«La pandemia ha llegado en el momento con mayor capacidad de manipulación de la historia»

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Luis Meyer
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27
Abr
2020
David Jiménez

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Luis Meyer

Conversamos con el periodista y escritor David Jiménez sobre periodismo, posverdad y desinformación, dentro del ciclo ‘Reflexiones en mitad de la crisis’, en el que conectamos en directo con miembros del Consejo Editorial de Ethic y otros expertos para arrojar luz sobre el mundo tras la pandemia.


En febrero, la Organización Mundial de la Salud lanzaba un aviso a los gobiernos: «Prepárense para la pandemia». Algunos respondieron tarde. Por ejemplo, ahora sabemos que en España el virus entró en febrero y por 15 puntos diferentes. ¿Cuál crees que es el papel que están teniendo los medios de comunicación antes y después de la declaración del estado de alarma?

Nos tenemos que ir al origen de la pandemia. Nada de esto estaría ocurriendo si en un país como China hubiese libertad de expresión. Cuando se detectó en diciembre hubo periodistas que intentaron romper la censura del régimen chino y contar lo que estaba pasando. Pero el gobierno arrestó a aquellos médicos, ciudadanos o periodistas que denunciaron la situación. Eso pone de manifiesto cómo la falta de libertad y de expresión puede costar muchas vidas. Luego el virus saltó a Europa y a Estados Unidos  y se fue expandiendo. Ahí empezamos a encontrarnos con varios problemas: una reacción muy lenta en gobiernos como el español a pesar de haber visto lo que estaba sucediendo en Italia, y escasísima información dada de manera política y muy poco profesional. Recuerdo haber cubierto como corresponsal en Asia la epidemia del SARS en 2003 y me sorprendió mucho la manera tan franca, tan directa y con tantos datos que tuvo el Gobierno de Hong Kong de informar al público. Te decían exactamente en qué edificio habían detectado un caso para que la gente tuviera en cuenta a dónde podía ir y a dónde no. En cambio, en Occidente –y en concreto en España– hemos tenido información limitada. Aunque es verdad que era una situación difícil y nos ha pillado desprevenidos, se habría agradecido más transparencia.

Las fake news no son una novedad: hace 2.000 años que ya se usaban bulos para derrocar emperadores. Sin embargo, ahora nos encontramos en plena revolución tecnológica que pone los canales al alcance de cualquiera. En esta crisis sanitaria parece que las fábricas de bulos trabajan a pleno rendimiento.

Nos ha llegado la pandemia global en el mayor momento de capacidad de manipulación de información de la historia. Las herramientas que existen hoy para tergiversar, manipular y difundir propaganda son las mayores que ha existido nunca. Además, los manipuladores se han hecho más sofisticados. Los bulos de hoy están adornados de información rigurosa, muchas veces utilizan a medios legítimos y se apañan para que parezcan verdad. No solo hay que echar la culpa a los medios que no siempre hacen su trabajo o a los políticos que manipulan, sino a nosotros mismos, a la audiencia que recibe la información y que, como han demostrado varios estudios, está dispuesta a compartirla siempre que coincida con sus propias ideas. Nosotros recibimos información y muchas veces no hacemos el ejercicio de intentar comprobar si esa información es real antes de compartirla. Ahí es donde necesitamos educar a la gente para que pueda diferenciar lo que es el periodismo riguroso de la desinformación. No va a ser fácil, porque esos bulos al final tienen un componente emocional que hacen que los queramos creer. Es complicado romper esa cadena y es difícil ser optimista cuando uno comprueba que sus propios amigos son los primeros que comparten contigo informaciones en las que incluso un niño podría identificar elementos que indican que podría ser mentira. Eso lleva a pensar que la mayor parte de la gente los comparte sabiendo que no son verdad pero que, puesto que se adaptan a su ideología, la causa para compartirla es buena y lo de menos es que los datos sean fieles a la realidad.

