural del mundo? ¿Puede sobrevivir en el futuro sin integrarse aún más?

La Unión Europea es una entidad política muy original cuya contribución a la estabilidad y bienestar de sus países miembros resulta incalculable. No es un sistema perfecto, porque no puede serlo; sus inclinaciones tecnocráticas causan problemas de rendición de cuentas en las democracias nacionales e, inversamente, está lejos el día en que algo parecido a una democracia europea pueda construirse creíblemente. Al mismo tiempo, elementales problemas de comunicación derivados de la diversidad lingüística imposibilitan la creación de una esfera pública europea de carácter masivo (las élites, más o menos, van comunicándose entre sí usando el inglés). Para el mundo, somos una región envidiable que no obstante envejece rápidamente; su potencia cultural es quizá mayor que su fuerza política. Y sí, puede sobrevivir sin integrarse más, su diseño no está tallado en piedra y la idea de una UE funcional no está necesariamente vinculada a una federalización más intensa. La federalización es funcional a ciertos efectos, como se demuestra cada vez que una crisis nos sacude, pero hay que ser cuidadosos con los ritmos de esa integración: para la mayor parte de los ciudadanos, la nación es su comunidad política de referencia. Y la UE bien puede verse como una estructura que facilita la colaboración entre naciones comprometidas con el proyecto comunitario, carece de demos propio en el sentido en que las democracias nacionales lo poseen. Todo eso puede llegar, y no seré yo quien me oponga. Sin embargo, no es un destino inevitable que convierta en mal ciudadano a quien tenga en la cabeza otra versión de la integración europea.

Volviendo a Abecedario democrático, uno de los términos que rutilan es la tolerancia. ¿Hasta qué punto la considera necesaria?

Sin tolerancia, sin respeto hacia quien percibimos como diferente o equivocado, no pueden existir sociedades democráticas. De otro modo, no se ve cómo podrían funcionar pacíficamente sociedades complejas en las que coexisten distintas creencias y formas de vida. Ningún proyecto particularista puede acabar con el pluralismo sin recurso a la coerción. Y como las democracias protegen la libertad de los individuos para vivir como quieran sin injerencia del Estado o de los demás, necesitamos la tolerancia. Hemos de ser tolerantes a la fuerza porque no podemos obligar a los demás a vivir como nosotros queramos, igual que ellos no pueden obligarnos a nosotros. Por esa misma razón, hemos de ser tolerantes por convicción también, lo que quiere decir que debemos convencernos de la necesidad de respetar moralmente a los demás en beneficio de la convivencia pacífica entre los diferentes. Pero atención: también el Estado mismo tiene que ser tolerante, o sea, neutral moralmente, renunciando a tomar partido por unas creencias en detrimento de otras. El Estado sólo puede ser parcial respecto de los principios democráticos generales, cuyo cumplimiento y promoción debe asegurar. No puede, en cambio, asumir una posición perfeccionista que lo convierta en un actor evangelizador a instancia de parte (a instancia, en fin, de quien gobierne en cada ciclo electoral).

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