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Construyendo nuevas formas de vida sostenibles (y asequibles)

En un planeta afectado por la crisis climática, ¿cómo podemos construir un futuro más verde? Tres expertos analizan el papel de las sociedades y sus hábitos de consumo, así como lo que debemos esperar de gobiernos y empresas en el camino para construir un mundo más sostenible.

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Cambio sostenible

Hay un mensaje que parece calar en la conciencia social y ecológica desde hace años: vivimos en un planeta con recursos finitos. Sin embargo, aunque se haya avanzado en la consecución de una vida sostenible, el mundo continúa su acelerado camino guiado por métodos productivos –y de consumo– que no permiten la regeneración natural de los recursos. Ante este escenario, ¿estamos haciendo lo suficiente?

Si bien la reñida partida de ajedrez contra el cambio climático la libran las grandes instituciones, empresas y gobiernos, los ciudadanos podemos influir con nuestras acciones en el rumbo de sus decisiones y del propio sistema. Eloy Sanz, ingeniero químico, investigador en la Universidad Rey Juan Carlos y revisor experto del IPCC; Javier Clemente, divulgador ambiental en Todos Somos Reciclaje y experto en gestión sostenible de residuos; y Nieves Vela, responsable de la División de Energías Renovables del Departamento de Energía en CIEMAT, intercambian ideas en el espacio editorial Demos Vida a Un Hábitat Mejor, de Leroy Merlin, sobre cómo impulsar un nuevo sistema responsable con los límites planetarios que, además, ayude a impulsar tanto la economía doméstica como la nacional.

Mucho más que reciclaje

Sanz: «Nuestro peor hábito climático es que quienes nos gobiernan puedan tomar decisiones contrarias a la transición ecológica y nos dé igual»

La primera acción pasa por la conciencia. Es decir, por pensar en qué lugar nos vemos dentro del entorno que cohabitamos y, sobre todo, cómo lo tratamos. Para Eloy Sanz, «nuestro peor hábito climático es que quienes nos gobiernan puedan tomar decisiones contrarias a la transición ecológica que necesitamos y que ello nos dé igual». Sitúa una doble responsabilidad en el centro: la que tenemos y no debemos eludir, y la que debemos exigir al ente público para que actúe por conseguir una transición ecológica real. La acción ecológica individual incluye acciones como el reciclaje, el intento de evitar los plásticos de un solo uso, el uso de un transporte verde o la reducción de los residuos generados en el hogar, entre otras opciones. Pero este compromiso no debe quedarse en estas actuaciones: hay que motivar un cambio más trascendental y cultural, un giro a la altura de la transición ecológica que necesita el planeta.

En este impulso, el ciudadano no puede actuar solo. Al menos, así lo defiende Javier Clemente: «Un ciudadano concienciado puede separar lo mejor posible, pero si luego no tiene medios para deshacerse correctamente de esos residuos o no se gestionan bien, la cadena no va a funcionar». La lucha contra el cambio climático, por tanto, implica una acción organizada de la ciudadanía, pero esta debe estar sostenida por la Administración en un marco de economía circular. Un aspecto de especial relevancia para Sanz, ya que «el efecto que va a tener la separación de residuos en casa no tiene comparación con el efecto de una nueva Ley de Residuos dirigida a la producción o el reciclaje mismo».

Un hogar eficiente es un hogar sostenible (y barato)

Para que la ciudadanía actúe desde su hogar tiene que reflexionar antes sobre cómo es su vivienda, cómo consume y cómo podría ser más eficiente a nivel energético. Este es un análisis imprescindible en el que, según Nieves Vela, los ciudadanos deben ser conscientes de su rol, pues los ciudadanos, gracias al autoconsumo, ya no solo consumen energía, «sino que también pueden producirla; es decir, que se convierten en prosumidores». Una tendencia que crece gracias a sus grandes beneficios económicos, ya que, como asevera Sanz, el autoconsumo con paneles fotovoltaicos «es la opción más rentable de generación eléctrica». Pero hablar de eficiencia energética implica necesariamente centrarse en el estado de la edificación. Y para Vela, en España aún queda mucho camino por recorrer: «Se estima que los edificios contribuyen en un 40% a la emisión de gases y en un 30% al consumo de energía, una cifra inversa a la de Europa. Esto es porque están muy envejecidos», apunta.

