¿Cómo podemos prevenir la próxima pandemia?

La creación de políticas específicas de prevención de enfermedades víricas a nivel estatal –y de instrumentos que eviten que sean arrinconadas en un cajón–, con protocolos claros y de aplicación casi automática, son una de las piezas fundamentales para intentar anticiparse a situaciones como a la generada por el coronavirus.

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27
May
2020
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«La mayoría de la gente no cree que algo pueda suceder hasta que ya ha sucedido. No es por estupidez o debilidad, sino por simple naturaleza humana». Son palabras de Jurggen Warmbrunn, un agente de inteligencia israelí que aparece en la novela Guerra Mundial Z, de Max Brooks. Una frase de un personaje de ficción que, sin embargo, parece hecha a la medida de la realidad que ha vivido este planeta durante los últimos tres meses. Por eso, mientras la humanidad vuelca sus energías en combatir la COVID-19, aunque la tarea no es fácil, algunas voces ya están poniendo el foco en cómo prevenir la próxima pandemia.

Porque habrá una próxima pandemia, y quizá antes de lo que pensamos y quizá peor que la actual. El síndrome severo respiratorio (SARS) en 2002, la gripe aviar en 2005, la gripe A (H1N1) en 2009, el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) en 2012… El coronavirus tiene demasiados parientes cercanos que han ido haciendo su entrada con gran precisión cronológica para atreverse a seguir hablando de la actual pandemia como de un cisne negro, uno de esos eventos totalmente imprevisibles y de consecuencias devastadoras y globales que de cuando en cuando se abren paso a codazos en los libros de Historia. ¿Cumple el coronavirus los requisitos para ingresar en el mismo siniestro club de la peste negra medieval o el atentado de las Torres Gemelas? Global es y devastador, también; pero imprevisible, posiblemente, no tanto.

Desde científicos como Bruno Canard o Peter V. Turchin, hasta personajes globales como Bill Gates, pasando por la perturbadoramente profética película de Steven Soderbergh Contagio (2011), muchos habían advertido sin demasiado éxito de que la próxima amenaza planetaria no sería bélica, financiera o atmosférica, sino vírica. De hecho, en 2018, la OMS incluía una denominada como «enfermedad X» en su listado de patógenos infecciosos que representaban una gran amenaza para la salud de todo el planeta por su capacidad de convertirse en una epidemia. Entonces, el organismo hablaba de una bacteria o virus aún desconocido que podían surgir y extenderse por todo el mundo, una advertencia que hoy nos resulta tristemente familiar. No se puede decir que los científicos y los políticos no estuvieran avisados… Pero otra cosa es que evaluaran en su justa medida el alcance del peligro. Seguramente las falsas alarmas de la crisis de la crisis de las vacas locas en los años 90 del siglo pasado, o de la Gripe A –la última amenaza a la que se le adjudicó la etiqueta de armagedón en potencia hace poco más de una década–, ayudaron a posponer las alarmas. Si ni siquiera el letal ébola que se cobró miles de vidas en África había conseguido resquebrajar los escudos sanitarios de occidente, ¿qué daño podía causarnos una nueva variante de coronavirus venida de China?

Tras una cura de humildad por la que hemos pagado un alto precio, ¿qué vamos a hacer para adelantarnos al próximo virus? ¿Vale la pena invertir tiempo y recursos en combatir un problema que podría tardar una década en presentarse y del que ni siquiera se sabe en qué forma concreta lo hará?

Hace dos años, la OMS hablaba de una «enfermedad X» que podría causar una pandemia

Para los que creen que no solo vale la pena, sino que es imprescindible, se abren varias posibles líneas de trabajo. Una primera reflexión que aparece en el debate es la de si es una buena idea despojar de recursos a los sistemas de salud pública cada vez que la Administración tiene que reajustar o redistribuir sus recursos. Casi de forma unánime, la mayor parte de científicos e investigadores subrayan la necesidad de preservar el músculo de nuestra primera línea de combate contra las amenazas microscópicas, algo que debería ser un planteamiento innegociable a partir de este momento.

La colaboración internacional entre organismos y países –y, ya de paso, entre partidos políticos–, creando redes abiertas de intercambio de conocimientos, mejores prácticas y cooperación en proyectos conjuntos es otra forma de ganar agilidad de respuesta. Y ya hemos podido comprobar que la velocidad es un factor dramático en la lucha contra este tipo de pandemias.

La creación de políticas específicas de prevención de enfermedades víricas a nivel estatal –y de instrumentos que eviten que luego sean arrinconadas en un cajón–, con protocolos claros y de aplicación casi automática llegado el momento es otra vía a explorar. También lo es disponer de mecanismos de vigilancia exhaustiva y de equipos que, a través de la prueba y el error, se dediquen a testear permanentemente la robustez del sistema buscándole grietas. «Este es un virus nuevo al que nunca antes se había enfrentado la humanidad, y por tanto, lo adecuado ahora es ser cauto. Hay que aceptar que existen incertidumbres pero, dicho esto, tenemos un método científico que siempre ha funcionado con incertidumbres», explicaba el epidemiólogo Miguel Hernán a Ethic.

Tampoco podemos descartar ninguna posibilidad ni escatimar esfuerzos para intentar minimizar las consecuencias de una hipotética próxima pandemia. Por si acaso. Warmbrunn, nuestro agente de inteligencia del que hablábamos, lo explica de maravilla en clave zombi: «Si nueve analistas de inteligencia llegaban a la misma conclusión, el décimo tenía la obligación de no estar de acuerdo. Daba igual lo poco probable o inverosímil que resultara la posibilidad, siempre había que hurgar más a fondo».

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