Ese es precisamente el telón de fondo de los bulos: la posverdad. Ya en 2016 el diccionario de Oxford elegía post-truth como concepto del año. Explicaba Joaquín Müller-Thyssen a Ethic la diferencia entre mentira y posverdad, que está muy ligada a la reflexión que haces de la predisposición del individuo a aceptar la mentira.

Es algo muy grave en un país como España, que tiene un grave problema de sectarismo y unos medios de comunicación tan débiles –como escribía en El Director–, tan atados a intereses políticos y económicos… Si a todo eso le añades unos políticos que tienen muy poca preparación y que a menudo contribuyen a ocultar o tergiversar información en sus ruedas de prensa, te lleva al patio de colegio informativo en el que nos encontramos, donde un bando comparte todas las mentiras del otro y viceversa. Y en medio, unos pocos periodistas tratan de hacer llegar la verdad. Pero mi sensación, y me entristece decirlo, es que la verdad está perdiendo frente a la mentira, que va ganando. Necesitamos desde un periodismo fuerte, independiente y honesto recuperar un terreno que se ha perdido e intentar derrotar a esa mentira que se extiende de manera viral con mucha facilidad.

«El deber del periodista no es solo ser valiente frente a grandes empresas, también frente a los lectores»

En este cruce de bandos, ¿dónde ves en el sistema de medios español que haya espacios para la libertad?

En esto soy negativo. Quizá tenemos la prensa menos rigurosa, más sectaria y más atada a intereses políticos y económicos de todas las democracias liberales. Lo digo con tristeza, pero me da la impresión de que nuestros medios han llegado a este momento crucial de información muy debilitados. Además, ahora, las redacciones están a la mitad de recursos que antes de la pandemia, los directivos que siempre se han forrado mientras quitaban cualquier inversión relacionada con el periodismo y hay una tradición de edición con muchas debilidades. Si uno va a Der Spiegel en Alemania, ve que tiene 70 personas dedicadas a verificar. Y aún así les cuelan bulos, como el caso del periodista que se inventaba las historias. Imaginemos, si a este medio le cuelan bulos de vez en cuando teniendo 70 verificadores, qué no nos estará llegando desde los medios españoles donde no hay una mínima barrera. Ahí es donde hay que empezar a construir redacciones de cero que tengan esa capacidad. Sin embargo, esto es cada vez más difícil porque nos viene una crisis que va a hacer que, de nuevo, los periodistas sean despedidos, se intente ahorrar en periodismo, etc. El panorama mediático en España está muy debilitado en un momento crucial para afrontar la pandemia.

Nos pregunta un lector, Philip Müller, cuál crees que es es la mejor plataforma o medio para seguir esta crisis de forma crítica.

Si hablamos de medios, me sigue pareciendo que la prensa escrita suele aportar más información. Las historias en televisión duran uno o dos minutos y no pueden profundizar como pueden hacerlo los medios escritos, más ahora en internet. Desde hace tiempo trabajo y leo más la prensa en el extranjero. Estoy comprobando en mis propias carnes, como columnista de The New York Times, el proceso de verificación, comprobación y edición de los artículos que yo les mando. Eso tratándose de opinión. No hay nada parecido en el sistema español. Lo bueno es que hoy todo está al alcance de nuestra mano, lo difícil es seleccionar cuando estamos ante la mayor oferta informativa de la historia. Hoy hay millones de opciones a un clic, y ahí es donde es difícil diferenciar qué medios leer. Aunque creo que no te equivocas cuando vas al The New York Times, The Financial Times o Le Monde. En España, aunque el mapa mediático está más debilitado, hay también buenos periodistas. Un análisis de Zarzalejos, puedo estar de acuerdo o no, pero sé que siempre va a estar basado en información, en llamadas, en haber hecho un trabajo previo. Luego tienes a esos columnistas que escriben en bata desde casa, que no hacen más que repetir consignas políticas y que me aburren enormemente. Una de las cosas que pone en evidencia esta pandemia son los límites del columnismo español, que muchas veces es literatura sin información, sin análisis. En definitiva, que aporta poquísimo. Hemos tenido una burbuja de columnistas que se adornan mucho y escriben muy bien pero, sinceramente, para eso prefiero leer una novela. No quiero literatura, sino información contrastada con datos. Nos tenemos que preguntar por qué es tan difícil en España que tengamos medios de comunicación que sean simplemente independientes. Cuando empiezo a leer una crónica sobre la pandemia y en el primer párrafo ya identifico de qué bando ideológico es el periodista dejo de leer.

