Internacional

Biden, Trump y el futuro de la lucha por el clima

Joe Biden se perfila como el único candidato con una estrategia medioambiental a largo y a corto plazo. Su gigantesco plan climático, el denominado Plan Biden, se erige como pilar tanto de su campaña como de su virtual presidencia tras años de vaivenes negacionistas de Trump.

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Carla Lucena
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27
Oct
2020
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Carla Lucena

En las elecciones estadounidense no solamente se decide quién controlará el país los próximos cuatro años: al votar, los ciudadanos también están trazando gran parte de las líneas que marcarán el futuro global. Y tienen que decidir entre dos visiones completamente antagónicas en muchos aspectos, también en el medioambiental. En el caso del candidato demócrata, sus intenciones verdes parecen simbolizar el espíritu completo de su programa. «Desde los pueblos costeros hasta las granjas rurales y los centros urbanos, el cambio climático representa una amenaza existencial, no solo para nuestro medio ambiente, si no también para nuestra salud, nuestras comunidades, nuestra seguridad nacional y nuestro bienestar económico», afirma la página web de Joe Biden. Consciente de la inestabilidad derivada de los problemas climáticos, el ex vicepresidente afirma sin ambages que «no hay un desafío mayor».

Su postura, que no destacaría demasiado en una Europa plagada de líderes que ondean la bandera verde en sus discursos, sí contrasta con la de su oponente, el actual presidente norteamericano Donald Trump, cuya administración ha bordeado siempre la frontera de la negación del cambio climático. Aunque una de sus decisiones más sonadas y polémicas fue retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París para frenar el calentamiento global, su mandato ha sido un goteo de actuaciones económicas y políticas que no han mirado al cambio climático e incluso se han dirigido a satisfacer a los sectores más escépticos con él. Por ejemplo, reemplazó el Plan de Energía Limpia implementado durante el gobierno de Barack Obama por la Ley de Energía Limpia Asequible, cuyas regulaciones son notablemente más laxas. A su vez, también ha intentado congelar los estándares de eficiencia energética impuesta en nuevos vehículos y se ha manifestado en contra públicamente del cambio climático, al que ha calificado en numerosas ocasiones de «estafa».

Por desgracia, tras los exabruptos –por otra parte, algo habitual durante el mandato del multimillonario– dedicados al medio ambiente se esconde un impacto legislativo real. La actual administración parece haber reducido hasta 70 regulaciones y leyes medioambientales, según datos de The New York Times. De hecho, múltiples científicos y empleados han declarado sentirse silenciados e incluso parece haberse editado un informe del Departamento de Defensa en el que se rebajaban los descubrimientos hallados con carácter climático. Hay, sin embargo, contraposiciones dentro del propio bloque republicano: una encuesta organizada por la American Conservative Coalition mostraba que hasta un 67% de los votantes republicanos de la generación millenial creía que el partido debería tomar más partido en relación al cambio climático.

En el otro lado del ring electoral, ante estas polémicas actuaciones, Joe Biden intenta presentarse como la única figura responsable en materia medioambiental. Si bien sus intenciones no se antojan tan ambiciosas como las de algunos miembros progresistas del congreso –recogidasen una estrategia a largo plazo llamada «Green New Deal»–, el denominado Plan Biden se perfila como una inversión histórica centrada sobre todo en el futuro, con la energía limpia y la justicia ambiental como cimientos fundamentales. Aunque parece inevitable una subida de impuestos a las rentas más altas, los demócratas aún no han especificado públicamente todas sus vías de financiación para alcanzar los dos billones de dólares propuestos para la consecución de dichos objetivos. Tan solo han afirmado a través de un comunicado que, en parte, «la financiación se alcanzará revirtiendo los excesos de los recortes de impuestos de Trump para las empresas, reduciendo incentivos para la evasión fiscal y la subcontratación». Sería, en principio, una decisión irreversible hacia las emisiones netas nulas de gases contaminantes, que se eliminarían por completo o se compensarían a través de tecnologías de eliminación.

