Siglo XXI

Cómo definir el populismo

Son 27 conceptos, uno por cada letra, los que se recogen en ‘Abecedario democrático’ (Turner), una suerte de manual de cultura política para jóvenes en el que se perfilan las nociones básicas de todo sistema político liberal. En ‘Ethic’ seleccionamos la P, que hace referencia a un fenómeno que en los últimos años se ha expandido como la pólvora por todo el mundo: el populismo.

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Carla Lucena
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03
Ene
2022
populismo

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Carla Lucena

Aunque existen buenas razones para ver el populismo como una amenaza contra la democracia, lo cierto es que se trata de un fenómeno intrínsecamente democrático. Quiere decirse que el populismo solo tiene sentido, como discurso y como práctica, en el interior de una sociedad que se adhiere a los principios democráticos: no podría sobrevivir en contextos culturales que rechacen la soberanía popular como fundamento del orden político. Pero la paradoja solo es aparente, ya que el populismo se sirve de la ideología de la democracia –que podemos resumir en la idea de que el pueblo se gobierna a sí mismo– para atacar la democracia liberal y reemplazarla por alguna forma directa, plebiscitaria o aclamativa de autogobierno. Por esa misma razón, pese a su intermitencia histórica, el populismo posee una indudable relevancia para las democracias.

Así se ha confirmado cuando, tras la crisis económica global que estalló en 2008, el populismo intensificó de manera sorpresiva su presencia en las democracias avanzadas. Se ha dicho incluso que las sociedades occidentales viven un «momento populista», cuyos aldabonazos más sonoros fueron la presidencia de Donald Trump y la victoria del brexit en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. A eso habría que añadir la pujanza de distintas fuerzas populistas en las democracias continentales: de Podemos en España al Frente Nacional en Francia, pasando por el Fidesz húngaro o el Movimiento 5 Estrellas en Italia. Sin embargo, el populismo ya existía: además de su protagonismo en las democracias latinoamericanas desde los años 40 y 50, los partidos antiinmigración de corte populista han tenido presencia desde hace décadas en el centro y el norte de Europa, donde han enarbolado un «chovinismo del bienestar» que reclama dejar fuera del reparto de las ayudas estatales a quienes no pertenezcan a la comunidad nacional. En todo caso, la novedad del siglo XXI radica en el crecimiento y la transformación del populismo, empeñado en convertirse en una alternativa verosímil a la democracia liberal.

La novedad del siglo XXI radica en el empeño de interpretar del populismo como alternativa verosímil a la democracia liberal

Tal como puede comprobarse con la breve enumeración precedente, el populismo posee una notable heterogeneidad que dificulta el acuerdo sobre su definición y sus atributos. ¿De verdad sirve la misma categoría para abarcar a movimientos y líderes tan distintos? ¿No será que existen «los populismos», pero no «el populismo»? El empleo indiscriminado del término por parte del periodismo y su condición de arma arrojadiza en la disputa partidista contribuye asimismo a generar la sensación de que acaso sea preferible recurrir a otras designaciones. Tampoco facilita las cosas el hecho de que casi ningún líder populista admita serlo, por contraste con el orgullo con que otros se reclaman socialistas o conservadores. Con todo, sería un error deducir de aquí que el populismo no existe o es indefinible; no estamos ante el primer concepto controvertido al que se enfrentan las ciencias sociales. Así que el populismo es perfectamente identificable. Y un primer paso para comprenderlo es separarlo de la demagogia con la que a menudo se confunde.

Es posible definir de manera provisional el populismo como una práctica política que se opone al establishment en nombre del pueblo soberano. Si esa reivindicación está ausente, no podemos hablar de populismo; por esa razón, populismo y demagogia son cosas distintas. Esta última se caracteriza por el uso persuasivo de la exageración, la manipulación emocional o la simplificación: el demagogo no se sujeta a la verdad ni busca la coherencia. Y aunque los partidos o líderes populistas recurren a la demagogia, los partidos o líderes no populistas también lo hacen. Es así inapropiado definir el populismo como «la oferta de soluciones simples para problemas complejos», porque esa práctica es típica de la democracia de masas. Igual que no hay libertad de prensa sin sensacionalismo, tampoco existe democracia donde no se recurra –en mayor o menor medida– a la demagogia. Esta última representa un peligro para la buena salud de las sociedades democráticas allí donde traspase los «límites tolerables» a los que se refiere el filósofo político Raymond Aron. Para hablar con rigor de populismo, sin embargo, tiene que haber algo más.

