Opinión

La locura de la inmortalidad

Jean-Pierre Barou recupera a través de ‘La guerra de España: reconciliar a los vivos y los muertos’ (Arpa) a cuatro grandes intelectuales del siglo XX como Thomas Mann, Albert Camus, Georges Bernanos y André Gide para observar la Guerra Civil desde una nueva perspectiva y ensalzar la capacidad de la literatura para trascender hechos históricos.

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10
May
2021
guerra civil
Restos del bombardeo de Guernica (1937)

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Tenía quince años cuando mi compañero de clase, Xavier Landaburu, un vasco exiliado en Francia con su familia, me hizo entrega de un libro: «Léelo y lo entenderás todo». Se trataba de un libro sobre la tragedia de Guernica. No lo entendí en su totalidad, o no lo suficiente como para comprender por qué, como explica su autor, un sacerdote catalán, católicos, anarquistas y marxistas, a pesar de sus marcadas diferencias ideológicas, pudieron unirse para combatir al franquismo en el País Vasco. Aunque me quedé con esta frase: «Nosotros somos el pueblo». Tuvo que transcurrir medio siglo para que volviese a abrir aquel libro. Fue en Madrid, en 2011, mientras acompañaba en calidad de editor –junto a Sylvie Crossman– a Stéphane Hessel en la promoción de su libro ¡Indignaos!.

El director de un importante programa de radio de la capital se dirigió a Hessel en directo: «¡Hacía décadas que esperábamos que llegase un mensaje como este desde Francia!». El texto, sin embargo, no dice una sola palabra sobre España, ni Hessel habla en él de ninguna guerra: sencillamente invita a una «insurrección pacífica de las conciencias». Fue entonces cuando lo entendí: esa unión entre contrarios en el País Vasco descansaba sobre una unidad de las conciencias. El inusitado impacto de ¡Indignaos! en España es prueba de ello. Tanto es así que cabría formularse la siguiente pregunta: ¿puede una guerra esconder otra en su seno? Y en caso afirmativo, ¿cuál es esa guerra oculta?

«Se trata de descubrir que las ideologías deshicieron y se llevaron por delante la unidad espiritual de España»

En 1933, el gran Gregorio Marañón, médico madrileño que recibió en Francia la Legión de Honor a título «militar» por haberse personado como médico voluntario en el lado francés del frente durante la Primera Guerra Mundial, exclama con ardor en vísperas de la Guerra Civil: «¡Leed a Lope de Vega, leed Fuenteovejuna!», como queriendo advertir a España de un riesgo que solo él parecía haber diagnosticado. Los conflictos que empiezan a producirse entonces en Andalucía (Casas Viejas), en Extremadura (Castilblanco) y en La Rioja (Arnedo) revelan que las mujeres son sus principales instigadoras. Su determinación choca incluso con el Gobierno republicano de Madrid, en el poder desde 1931, fecha en que se instaura la Segunda República. Marañón ve en ellas a las rebeldes que Lope de Vega llevó a escena en 1619, las mismas que defenestraron en 1476 a un grande de España, comendador mayor de la Orden de Calatrava, Fernán Gómez de Guzmán, por tener la costumbre de violar a las mujeres que le placían en la ciudad que gobernaba: Fuente Obejuna.

En la obra, la protagonista exhorta a sus hermanas de combate: «Que puestas todas en orden / acometamos un hecho / que dé espanto a todo el orbe». Lorca adapta la obra de Lope en 1933 y muestra hasta qué punto Marañón está en lo cierto, cuánto tenían en común las rebeldes de los días que precedieron a la Guerra Civil y las de aquella otra época. Son partes de una misma continuidad. La violación de entonces es ahora la esperanza de vida de los pueblos de España, la más baja de Europa: ¡poco más de cincuenta años! El poeta Antonio Machado nos lo recuerda en estas pocas palabras: «Porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español».

