Ciudades

No me atropelle, señor ciclista

Ninguna de nuestras ciudades está hecha para permitir una movilidad accesible y adecuada a los ciclistas. No obstante, ¿están estos preparados, a su vez, para respetar las reglas de convivencia?

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22
Dic
2021
ciclista
‘Cycle Michael’ (1896), por Henri de Toulouse–Lautrec.

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En pocos años, el ciclista ha pasado de ser ese bicho raro que de cuando en cuando osaba aparecer por las calles de las ciudades –casi pidiendo perdón por las molestias ocasionadas a los vehículos motorizados, legítimos usuarios de la calzada– a reivindicar con fuerza su rol como una especie más dentro de la biodiversidad del tráfico urbano.

El cambio en relación a los vehículos a pedales es radical: estos no solo han incrementado exponencialmente su volumen –en Madrid, en mayo de 2021, se registró una media de 12.766 usos diarios en el sistema de BiciMAD, cuando siete años atrás estos apenas alcanzaban los 122–, sino que también ha cambiado el uso que se hace de ellos. Hasta hace muy poco, la gente solo sacaba la bicicleta con fines relativos al ocio y al deporte; ahora, sin embargo, se la considera un medio de transporte más.

En Madrid, en mayo de 2021, se registró una media de 12.766 usos diarios en el sistema de BiciMAD

La evolución está siendo lenta, pero incesante. Su popularidad aumenta a medida que crece la sensibilidad social por las cuestiones medioambientales, aumentan las soluciones de movilidad compartida o surgen nuevos fenómenos asociados a los cambios en los hábitos de consumo, como los riders que entregan comida a domicilio. Según el Barómetro de la Bicicleta, elaborado por Gesop y la Red de Ciudades por la Bicicleta, el porcentaje de personas que utilizan la bicicleta con alguna frecuencia en España en 2019 fue del 50,7%.

Pero este crecimiento exponencial del parque ciclista ha pillado con el pie cambiado a nuestras ciudades: ni a nivel cultural ni de planificación estaban preparadas para recibir semejante cantidad de bicicletas deambulando a sus anchas por sus calles y avenidas.

Nadie discute las evidentes virtudes de la bicicleta como medio de transporte idóneo: es silenciosa, no contamina y, por si fuera poco, fomenta el ejercicio físico entre sus usuarios. Unos beneficios que, sin embargo, aún no se corresponden con el nivel de infraestructuras existentes para este tipo de transporte. Por mucho que las autoridades locales traten de fomentar el uso de estos vehículos verdes, lo cierto es que Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao están lejos de ser esos paraísos de la movilidad que encarnan las metrópolis como Ámsterdam o Copenhague. ¿La diferencia? En cierto momento de su historia, estas capitales rediseñaron su trazado urbano para dar prioridad a las bicicletas.

Las ciudades, por tanto, no están concebidas para el pedaleo generalizado, pero ¿y los ciclistas? ¿Están ellos, a su vez, preparados para convivir con la ciudad? El hecho de constituir el eslabón más débil de la cadena del implacable tráfico vial invita a pensar que los ciclistas deberían ser el colectivo rodante más prudente y respetuoso con las normas de circulación: en 2018, un total de 58 ciclistas murieron en accidentes de tráfico. No obstante, esto no siempre funciona de una forma exacta.

En 2018, un total de 58 ciclistas murieron en accidentes de tráfico

Muchos conductores de autobuses, coches y motocicletas siguen viendo las bicicletas más como «intrusos» que como «iguales», pero esta creencia, por desgracia, la ayudan a alimentar no pocos ciclistas: muchos de ellos siguen haciendo un uso un tanto egoísta e irresponsable de este medio de transporte, especialmente quienes solo la usan de manera puntual. Podría decirse, incluso, que el hecho de no tener que estar en posesión de un carnet habilitante para poder manejar uno de estos vehículos es a veces interpretado como un eximente para cumplir con las normas de circulación.

Semáforos, stops y pasos de cebras son a menudo ignorados por unos conductores que parecen olvidar que estas señales también les obligan a ellos, y que mirar y pasar despacito frente a una luz roja no es suficiente. Circular por la acera, conducir mientras se usa un teléfono móvil, incorporarse de forma peligrosa a una vía o no señalizar las maniobras al resto de conductores son otras de las infracciones comunes entre los ciclistas.

Mayores medidas de seguridad individual, una progresiva adaptación de las infraestructuras urbanas al nuevo status quo –los carriles bici siguen siendo escasos y limitados– y una mejor educación vial parecen las vías más directas para lograr que estos nuevos inquilinos del asfalto urbano pueden convivir en armonía con los peatones y el resto de vehículos.

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