Medio Ambiente

¿Nuevas formas de lucha para un mundo en llamas?

A pesar de las abrumadoras evidencias con que contamos hoy, las medidas contra el cambio climático continúan aún hoy brillando por su ausencia. En ‘Cómo dinamitar un oleoducto’ (Errata Naturae), Andreas Malm defiende la necesidad de pasar a la acción.

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15
Feb
2022
combustibles fósiles

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Era 1995. Nos encontrábamos en Berlín, donde se celebraba la COP1, la primera de una serie de cumbres climáticas anuales organizadas por Naciones Unidas. Los delegados consiguieron escabullirse del edificio por una puerta trasera. Desde entonces, el total de las emisiones anuales de CO2 ha aumentado un 60%. El año en que tuvo lugar aquella cumbre, la quema de combustibles fósiles expulsó más de seis gigatoneladas de carbono a la atmósfera; en 2018 fueron más de diez. En los 25 años que han pasado desde entonces hemos liberado más carbono de las reservas subterráneas que en los 75 años previos.

Después de la COP1, Estados Unidos se lanzó a un frenesí de extracción de combustibles fósiles. Recuperó la primera posición como productor mundial de petróleo y gas y ha desarrollado la red nacional más extensa de gasoductos y oleoductos, superando el millón de kilómetros nuevos, multiplicando y alargando las tuberías que siguen echándole combustible el fuego. Alemania ha continuado extrayendo casi 200 millones de toneladas de lignito –el combustible fósil más contaminante– al año. Las minas a cielo abierto proliferan sin f reno; se arrasan bosques y pueblos enteros para perforar la tierra, para imponer la implacable negrura de las explotaciones, para que las excavadoras continúen con la extracción y las llamas sigan creciendo. Después de la COP1, Suecia, mi país natal, dio luz verde a uno de los mayores proyectos de infraestructuras de su historia, una inmensa circunvalación que rodea Estocolmo. Nada que pueda sorprendernos, solo una nueva autopista para que más coches escupan a la atmósfera más millones de toneladas de dióxido de carbono. En abril de 1995, el mes en que se clausuró la COP1, la concentración atmosférica de CO2 era de 363 partes por millón. En abril de 2018, superaba las 410.

Después de la COP1, Estados Unidos recuperó la primera posición como productor mundial de petróleo y gas

Una nube de humo se extiende en este preciso instante por Siberia. Su origen está en los incendios que se han producido en el Círculo Polar Ártico, de una magnitud y virulencia desconocidas hasta el momento. Durante varias semanas, las llamas han arrasado lo que deberían ser los bosques más fríos de la tierra y las columnas de humo han dado lugar a una gigantesca formación de hollín cuya dimensión es equiparable a la de todo el territorio de la Unión Europea. A la vez que esta avanza, grandes franjas del Amazonas arden a una velocidad como nunca antes se había visto para quedar reducidas a cenizas.

Decir que a las clases dirigentes del mundo estas señales les han entrado por un oído y les han salido por el otro sería quedarse corto. Al parecer, han perdido el poco sentido común que alguna vez debieron de tener. No les molesta el olor de los árboles quemados, no les preocupa que desaparezcan las islas, no huyen del rugido de los huracanes que se avecinan, sus dedos no necesitan acariciar los tallos de las cosechas arruinadas, sus bocas no se quedan pastosas y resecas tras un día entero sin beber. Apelar a su razón y buen juicio sería, obviamente, inútil. A la luz de las tres últimas décadas, ha quedado demostrado que la única respuesta que las clases dominantes pueden dar ante la catástrofe es la de acelerarla; por sí solos, siguiendo su propia inercia, solo son capaces de seguir alimentando el fuego, hasta el final.

Nosotros tampoco hemos cambiado. Nos las ingeniamos para vivir a base de soluciones sostenibles. Preparamos comida vegana y celebramos asambleas. Nos manifestamos, hacemos huelgas, representamos teatrillos, entregamos peticiones en los ministerios, nos encadenamos y volvemos a manifestarnos al día siguiente. Somos perfecta e intachablemente pacíficos. Pero hay una desesperación diferente en nuestras voces; ahora hablamos de extinción, de que no hay futuro. Y por lo general todo sigue igual, como antes, como siempre.

