ENTREVISTAS

«Los nacionalismos siempre tratan de escribir su propia historia»

Joaquín Almunia, una de las figuras de la política española que más ha demostrado su vocación europeísta, analiza el rebrote de los nacionalismos.

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Cristina Crespo
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14
Dic
2017

En los últimos años, la Unión Europa ha dejado al descubierto sus desperfectos. A la descoordinación de las políticas económicas, el drama de los refugiados o la amenaza del terrorismo, se suma el rebrote sibilino de unos nacionalismos que recuerdan a un mal sueño, el del siglo XX. Joaquín Almunia (Bilbao, 1948), miembro del partido socialista y una de las figuras de la política española que más ha demostrado su vocación europeísta –ha sido vicepresidente europeo entre los años 2010 y 2014 y comisario desde 2004–, analiza los escenarios adonde nos dirigimos en esta entrevista que concede a Ethic.

«La DUI ha sido un salto al vacío, una irresponsabilidad total»

¿Qué supone para Europa, y para el mundo, el rebrote o la radicalización de los nacionalismos? ¿Cuál es su origen?

Los nacionalismos están vivos. Muchos ejemplos demuestran que hay mucha gente en diferentes lugares del mundo que busca en el refuerzo de su identidad y su protección una especie de refugio. Son personas que tienen miedo a la apertura de fronteras, a los movimientos de población, a la globalización. Tienen miedo a ser ciudadanos de un mundo que no acaban de entender. Y eso se manifiesta en los nacionalismos de diferentes formas, ya que no todos son iguales: hay nacionalismos que utilizan los cauces democráticos para intentar proteger su lengua, su cultura, para ser fieles a su historia. Pero, los nacionalismos, de uno u otro signo, siempre tratan de escribir la historia a su manera. En España, tenemos nacionalismos desde el siglo XIX, que es cuando se ponen de moda, sobre todo en el País Vasco y en Cataluña, que han constituido movimientos muy diferentes. El nacionalismo catalán ha hecho gala durante muchas décadas de ser un nacionalismo más moderno. No es un nacionalismo étnico, sino cultural, basado en su lengua y en sus tradiciones. Están muy orgullosos de su historia, pero tienen una visión abierta al mundo. El nacionalismo vasco, que ha pasado por épocas en las que tenía una rama violenta, atraviesa ahora una época de calma. El partido nacionalista vasco está jugando un papel moderador en el conjunto de la política española, ya que Urkullu ha estado mediando con Puigdemont, intentando evitar la catástrofe en Cataluña. En cambio, el nacionalismo catalán se ha radicalizado en los últimos años hasta llegar a una situación que hasta hace poco nos hubiera parecido incomprensible. El nacionalismo de Pujol ahora ha dado un salto y se ha salido de los cauces democráticos y constitucionales, de una Constitución que ellos apoyaron y votaron. Espero que esta época dure poco. En términos históricos, hay ciclos, y por ello espero que también acabe en Cataluña el ciclo de radicalización, de ruptura de las reglas del juego, de confrontación con el conjunto de España. Ahora hay algunos síntomas de que las mentes más inteligentes de ese nacionalismo radicalizado se dan cuenta de que fueron demasiado lejos y de que han cometido muchos errores.

¿Qué significa que un nacionalismo dure poco?

En términos históricos, durar poco es que la generación de líderes políticos que han estado a la cabeza de un movimiento que ha llevado a la gente a salirse de los cauces democráticos se haga a un lado. Que esa generación se retire y surjan nuevos líderes de esa corriente, que seguirá existiendo. No es una corriente mayoritaria en su independentismo, pero sí en su catalanismo y en su voluntad de preservar la lengua y la cultura, dando paso a una generación razonable, como lo era hasta hace poco tiempo.

Muchos de los nuevos partidos nacionalistas que han recibido en sus bancadas los parlamentos de diferentes países europeos abogan por el proteccionismo y el aislacionismo. El independentismo catalán tiene una peculiaridad: dentro de su heterogeneidad, hay un sector europeísta. ¿Cómo explicarías este fenómeno?

