Sociedad

La era de la fragilidad

Frente a la ideología Silicon Valley, el virus nos coloca en la era de la falta de certezas y el miedo. Asumir que somos frágiles puede salvarnos de situaciones similares en el futuro.

Ilustración

Alessia Calabró
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28
Ene
2021
fragilidad

Ilustración

Alessia Calabró

«Los europeos –que tal vez fueran por detrás en tecnología pero que, a la hora de la teoría, llevaban ventaja– estaban a la ofensiva y nos echaban en cara a los americanos nuestra ideología californiana, un cóctel de optimismo ingenuo, tecnoutopía y esa política neolibertaria que popularizara la revista Wired. En medio de aquel debate super popularizado, la voz expatriada de Manovich, que poseía experiencia vivida resultaba de lo más refrescante. Su trayectoria le había llevado del mundo surreal de la Rusia de Leonidas Breznev al universo hiperreal de la California de Walt Disney. Manovich ve el mundo con los ojos de lo que él llama un sujeto poscomunista, aunque también podríamos decir, siendo igualmente precisos, que lleva puestas un par de gafas del nuevo mundo». Las palabras que el artista estadounidense Mark Tribe recoge en el prefacio de El lenguaje de los nuevos medios de comunicación de Lev Manovich es una crítica, en toda regla, a la visión del humano como un ser eterno que la ideología Silicon Valley ha ido asentando durante décadas en la memoria colectiva del mundo. Liberalismo económico y utopismo tecnológico nos situaron frente a un reflejo de poder, de independencia frente al Estado, de invencibilidad. ¿De qué depende poder elegir entre fragilidad y fortaleza? 

El coronavirus quizá nos lo haya demostrado con el ejemplo más didáctico posible cuando, de un día para otro, la ciencia se ha encontrado con una pandemia sin precedentes y con muy pocas certezas. La emergencia sanitaria ha hecho aflorar con toda su crudeza los crecientes desperfectos y las costuras de un sistema económico y social basado en la desigualdad. Basta con analizar los datos del análisis sobre distintas dimensiones de fragilidad que realiza la OECD en base al bienestar económico, político, social, de medio ambiente y de seguridad de los países en vías de desarrollo: más del 70% tienen problemas severos en su economía y prácticamente el total afrontan situaciones de gravedad –alta corrupción, justicia parcial, inestabilidad política– en la calidad de su sociedad. Los estados desiguales siempre han visto la fragilidad en el horizonte, en gran parte generada por los países económicamente favorables, donde ahora la crisis sanitaria ha demostrado que Silicon Valley habla solo desde su experiencia, nada comparable al resto del mundo.

En una entrevista para Ethic, el filósofo Javier Gomá hace alusión a esta significación desproporcionada de la fragilidad. «Siempre habíamos sabido que la persona individual, hombre o mujer, está expuesta a peligros que pueden hacerla desaparecer en un soplo. Como dicen los dioses griegos, somos hojas caídas de un árbol en otoño que arrastra cualquier viento y desaparecen. Lo nuevo reside, tras la pandemia, en la fragilidad, que se ha hecho desnuda, de la humanidad en su conjunto», apunta. Y añade: «El hombre es precario, pero la especie humana, se decía, estaba destinada a la eternidad, a la realización del superhombre. Se nos prometía dar un salto en la evolución y convertirnos, si no en dioses, sí en semidioses. Ahora, en cambio, vemos a la humanidad como una especie en peligro de extinción, una especie protegida».

El miedo al virus favorece al autoritarismo 

En España, como en cualquier otro país desarrollado, siempre nos hemos visto con cierto derecho a tener poder sobre nuestras decisiones y disfrutar de una libertad que, aunque nunca ha sido completamente independiente de la mano del Estado, sí que ha respondido a la razón. La pandemia, sin embargo, ha obligado a los Gobiernos a tomar medidas muy restrictivas de los derechos de los ciudadanos: confinamientos, toques de queda o periodos específicos para disfrutar del ocio son limitaciones que han necesitado de la colaboración colectiva de la ciudadanía, cuya obediencia no ha dejado de aplaudirse desde las instituciones. Aunque en esto hay que tener cuidado ya que, si bien han sido medidas necesarias para intentar frenar el pico de contagios, su cumplimiento voluntario se ha basado en el convencimiento y la voluntad… y esa es un arma de doble filo.

«Otro recurso, mucho peor, que hoy vemos muy extendido, es empujar a la ciudadanía a ese cumplimiento no por el convencimiento, sino por el temor, la alarma, la angustia, la amenaza, el miedo. En Madrid han sonado sirenas sin parar, no sé si de manera deliberada, pero que crean a los ciudadanos una sensación abrumadora de peligro y pánico y, ante esta situación, prefieren quedarse en casa. Hay un riesgo real de que la pandemia despierte un gusto por una democracia sin libertad, oscura forma de solapado despotismo. Nos dicen: ‘Yo soluciono el problema, tú limítate a obedecer’. Y, por miedo, aceptamos el trato injusto», explica el propio Gomá en la entrevista.