Eres de los que defiende que uno de los grandes problemas de España es que es un país de bandos. ¿En qué medida los medios pueden estar fomentando esa dinámica?

Es un debate interesante: quién fomenta más el sectarismo que hay en España, ¿son los medios que están alimentando a la población, o es la población que está empujando a los medios a ser más sectarios? Yo creo que lo que ocurre es que es más fácil, más cómodo y más barato hacer un periodismo militante, de trinchera, que no trabajarte las historias de manera independiente. Ahora tenemos los modelos de suscripción que están intentando crear los periódicos para sobrevivir a internet y veo que el apelativo, el interés que ellos dicen tener, no es tanto la calidad, la independencia o la honestidad, sino: «somos de los vuestros». Es decir, te dicen que si te suscribes te van a alimentar con toda la ideología y te van a dar las historias que te gustan. El periodista tiene que escribir en un folio en blanco, sin ideologías, sin religión y dejando de lado sus convicciones. No es fácil, pero tiene que haber unos mínimos. No puede ser que uno sepa, simplemente por la cabecera, qué va a decir al día siguiente. La pandemia nos ha puesto en un ejemplo brutalmente claro: se han cometido graves errores por parte del Gobierno de Pedro Sánchez y se han cometido graves errores en el Gobierno de Madrid de Díaz Ayuso. Pero según el periódico que leas parece que, o todos errores los ha cometido Ayuso, o que todos los ha cometido Sánchez. Es un absurdo total donde el periodismo está aparcado a un lado y solo cuenta la visión ideológica. Nuestro deber como periodistas no es solo ser valientes frente a grandes empresas o políticos, también tenemos que ser valientes frente a nuestros lectores, oyentes o espectadores y decirles cosas que a veces no les gustan.

Nos hemos sorprendido estos días en Madrid viendo cómo han colaborado José Luis Almeida y Rita Maestre frente a la pandemia. ¿No debería ser lo normal?

En el Financial Times han escrito crónicas donde el reportero se sorprendía de que toda la clase política estuviese dedicada a ver qué partido le saca a los muertos. Pero esto no es nuevo: después del 11-M, cuando todavía no se había enterrado a las víctimas, ya había partidos que estaban degollándose unos a otros y no fueron capaces ni siquiera de demostrar humildad. Ahora nos encontramos ante una pandemia terrible, con miles de muertos y una crisis que va a ser muy dura para mucha gente y, de nuevo, vemos políticos de todas las ideologías intentando sacar partido. Tienes incluso al independentismo en Cataluña esperando a ver cómo me puedo apartar un poco más del Estado español. ¿No puedes aparcar el rédito electoral o de tu agenda política dos meses? Me queda la sensación de que no les importa la gente y eso es grave. Además, han encontrado un sistema que les conviene, porque cuanto más sectario es un país más manipulable es. Nos pasamos la vida viendo de quién es la culpa en vez de solucionar los problemas, de hacer reformas, de apostar por la ciencia. Cada vez que hay un problema es el problema del otro. ¿Por qué Alemania está respondiendo como lo está haciendo? No es suerte, es una apuesta por la innovación, por la ciencia y por una educación suficiente que lleve a los ciudadanos a exigir a su gobierno que actúe sin banderas y por el bien común. Esto aquí está ausente.

Nada como ideologizar un problema para dificultar la resolución del mismo.