Bueno, hay que aclarar que, recientemente, Puigdemont hizo unas declaraciones desde Bélgica en las que ocupaba posiciones euroescépticas radicales, de desprecio y rechazo a la Unión Europea. Pero es cierto que los nacionalismos en España han sido proeuropeos, a diferencia de otros que han recelado de la idea europea y han tratado de protegerse en sus naciones o en lo que ellos consideran sus naciones. Tanto los vascos como los catalanes, a pesar de esas diferencias, han sido proeuropeos. Igual que lo han sido todos los partidos de la oposición democrática al franquismo, así como todos los partidos que, ya en el inicio de la Transición, apoyaron la Constitución y el desarrollo del Estado de las Autonomías. En España, hasta hace muy poco, eso se había hecho compatible con apoyar una mayor descentralización política. En el independentismo catalán, había una creencia de que la UE iba a recibir con los brazos abiertos a una Cataluña independiente. Confiaban en que iba a poder participar en el proyecto común europeo, pero se les ha roto el espejo en el que creían estar viendo el paraíso, ya que todos los países miembros de la UE están en contra de la división territorial no decidida democráticamente. Hace años, se produjo una división absolutamente pactada en Checoslovaquia y, como fue una situación pacífica, fue reconocida por todo el mundo. Hubo muchos Estados europeos que, cuando la vieja Yugoslavia se estaba desmembrando tras la muerte de Tito, apoyaron que algunos de los países que la conformaban mirasen hacia Europa. Hoy forman parte de Europa Eslovenia y Croacia, dos de las repúblicas de la antigua Yugoslavia. En el caso incluso del brexit, el referéndum pactado dentro de los marcos legales británicos con Escocia fue aceptado, sin gran alegría, pero fue aceptado conforme al esquema constitucional. Pero nadie en Europa puede entender el caso de Cataluña, que ha tratado de forzar los cauces constitucionales hasta romperlos, abandonar el respeto al estado de derecho, al imperio de la ley. Al caerse de esa ilusión, de ese espejismo, hay una parte de los independentistas que rechaza la UE. Yo espero que las aguas vuelvan a su cauce en Cataluña. Los catalanes, a lo largo de su historia, se han caracterizado por tener sentido común. Éramos los vascos quienes teníamos fama de brutos, mientras que los catalanes tenían fama de gente razonable y sensata. Ese seny ha estallado; la rauxa, la rabia, ha predominado sobre el sentido común. Yo espero que vuelva. Ojalá.

¿Qué crees que ocurrirá el 21D?

Respecto a los resultados, no lo sé. Hay encuestas que afirman que más o menos se van a repetir los resultados anteriores. Otras dicen que es muy difícil predecirlo porque hay mucha gente indecisa y muchas dudas en el electorado. Lo que sí espero es que, gane quien gane y sea cual sea la composición del Parlament, no haya nadie que quiera volver a recorrer el camino que ha llevado a este desastre. Sea cual sea el partido que gobierne, espero que los que han estado defendiendo la ruptura de los cauces hayan aprendido la lección y, aun manteniendo sus mismos objetivos, sepan que solo se pueden defender las ideas respetando las reglas del juego, en diálogo y negociación con quienes no piensan como ellos. Sin ley y sin respeto a las minorías no hay democracia posible.

Si analizamos los escenarios en distintas latitudes –el ‘American first’ de Trump, el antieuropeísmo del brexit, patrocinado por tipos como Farage, el racismo de Marine Le Pen, el deseo independentista en Cataluña– comprobamos que todos ellos cuentan con un respaldo social, esto es, con votos que a veces se traducen en una mayoría democrática, y que la ciudadanía está dispuesta a optar por opciones (brexit, DUI) cuyo coste social y económico desconoce. Asumen esos riesgos con tal de cambiar el statu quo.