Amnistía Internacional denuncia que más de 60 países han cometido abusos contra los derechos humanos con el pretexto de la pandemia

Numerosos expertos en derechos humanos han criticado ya las actuaciones de algunos países frente a la pandemia, calificando de antidemocráticas algunas de las medidas. En la India, el Gobierno del primer ministro Narendra Modi dictó una cuarentena de 21 días con solo cuatro horas de preaviso, dejando sin tiempo de reacción y sin ingresos a millones de personas con escasos recursos económicos que se desplazaban a diario a trabajar a pueblos lejanos. En Israel, al igual que en otros países –incluido España–, las autoridades han comenzado a usar datos de teléfonos para rastrear los movimientos de los ciudadanos. Una decisión que, si bien puede servir para dibujar próximas estrategias de limitación de movimiento, borra el límite del derecho a la privacidad.

Por otro lado, la ya difusa línea entre derechos humanos y bienestar colectivo ha desaparecido casi por completo en algunos países. A finales de 2020, Amnistía Internacional documentó en su informe COVID-19 Crackdowns: Police Abuse and The Global Pandemic, casos de 60 países en los que las instituciones responsables de cumplir la ley cometieron abusos contra los derechos humanos con el pretexto de hacer frente al coronavirus. En Irán, por ejemplo, las fuerzas de seguridad utilizaron munición real para reprimir protestas contra la falta de protección frente al COVID en prisiones, matando e hiriendo a varias personas. En Kenia, tan solo cinco días después del toque de queda, al menos 7 personas murieron y 16 fueron hospitalizadas como consecuencia de actuaciones policiales. En su extenso informe, la organización también destaca numerosas ocasiones en las que se detectó abuso de poder justificado falsamente con el pretexto de la salud pública, además de reclusiones arbitrarias, discriminación contra colectivos y restricciones en el derecho de reunión pacífica.

El derecho a la fragilidad

Al ser la del coronavirus una crisis sin precedentes que ha afectado a todos los pilares de nuestro sistema, decenas de campos han dedicado sus recursos a intentar vaticinar los posibles efectos secundarios que nos esperan en el futuro. Más concretamente, algunos expertos del campo de la psicología social se han dedicado a analizar de qué forma las disparidades creadas por el coronavirus pueden poner en peligro nuestro bienestar democrático. En una de sus publicaciones más recientes, Rosa Rodríguez Bailón, catedrática en psicología de la Universidad de Granada, analiza el proceso psicosocial que, motivado por el coronavirus, puede llegar a disminuir la cohesión social, la confianza entre los miembros de una misma sociedad o la importancia otorgada a los derechos de algunos colectivos, como los inmigrantes, impactando en indicadores de cohesión importantes como las actitudes democráticas, el apoyo a partidos de extrema derecha, la confianza en las instituciones o la participación política.

«En primer lugar, la desigualdad económica hace que la posición social, el estatus, la clase social o la riqueza se convierta en una de las categorías sociales más importantes a través de la cual se estima la valía de las personas; un proceso que viene acompañado por una mayor legitimación de las diferencias entre los más y menos privilegiados en sociedades más dispares económicamente», indica en su ensayo. Esta legitimación puede tomar forma a través de estereotipos de clase y creencias meritocráticas que, advierte Rodríguez, «puede llevar al extremo de la deshumanización de personas con nivel socioeconómico más bajo y, a la postre, a actitudes contrarias a políticas sociales que les favorecen». Algunas investigaciones ya han mostrado que la disparidad de recursos se relaciona con la independencia y, en esta línea, «se infiere que el comportamiento de las personas sigue normas de independencia regidas por intereses individuales más que colectivos, haciendo las relaciones entre las personas más competitivas».

¿Habría que dar más espacio al hecho de aceptar que el ser humano, como cualquier especie, es vulnerable, contrariando a la ideología californiana? El derecho a ser frágiles puede llevarnos a plantear la reconstrucción del sistema económico y social postcoronavirus de una forma más justa e igualitaria para todas las sociedades, como bien indican los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La ética de la vulnerabilidad, como la describe el Catedrático de Filosofía en la Universidad de Murcia, Emilio Martínez, es la herramienta perfecta para que esta crisis pandémica nos haga más conscientes de que los seres vivos somos interdependientes. «La experiencia de la pandemia ha mostrado que no sería inteligente regresar a los mismos hábitos y estructuras previas al desastre: nuestro sistema de vida, basado en la movilidad acelerada de dinero, mercancías y personas es un sistema tan vulnerable como cualquier otro, porque si las personas enferman en masa, todo se desmorona y corremos el riesgo de extinción», escribe.

De esta forma, el experto propone seis recomendaciones de cara a construir la igualdad: no fomentar el odio a otras personas mediante bulos, hacer uso racional de los recursos disponibles, ayudar a los demás en la medida que esté en nuestras manos, comprometernos con la denuncia de abusos e injusticias, acometer, en la medida de lo posible, los ODS y «descubrir que todos podemos aportar algo, que todos somos valiosos para el bien común». En resumidas cuentas, reconocer nuestra fragilidad y actuar de acuerdo con ella.

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