Parte del programa del candidato demócrata hace directa referencia a los actos del presidente norteamericano Donald Trump, que no ha cesado de tomar medidas para hacer retroceder los esfuerzos de la administración Obama en materia climática. A los antes mencionados se suman medidas tan dispares y dañinas como el bloqueo de una ley para dejar de producir bombillas ineficientes, la autorización para la búsqueda de petróleo en zonas protegidas de Alaska o la reducción de las reglas referentes a la limitación de contaminación con metano procedente del petróleo y el gas. Son estas tentativas ante las que Joe Biden expresa unas ideas completamente opuestas. «Cuando pienso en el cambio climático, pienso en la palabra empleos, empleos sindicalizados bien pagados que pondrán a los estadounidenses a trabajar, a limpiar el aire para que nuestros niños respiren, a renovar nuestras ruinosas carreteras, puentes y puertos», señaló el candidato demócrata durante el mes de julio. O, dicho de otra forma, mientras para uno combatir el cambio climático se presenta como una grave amenaza económica y social para el país, el otro lo ve como una oportunidad histórica que ha de aprovecharse para poner en marcha una reforma prácticamente total del sistema.

Si el contraste entre ambos se ve ya en las propuestas hechas por su campaña electoral, tampoco pasa desapercibido en el propio tono de la misma: mientras Donald Trump parece denostar el conocimiento científico, Joe Biden consigue posicionarse en un polo opuesto en el que las recomendaciones de este calibre son obligatorias en términos políticos, éticos y morales.

La generación de energía completamente libre de emisiones de carbono llegaría a más tardar, según el Plan Biden, en el año 2050. Sin embargo, según sus previsiones estratégicas, se alcanzarán ya importantes hitos –sin especificar cuáles ni cómo, eso sí– al final de su primer mandato, en 2025: se afirma que las medidas contra el cambio climático se tomarán a partir de su primer día en la Casa Blanca, con una aplicación tan rápida como agresiva. Asimismo, tal como anuncia en su programa, se invertirá en el uso rápido de innovaciones de energía limpia y en la construcción de una infraestructura que soporte los impactos del cambio climático.

A esto se unen también una serie de compromisos sociales: la obligación para con los trabajadores y comunidades que impulsaron la industria en las décadas pasadas y el auxilio de aquellas comunidades –especialmente aquellas con menos ingresos y con personas de color– más afectadas por la contaminación y la emergencia climática. Uno de los puntos más reveladores, sin embargo, hace referencia al desafío global que esto supone, un guiño a la vuelta al compromiso firmado en 2016 en el Acuerdo de París y a una hegemonía política internacional. «Biden dirigirá un esfuerzo para lograr que cada país importante aumente la ambición de sus objetivos climáticos nacionales», reza el programa. El cambio climático, según estas afirmaciones, se integrará completamente en la política exterior norteamericana, un reconocimiento de que el problema, además de poseer una identidad nacional, incluye a todos los países del entorno.

A simple vista, la ofensiva demócrata por el cambio climático no parece producto de un simple cálculo político y la elección de este campo de batalla por parte de Joe Biden no solo pretende atraer a los seguidores de Bernie Sanders, derrotado en las primarias. De hacerse realidad, sería la guinda de una carrera política donde los asuntos medioambientales llevan décadas presentes: fue él quien, en 1986, presentó uno de los primeros proyectos de ley sobre el clima –la Ley de Protección Global Climática– en el Congreso y es, de hecho, uno de los líderes políticos con la legislación más longeva en cuanto a propuestas relacionadas con el medioambiente. Por ejemplo, en Politifact, medio de referencia de fact-checking estadounidense, el periodista John Kruzel le ha calificado como uno de los pioneros del congreso en la lucha contra el calentamiento global. Y si el color verde ha marcado su carrera, el despacho oval es hoy la línea de meta.

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