No todos los ciudadanos piensan lo mismo. En Estados Unidos, gobierna Trump, una desgracia para el país y para el mundo. Pero hay que recordar que Trump es presidente por el peculiar sistema electoral que existe en Estados Unidos. La mitad más uno de los americanos no le ha votado y está deseando que desparezca y que Estados Unidos juegue otro papel. Por otro lado, no quiero comparar la situación catalana con el brexit por varias razones. Primero, porque el referéndum del brexit lo convoca el Gobierno británico, aunque la campaña es un ejemplo de lo que no se debe hacer en política. Los partidarios mentían conscientemente, sabían que estaban engañando y utilizaron argumentos muy peligrosos -el miedo, el rechazo al de fuera o la negativa a acoger inmigrantes-, que generan bajas pasiones, tensión y enfrentamientos entre los ciudadanos. Hay que ser bastante más responsable. Si quieres salir de la UE, hay que explicar mejor las razones y las consecuencias. Quienes no eran partidarios del brexit equivocaron la campaña, ya que en vez de explicar las ventajas que había tenido Reino Unido en la UE, la orientaron a generar miedo sobre las consecuencias de la salida. Los ciudadanos no ven esas consecuencias inmediatas; como vemos, no se ha producido un cataclismo, porque no se produce de la noche a la mañana. Con todo, el brexit se alcanzó en el marco de las normas. En Cataluña, la DUI es una imposición en contra del marco constitucional y en contra del marco jurídico, de una minoría en el parlamento. Ha sido un salto al vacío y lo reconocen los mismos que la propusieron, ya que ni se atreven a decir que era una declaración de independencia auténtica. Dicen que era un símbolo, un razonamiento político. Es una irresponsabilidad total, una hipocresía, y no merecen recibir el respaldo de los ciudadanos. El «España nos roba» es un mensaje falaz. España no roba nada. Hay un sistema de impuestos donde los más ricos pagan más. Muy poca gente se atrevería a decir que eso es injusto. Como los ciudadanos catalanes, de media, tienen un nivel de renta superior a la española, los impuestos progresivos, directos, son superiores. Se puede entrar a discutir si el canal de solidaridad financiera, las transferencias de recursos obtenidos en Cataluña que se transfieren a otras zonas de España, es excesivo o hay que moderarlo. Se puede discutir en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, o en la Conferencia de Presidentes de Comunidades Autónomas, a donde, sorprendentemente, el Gobierno de Puigdemont no asistía.

«Pablo Iglesias y su radicalismo hiperideologizado se están cargando Podemos»

¿Qué te parece la actuación del Gobierno de Mariano Rajoy? ¿Y las decisiones judiciales: encarcelamientos de los Jordis y de la cúpula del Gobierno?

A principios de septiembre, cuando se aprobaron las dos leyes adoptadas a través de una tramitación impresentable en el Parlament de Cataluña, sin otorgar derechos a la oposición, el Gobierno no tenía más remedio que reaccionar. Desde mi punto de vista, reaccionó tarde con el 155. Ya había razones más que suficientes para aplicarlo. Al haber actuado tarde, el Gobierno llegó en mala posición al 1 de octubre: intentaba convencer a la opinión pública de que no iba a haber referéndum, cuando era obvio que no tenía capacidad para pararlo. Deberían haber dicho que no era legal, que no tendría ninguna consecuencia. La mañana del 1 de octubre se cometió un enorme error mandando a la policía, dando porrazos en las puertas, empujando a la gente… Hubo heridos. A partir de ahí, la situación se tornó muy grave, enormemente difícil. Resultaba obvio que íbamos hacia una declaración unilateral de independencia. Por ello, el Gobierno no tuvo más remedio que aplicar el 155. Lo que sí hizo bien fue convocar elecciones, ya que el escenario de un 155 sin elecciones iba a generar tensiones, una dualidad de poder e, incluso, enfrentamientos entre departamentos de la Administración Pública. Las elecciones han roto ese escenario de pesadilla y han puesto a todo el mundo mirando a las urnas, esta vez legales, del 21 de diciembre. Las elecciones en democracia son como una especie de bálsamo. Ahora, sean cuales sean sus ideas, todos van a tener los mismos derechos para votar.

¿Crees que el PSC tiene opciones de ser la primera fuerza de la oposición? ¿Qué opinas de la campaña de Iceta?

Yo he apoyado a Iceta, he firmado un manifiesto y le conozco desde hace muchos años. Es una persona extraordinariamente inteligente, un político que se sabe desenvolver en situaciones difíciles, no pierde los nervios, mantiene los pies en el suelo. Es una personalidad política muy conveniente para el momento actual de Cataluña. Es muy difícil hacer predicciones sobre quién va a ganar, pero sea cual sea el resultado, estoy convencido de que el PSC va a jugar un papel clave en lo que pase después. Porque apuesta en serio por el diálogo, por la política, por intentar comprender las razones de quienes no piensan igual, sabiendo que hay límites que no se pueden traspasar. Yo creo que Iceta va a jugar un papel muy importante, no sé si en la mayoría o en la minoría, en el Gobierno o en la oposición. Ha demostrado que tiene unas cualidades políticas muy superiores a las de otros muchos que han intervenido en el escenario político catalán. Tiene sus propias ideas, pero eso no le impide dialogar, resolver problemas y acercar posturas, lo que es fundamental en la política democrática.

¿Qué valoración haces de Podemos y de su líder, Pablo Iglesias? ¿Y de Ciudadanos y Albert Rivera?