Vela: «Los edificios en España contribuyen en un 40% a la emisión de gases y en un 30% al consumo de energía, una cifra inversa a la de Europa»

En este cambio, la fórmula de la descarbonización pasa por la interrelación entre energías renovables y la edificación sostenible. Todos los edificios tienen sus consumos, y la clave, según explica Vela, está en incorporar «nuevos materiales técnicos que mejoren la eficiencia energética», mejorar las opciones de climatización convencionales y «llegar a tener edificios de consumo casi nulo, lo que pasará por ‘hibridar’: combinar energía fotovoltaica con geotermia o, por ejemplo, con paneles solares térmicos. La idea de eficiencia es el objetivo, y las tecnologías son el medio», aclara. Sobre este tablero, ¿qué postura puede adoptar el ciudadano?  Además de la incorporación del reciclado y la gestión de residuos, puede optar por electrodomésticos de calificación energética A+, formas de iluminación más eficientes y, sobre todo, creer en las ventajas de las nuevas tecnologías, no solamente desde el punto de vista ecológico, sino también desde su propia rentabilidad. Clemente asegura que esta visión es un paso importante para que el engranaje comience a funcionar. «Para quien no tenga la fe de hacerlo por el bien del planeta, puede pensar directamente en hacerlo por el bien de su economía doméstica, porque supone un ahorro de dinero además de una protección para el medioambiente», destaca. La combinación de ecologismo y pragmatismo se convierte, así, en una de las claves de la transición energética.

Un horizonte descarbonizado

Clemente: «Para quien no tenga la fe de hacerlo por el bien del planeta, puede pensar directamente en hacerlo por el bien de su economía doméstica»

La pandemia ha sido un punto de inflexión a nivel mundial que ha mostrado las carencias de nuestros sistemas productivos y las consecuencias de nuestros métodos de consumo. Clemente lo llama «una cura de humildad» porque nos ha demostrado nuestra fragilidad frente a la naturaleza. Sin embargo, también nos ha recordado los beneficios ecológicos de otras alternativas, entre ellas, el valor de lo local y lo rural. La contemplación y el desarrollo de la economía local, al igual que ha sido una solución a la crisis sanitaria, también puede serlo para la crisis climática. Sanz asegura que «el éxito de la transición energética, sustituir fuentes fósiles por energías renovables, va a depender de que se pueda vender e implementar bien en las zonas rurales». El químico apuesta por explicar los beneficios de las energías renovables para estas comunidades rurales, «instalar macroplantas fotovoltaicas y eólicas en zonas en las que hagan un menor daño a la biodiversidad» y desplegar su tecnología en zonas despobladas para fomentar también el empleo entre su población.

Además, ante el reciente desabastecimiento de materias primas esenciales en todo el mundo, incluida Europa, es importante plantear fórmulas sostenibles para lograr mayor independencia en caso de fallos en el sistema. Desde el campo de los residuos, según explica Clemente, es importante potenciar la industria del reciclado apostando por un cambio global hacia la circularidad donde estén implicadas las administraciones y empresas, un sistema en el que «los residuos se aprovechen como recursos en una economía circular que mantenga el valor de los materiales en uso tanto tiempo como sea posible». Una transformación que necesita un compromiso por «invertir en I+D+i, nuevos materiales y la búsqueda de nuevos modelos de negocio más eficientes», añade el divulgador.

La cuestión climática no es una tarea sencilla, pero tampoco es imposible: construir un mundo mejor requiere de un esfuerzo que hoy sigue al alcance del ciudadano. Este, junto a las acciones individuales, también debe exigir a sus gobiernos determinadas políticas verdes que aseguren un futuro más sostenible. En este camino, las sociedades deben ser inteligentes, pensar en el futuro y guiarse con la brújula verde en la mano para construir nuevas formas de vida más sostenibles y asequibles.


Puede acceder al vídeo con las principales conclusiones del diálogo publicado en el espacio Demos Vida a un Hábitat mejor en este enlace.

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