¿Cuándo nos atreveremos a pasar al siguiente nivel? ¿Cuándo llegaremos a la conclusión de que es necesario cambiar de estrategia? ¿Cuándo empezaremos a atacar las cosas que consumen nuestro planeta, a destruirlas con nuestras propias manos? ¿Hay, en verdad, motivos que justifiquen haber esperado tanto?

Los daños del huracán María fueron muy graves, incluyendo la destrucción completa de entre el 60% y el 97% de las viviendas

En el verano de 2017, la temperatura en el golfo de México alcanzó niveles sin precedentes. Las aguas superficiales nunca habían estado tan cálidas. Cuando empezaron a formarse los huracanes estacionales y los vientos giraron y se arremolinaron en inmensas espirales, parte de esa energía sobrante les sirvió de combustible para desencadenar una fuerza y unas precipitaciones de un enorme poder destructivo. El 18 de septiembre, el octavo huracán de la temporada, al que le habían dado el nombre de María, pasó de categoría 1 a categoría 5, repentina, explosivamente, adoptando la forma de una monstruosa hoja de sierra, tal y como aparecía en las imágenes de los satélites. Cruzó la isla de Dominica, en el mar Caribe, a toda velocidad, destruyéndolo todo a su paso. La selva tropical que cubría las colinas quedó arrasada, los árboles arrancados acabaron en el mar y la isla perdió todo su emblemático verdor en unas pocas horas; los edificios salían volando como chozas de paja. Según las estimaciones, los daños fueron muy graves e incluyeron la destrucción completa de entre el 60% y el 97% de las viviendas. Montañas de escombros se acumulaban a lo largo de la isla: tejados, ladrillos, muebles, cables, cañerías, la infraestructura de la nación al completo. Entre aquellos que perdieron su hogar se encontraba el primer ministro del país, Roosevelt Skerrit, que, cuatro días después de que María arrasara la tierra, subió al estrado de la Asamblea General de Naciones Unidas.

No es habitual ver a un jefe de Estado dirigirse a la asamblea en tal estado de agitación. Skerrit hablaba de sí mismo como si acabara de llegar del frente. «¡En Dominica hoy cavamos tumbas!», exclamó. «Ayer muchos enterramos a nuestros seres queridos y estoy seguro de que mañana, cuando regrese, encontraremos nuevas víctimas. ¡Nuestras casas están destruidas! ¡Nuestros edificios no tienen techo! ¡Todos nuestros cultivos se han arruinado! Donde había vegetación solo queda polvo y barro».

Con los datos científicos en la mano, explicó a los líderes mundiales que las altas temperaturas de los océanos alimentan las tormentas, sobrecargándolas y convirtiéndolas en armas de destrucción masiva. Pero esas temperaturas no eran consecuencia de la acción de los pueblos del Caribe. Dominica era una isla habitada casi exclusivamente por descendientes de esclavos y por los supervivientes de las poblaciones indígenas. La suya era una nación empobrecida, distinta en todo a Nueva York o Londres, cuyas emisiones vinculadas al uso de combustibles fósiles eran tan nimias que ellas solas no habrían dejado rastro alguno en el planeta. «¡La guerra ha llamado a nuestras puertas!», gritó Skerrit, conteniendo a duras penas el dolor. «Sufrimos las secuelas de acciones ajenas. Acciones que ponen en peligro nuestra misma existencia… Y todo para que unos cuantos se enriquezcan lejos de nuestro país». Hizo un llamamiento desesperado a la asamblea. «Hay que pasar a la acción –es decir, reducir las emisiones–, ¡y hay que hacerlo ya!». Sabía a qué clase de personas se estaba dirigiendo. La retórica bélica resultaba apropiada; como un misil teledirigido, el huracán María abandonó Dominica para continuar hacia Puerto Rico, donde se repitieron las escenas de inundaciones y aludes de lodo que arrasaban pueblos y se llevaban por delante numerosas vidas. El Gobierno declaró 64 víctimas oficiales, pero varios equipos de investigación independientes demostraron que se habían producido entre 3.000 y 6.000 muertes.


Este es un fragmento de ‘Cómo dinamitar un oleoducto‘ (Errata Naturae), por Andreas Malm.

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