Son dos partidos que han surgido casi de la nada en el espectro político, en base a demandas que estaban en la sociedad española y que se han exacerbado por la crisis. Representan a una generación de españoles que han nacido en democracia, que no han conocido otro sistema político, que consideran que la democracia debe seguir una evolución siempre a mejor y no tienen miedo a criticar el sistema. Es una parte importante de la sociedad española, más joven y moderna que la media. Según la socióloga Belén Barreiro, hay una división tradicional entre gente más y menos progresista, más y menos acomodada y gente que ha sufrido poco o mucho durante la crisis. Esa dicotomía existe. Pero hay otra fractura en la sociedad española entre los digitales y los analógicos: quienes viven en internet, en las redes sociales, donde hay información abundante, y quienes son analógicos porque no tienen acceso, por cultura o edad. Ella dice que la sociedad española se divide en cuatro grupos: los analógicos que viven bien, los analógicos empobrecidos, los digitales que viven bien y los digitales empobrecidos. De los digitales que viven bien, el partido más representativo es Ciudadanos. Es un partido joven, con gente con un nivel de formación y experiencia profesional que les sitúa en las partes medias-altas de la sociedad, un partido liberal, demócrata y que ha sido capaz de pactar en las dos direcciones. Hizo un pacto con Pedro Sánchez que no salió, y luego ha pactado con el PP, aunque el PP no pacta con él. Me parece bien que exista esa fuerza política, aunque no estoy de acuerdo con Albert Rivera en muchas cosas, quien, por cierto, últimamente, ha caído en un nacionalismo español casi agresivo. Podemos surge de la parte moderna, joven, que se siente agraviada: no hay empleo para los jóvenes y es de malísima calidad, las condiciones de vida para quienes tienen trabajo son peores de las que podían imaginar en función de su grado de formación, sus estudios y capacidades. Por ello, Podemos ha tenido un momento de efervescencia en la indignación generada por la crisis y la corrupción. Es una reacción sana, pero Pablo Iglesias se está cargando Podemos. Ese radicalismo hiperideologizado que se descubre detrás de cada una de las actitudes de Pablo Iglesias se carga ese espacio. Tengo la impresión de que hay mucha gente que les votó y que ahora se siente frustrada, desencantada. A eso se ha añadido la posición de Pablo Iglesias, muy extraña en un partido de izquierdas de ámbito nacional, de apoyo al independentismo catalán. Creo que está creando las condiciones para tener un fracaso electoral fuerte.

¿Es la socialdemocracia un proyecto marchito? Recientemente, escuchábamos a Manuel Valls decir que la socialdemocracia está muerta o a Felipe González afirmar que no se siente identificado con ningún proyecto reformista.

La socialdemocracia es la corriente política más antigua de las que existen, junto con la corriente liberal. Surgimos unos de otros en el siglo XIX, y en la socialdemocracia en estos 140 años hemos tenido crisis de todo tipo. Hubo crisis cuando los socialdemócratas empezaban a decir que había que participar en los parlamentos. Esta primera crisis se vence llegando a los parlamentos: Pablo Iglesias es elegido parlamentario por primera vez en 1910, 31 años después de la formación. En el año 1921 hubo una crisis profundísima con la separación entre comunistas y socialdemócratas como consecuencia de la creación de la Unión Soviética y el triunfo de los bolcheviques. Se produce una discusión profundísima en la familia socialdemócrata. Marx había sido miembro del partido socialdemócrata alemán, pero emprendimos caminos distintos. Después, ha habido muchas más crisis de estrategias políticas, de la orientación de la política económica, de políticas sociales, etc. Si vemos la evolución del voto en los partidos socialdemócratas en Europa, se producen altibajos, pero mantiene una trayectoria que no pasa del blanco al negro. En estos años de crisis, sí se ve una caída en el voto en muchos países. Yo tiendo a pensar que en pocos años la socialdemocracia va a tener un resultado similar al de nuestras mejores épocas. No se puede decir que la socialdemocracia ha muerto. Manuel Valls lo dice porque es socialista francés, y probablemente en Francia sí ha muerto. El espacio de centro izquierda democrática, que quiere corregir las desigualdades, eliminar privilegios, mantener la educación y la sanidad para todos, un sistema de pensiones y coberturas sociales, la profundización en derechos… va a existir siempre. Si no se llama socialdemocracia, se llamará de otra forma. Antes, los socialistas españoles no admitíamos que se nos dijera que éramos socialdemócratas, y luego ha sido lo que nos ha permitido tener éxito y gobernar en España. No concibo que en Europa todo el mundo vaya a votar a la derecha o a una izquierda extraparlamentaria.