¿Y qué hace falta exactamente? Hay distintas maneras de aproximarse al populismo y de ordenar sus distintos atributos o rasgos. Parece útil distinguir entre sus elementos esenciales y sus elementos adjetivos, según nos refiramos a aquellos que lo definen (y no pueden dejar de manifestarse) o que lo facilitan (que pueden estar, o no, en distintas combinaciones).

Son elementos esenciales del populismo la visión idealizada de la sociedad, que aparece como constituida por el enfrentamiento entre el pueblo y la élite o establishment; la moralización de las relaciones sociales, que caracteriza al pueblo como «bueno» mientras que condena al establishment como «malo»; y una concepción de la soberanía popular de la que se deduce la necesidad de que sea el pueblo quien se gobierne directamente a sí mismo. En suma, habrá populismo allí donde un líder o movimiento divida la sociedad en dos partes enfrentadas entre sí, de acuerdo con una jerarquía moral que separa al pueblo virtuoso y auténtico del establishment corrupto o del otro amenazante, primando la soberanía popular como criterio determinante para la toma de decisiones políticas. Es preciso, no obstante, desarrollar cada uno de estos elementos.

El pueblo del populismo se identifica con esa gente común cuya dignidad debe ser restituida ante los abusos de la «casta política»

Para empezar, tal como ha señalado el especialista Jan-Werner Müller, la actitud antiestablishment no es suficiente para identificar un movimiento como populista: es también necesario que adopte una posición antipluralista reflejada en la afirmación de que solo él representa al pueblo. Dicho de otra manera, el populista no dice «nosotros también somos el pueblo», con objeto de incluir a minorías presuntamente excluidas, ni tampoco «nosotros somos el pueblo», sino «solo nosotros somos el pueblo». Aunque se habla del pueblo como bloque homogéneo, pues el pueblo «auténtico» solo es una parte de ese pueblo constitucional que designa al conjunto de los ciudadanos de una nación democrática. Ni que decir tiene que se trata de un concepto –el de pueblo– que reviste una notable complejidad; su significado parece evidente, pero está lejos de serlo. Sobre todo es necesario recordar que no existe un «pueblo natural» que pueda identificarse cuando se observa la realidad social; el pueblo es siempre objeto de construcción y de representación. En otras palabras, el pueblo, para existir, tiene que ser nombrado, ya sea por un movimiento político o por un texto constitucional.

Prueba de ello es que los populismos se diferencian por el contenido que dan al pueblo al que dicen defender. Pensemos en los inmigrantes o miembros de comunidades étnicas minoritarias: hay populismos xenófobos que los excluyen y populismos inclusivos que los reivindican de manera explícita. Por lo general, tanto en un caso como en el otro, el pueblo del populismo se identifica con esa gente común u ordinaria –los «descamisados» de los que hablaba el argentino Juan Domingo Perón o la Francia rural que defendía Pierre Poujade– cuya dignidad debe ser restituida ante los abusos de la «casta política». Pero el pueblo también se define verticalmente: el populismo describe a un pueblo que es víctima de las élites que han secuestrado o pervertido la democracia. Y el establishment no comprende solo a los políticos profesionales, sino que suele incluir a las clases altas y, a menudo, a intelectuales o expertos. También es habitual que el populismo identifique entre los «enemigos del pueblo» a determinados grupos sociales (como los judíos), a naciones extranjeras (Estados Unidos) u organizaciones internacionales (el Fondo Monetario Internacional o la Unión Europea). Por último, la práctica política del populismo señalará como antagonistas a quienes actúen contra la «voluntad del pueblo» de manera ocasional o estable: ahí entran los medios de comunicación hostiles al movimiento y los jueces cuando dictan una sentencia contraria al sentir mayoritario.


Este es un fragmento de ‘Abecedario democrático‘ (Turner), por Manuel Arias Maldonado.

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