¡He aquí esa otra guerra! La que se llevó a cabo contra las conciencias que escapan al control de las ideologías. Esta vez será en Yerma, la nueva obra de Lorca representada en diciembre de 1934 en Madrid, donde el dramaturgo hace decir al personaje de la Vieja Pagana: «Aunque debía haber Dios, aunque fuera pequeñito, para que mandara rayos contra los hombres de simiente podrida que encharcan la alegría de los campos». ¿A qué simiente se refiere? A la simiente de los hombres, la simiente podrida de las ideologías alentada por el machismo que Yerma denuncia.

En 1936, el alemán Thomas Mann, premio Nobel de Literatura, escribe desde su exilio en Zúrich seis breves páginas mecanografiadas que llevan por título España. Un texto sorprendente por tratarse de un gran burgués alemán que nunca estuvo en España ni leyó El Quijote hasta que no se embarcó en el navío que lo llevaría a su exilio estadounidense. Para Mann, esta guerra va contra «las reivindicaciones de la conciencia». Lo afirma escandalizado ante el hundimiento moral del pueblo alemán, que se adhiere al nazismo, frente al pueblo español, que le planta cara en nombre de todos. Mann añade una terrible aseveración: «Se trata del escándalo más inmundo de la historia humana».

«¿Asesinar a Lorca supone acabar con solo un hombre? No. Significa atacar al centinela que una a España desde la noche de los tiempos»

André Gide acude a visitarlo y regresa con el texto y la intención de publicarlo en Gallimard, lo que ocurrirá en 1937, junto con otros textos breves del autor alemán contra el nazismo. De modo que Gide, el inmoral, comparte su modo de pensar. Pero también Bernanos, el católico, para quien esta guerra es «el preludio de la tragedia universal. La desaparición del hombre de buena voluntad», como explica en Los grandes cementerios bajo la luna; y Albert Camus, el libertario, que escribirá en el periódico Combat en 1948: «Las primeras armas de la guerra totalitaria se mancharon con sangre española». Los tres van, pues, en la misma dirección: la guerra española es una guerra contra el espíritu, contra la conciencia.

De ahí que volver sobre ella no signifique reabrir heridas. Se trata de descubrir que las ideologías deshicieron y se llevaron por delante la unidad moral y espiritual que conforma España desde la noche de los tiempos. Cuando las tropas franquistas desembarcaron provenientes de Marruecos, en julio de 1936, se ensañaron con las mujeres; en Andalucía sirvieron de escudo humano mientras la Legión avanzaba, cuchillo en mano, por los barrios obreros de Sevilla. La mano anciana de una mujer andaluza señalará la ubicación de una fosa común de mujeres desnudas. El asesinato de Lorca no fue solo un crimen político. ¿Qué hacía en el pelotón de fusilamiento un pariente político suyo? A quien se quiso matar fue al homosexual, al amigo de los gitanos, de las mujeres, al defensor de la liberación del deseo, de la cultura andalusí.

Se trata de un crimen contra la humanidad en la medida en que no es el número lo que lo caracteriza, sino la intención. Hiroshima es un crimen de guerra; la Shoá (Holocausto), un crimen contra la humanidad cuya intención era acabar con todos los individuos que constituyen el pueblo judío. ¿Asesinar a Lorca supone acabar solo con un hombre? No. Significa atacar al centinela de una continuidad espiritual que une a España desde la noche de los tiempos y querer interrumpirla. Un drama que nos concierne a todos.

Sí, identificar estas heridas es dar con una continuidad martirizada, como señalan todos los grandes de la literatura, de García Lorca a Mann. Ellos marcan el camino. Seguirlo no solo implica sanar a tus vivos y a tus muertos; quizá sea, querida España, la manera de sanarnos a todos, de ser cierto lo que escribió Camus, fiel a su sangre (su madre era menorquina): tú has inventado la «locura de la inmortalidad».


Este es un fragmento de ‘La guerra de España: reconciliar a los vivos y los muertos’ (Arpa), por Jean-Pierre Barou.

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