¿Cómo valoras el discurso y la estrategia política de pedro Sánchez?

Prefiero no meterme. Llevo muchos años intentando no meterme en los temas internos del partido.

«Albert Rivera ha caído, últimamente, en un nacionalismo español casi agresivo»

¿Qué autocritica debe hacer el establishment europeo?

Yo creo que la UE ha tenido que afrontar esta crisis con dificultades, con un brazo atado a la espalda, porque la crisis empieza siendo financiera y económica. Teníamos un esquema que viene del Tratado de Maastricht, de hace 25 años, que es muy válido para momentos buenos, de bonanza y crecimiento, pero le faltaban instrumentos para afrontar una crisis. Nos ha pillado a contrapié, a las instituciones y a los Gobiernos, que políticamente no estaban preparados para compartir soberanía en un nivel europeo. Ha habido que ir reaccionando a matacaballo. Cuando había un problema que iba a estallar, había que adoptar medidas e improvisar, llegando a acuerdos para ver cómo reunían dinero para ayudar a Grecia, Irlanda o Portugal. Cuando ayudaban con el dinero de sus contribuyentes, decían que sus electores no lo entendían, porque también estaban sufriendo la crisis. Por lo tanto, para explicar que se va a prestar dinero a otros países, había que poner unas condiciones muy duras. Esas condiciones, al principio, se pasaron de rosca y crearon aún más daño del que pretendían evitar. A eso hay que sumar las consecuencias sociales de la crisis: aumento de desigualdades, del paro, mucho dinero necesario para rescatar a los bancos… Luego, la crisis de los refugiados, que se produce cerca de nuestras fronteras, ante la que la UE no ha estado preparada para encontrar soluciones. Este renacer de los sentimientos de identidad, proteccionismos y nacionalismos, ha hecho que sea extraordinariamente difícil para los líderes europeos. Lo que hay que hacer es avanzar más en la integración europea. No ha sido posible porque la gente estaba sufriendo la crisis y porque las instituciones europeas no están suficientemente preparadas para demostrar a los ciudadanos que las decisiones se toman de manera democrática, bajo control, con rendición de cuentas. Hay muchos ciudadanos que no consideran al Parlamento Europeo como los demás, aunque lo voten. Está lejos, se hablan muchas lenguas y no hay una comunicación clara de cuáles son sus poderes, por lo que no confían. Estamos en un momento en el que el panorama político se ha clarificado, sobre todo por la derrota de Le Pen en Francia. Ahora hay una posibilidad de que los dos motores principales de la UE vuelvan a carburar y moverse en la misma dirección: Francia y Alemania. Si eso se produce, en cuanto haya un nuevo Gobierno de Merkel, Italia y España deberemos ser los siguientes en unirnos a ese eje. En España, ojalá la situación nos deje respirar y nuestros políticos puedan mirar más allá de los Pirineos y darse cuenta de que somos el cuarto país de la UE. Tenemos que estar implicados porque somos un país europeo, con menos resistencia que otros. Si eso se pone en marcha, los ciudadanos van a volver a mirar al proyecto de integración europea no solo como una necesidad, sino como una oportunidad de mejorar.

La entrevista con Joaquín Almunia tiene lugar en el estudio de diseño id.real, en Madrid

Bruselas sitúa a España a la cabeza de la desigualdad en la UE. ¿Qué está fallando en nuestra política económica?

En España, los índices de desigualdad son muy altos, han crecido mucho durante la crisis. La razón no ha sido que se hayan disparado los niveles más altos de renta, como pasa en Estados Unidos o Reino Unido. Aquí, el aumento de la desigualdad se produce por abajo. Los niveles que se habían alcanzado han caído estrepitosamente durante la crisis. Somos un país con un índice de desigualdad alto que ha evolucionado más rápidamente que otros, que tiene unas tasas de pobreza muy altas y un gran porcentaje de la población en riesgo de exclusión social. Quiere decir que el Estado del bienestar y nuestras políticas sociales no están funcionando bien. Nuestro estado del bienestar tiene un tamaño bastante mayor que el que tuvimos en otras épocas. No ha disminuido sustancialmente durante la crisis, pero se ha cambiado la distribución, ya que hay más gasto en desempleo y menos en sanidad. Sin embargo, es muy ineficiente. Tenemos un problema que nuestro Estado del bienestar no puede resolver: el paro. En cuanto nuestra economía va mal, hace desaparecer puestos de trabajo a enorme velocidad, por lo que se reduce la capacidad de generar riqueza para ayudar a quienes se han quedado atrás. Este problema se manifestó ya en la transición, en la que no se pudo atender una crisis del petróleo muy fuerte justo cuando se abrían las fronteras de la economía española, cuando había que modernizar la industria, reducir el peso de la agricultura, y la inmigración volvía a España. Por segunda vez, en los años 92-94, otra crisis destruyó muchísimo empleo. ¿Qué falla? Hay una carencia de reflexión seria sobre eso en España. Desde la derecha, siempre se dice que hay que hacer reformas del mercado de trabajo con flexibilidad, y ya tenemos un mercado de trabajo con demasiada flexibilidad en muchos aspectos. Tenemos unos sectores económicos que tratan de evitar la generación de empleo, sustituyéndolo por capital y tecnologías de forma desordenada y abusiva. Hay mucha gente subempleada, teniendo que aceptar empleos con un requerimiento mucho más bajo que la formación básica que tiene. Por lo tanto, hay un sistema de formación para adaptar conocimientos a las necesidades que no funciona. Tenemos también un sistema productivo que no dedica demasiados esfuerzos a la investigación, a la utilización de conocimientos científicos, a aprovechar de la mejor manera posible las nuevas tecnologías. Sin innovación, no se aumenta la productividad y los empleos no pueden ser de calidad.

«En España hace falta un ingreso mínimo garantizado con urgencia»

Entre el 40 y el 50% de los trabajos desaparecerá y será automatizado. ¿Es la renta básica universal una medida necesaria para afrontar los riesgos que conllevará esta transformación del mercado laboral?

Sin duda tendrá un impacto. Pero mi preocupación no es que no vaya a haber empleo, sino que las nuevas tecnologías tienden a abrir el abanico, tienden a beneficiar muchísimo a quienes se pueden situar en empleos de alto valor añadido, con mejores salarios y oportunidades profesionales. Mientras que los empleos que no se enganchan a ese aumento de productividad van a quedarse con unos salarios menos brillantes, por lo que habrá un problema de desigualdad. Tenemos que pensarlo antes de que genere una polarización aún mayor de nuestra sociedad. Hay quien dice que la renta básica resuelve eso. Yo creo que es un debate interesante y que en España hace falta un ingreso mínimo garantizado con urgencia. Y no me valen argumentos sobre la competencia de las CCAA, ya que hay un derecho básico a la igualdad que permite utilizar una base jurídica para que se establezca un mínimo. Las CCAA tienen sistemas muy desiguales, no solo en la cuantía del ingreso, sino en cómo acceder a él y las condiciones. Hay voces que defienden que, para mucha gente, no habrá un cambio sustancial porque las prestaciones sociales y los servicios públicos garantizados nos cubren. Para otros autores, supone una mejora, pero eso tiene coste y hay que medir muy bien cuáles son las condiciones para no desincentivar la búsqueda de trabajo. Una sociedad pasiva es una sociedad derrotada. Cubrir todas las necesidades y establecer unos mínimos garantizados y una igualdad básica es muy distinto que desincentivar a la gente para incorporarse a la vida activa y aprovechar sus potencialidades.

¿Qué opinas sobre el debate de las puertas giratorias? ¿Debería existir una regulación más estricta?

Se debe cumplir la regulación que existe, ya que no siempre es así. Hay mucha laxitud en la aplicación. Y hace falta una regulación más estricta. Yo, personalmente, no pienso utilizar ninguna puerta giratoria. No me parece bien utilizar la información o las redes de conocimiento que hayas tenido como cargo público como manera de incrementar tus ingresos el día después. Pero, dicho esto, que alguien que se ha dedicado a la política no puede ocupar un puesto en un consejo de administración al cabo de 20 años me parece una demagogia tremenda. Pablo Iglesias, por ejemplo, acusa a Felipe González por estar en un consejo tras muchos años. Hay que dejar a la gente que desarrolle su vida después de la política. Si alguien se ha dedicado muchos años a la política y lo ha hecho bien, habría que agradecerle haber dedicado una parte de su vida a eso. Soy, por tanto, muy estricto en cuanto a negar la posibilidad de utilizar las influencias en beneficio propio, pero también soy contundente para criticar la demagogia en torno a las puertas giratorias.

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