Es la excusa perfecta y lo ha sido durante años. Fíjate, ni siquiera se han puesto de acuerdo en un tema como la educación. La prensa ha tenido un papel clave en alimentar esa brecha. Ahora la prensa pide un rescate al Gobierno y, aunque eso es interesante, hay que preguntarse a quién va dirigido ese rescate: ¿para las redacciones, o para los directivos que llevan años diezmándolas? ¿Para qué medios, para los que manipulan o hacen chantaje a las empresas? Un rescate tendría que tener como condición una mejora de esa prensa y hacer que realmente esté al servicio de la gente. Esto nos lleva a otro debate, porque no es el Gobierno el que tiene que decidir qué medios de comunicación deben ser salvados o no.

¿Ves una relación entre esa posición acrítica al desinterés por pagar por información de calidad? ¿Cómo está afectando esto a la calidad del periodismo?

La gente está mucho más dispuesta a pagar los 9 euros de Netflix que una suscripción a un periódico. Hay unos ejemplos de éxito como la revista 5W, pero la mayor parte de modelos de suscripción han fracasado. La culpa es tanto de los medios que tienen que demostrar que se merecen el dinero de esa suscripción, como de esos lectores que no quieren información que sea incómoda, que sea verdad; lo que quieren es un masaje a sus ideas. Por eso hay medios de comunicación que a quien más temen es a su propia audiencia. Para solucionar ese problema deberíamos irnos a la educación, una educación basada en el pensamiento crítico: para que la gente acepte ese periodismo, se debe comenzar a aprenderlo en el colegio. Ahora seguimos teniendo una educación del siglo XIX, donde no hay debate en las clases y se premia la memorización, el niño que destaca es el empollón y el popular es el que hace gamberradas. Es el triunfo de los mediocres: una pirámide que empieza en la escuela y que luego, a través del fomento de la mediocridad, va impregnando la sociedad, la política y los medios de comunicación.

«Habría que volver a la moral y ética periodística, que está muy denostada»

Quería preguntarte sobre la polémica pregunta del CIS…

Es absurdo que en una democracia te pregunten si quieres mantener la libertad básica de prensa. El problema viene de poner en una institución pública que cuesta 11 millones de euros a los españoles a un militante político. Cuando uno está escogiendo un representante para una institución pública, debe escoger a la persona más apta no a un militante del partido. Pero eso en España es una rareza, lo han hecho todos. Las instituciones son agencias de colocación de los amigos del partido. Se está repartiendo cargos constantemente entre unos y otros. Hay muy poco respeto a la contribución que los españoles hacen con sus impuestos y  ellos creen que pueden coger sus medios públicos y convertirlos en su gabinete de prensa. O coger el CIS, que debería ser un organismo para medir la opinión pública de todos los españoles, y convertirlo en un «esbirro» del partido. Nos queda mucho camino por recorrer para llegar a los niveles de decencia, transparencia y honestidad pública de los países más desarrollados. Es una estafa: yo me siento estafado cada vez que los partidos utilizan las instituciones para favorecer a sus amigos. También nos falta pensamiento crítico para denunciarlo. El día que todos lo denunciemos eso empezará a cambiar.

Descartado el Ministerio de la Verdad que es el CIS, nos pregunta una lectora qué papel juegan las plataformas de verificación de datos en el futuro del periodismo.

Surgen precisamente porque en los medios no hay y los editores han desaparecido. Muchas veces el propio periodista cuelga algo sin que nadie lo haya comprobado. Aquí tenemos varios modelos: Newtral –que es una empresa privada–, Maldita –que es una fundación–, y Civio –que es un portal de transparencia–. Entre ellos intentan limpiar el tema de los bulos y en general hacen buen trabajo. Yo no noto que detecten solo los bulos de un partido. Es cierto que hay cosas criticables, pero me gustaría que además de medios específicamente dedicados a verificar información, hubiese también ese sistema en los medios tradicionales. Es como si tuviésemos un mercado sin un control de calidad. Solo cambiando eso se podrá ganar la confianza de la gente. Hemos normalizado lo que no es normal y hemos asumido niveles de mercantilización de la información que eran impensables. Lo que creo que habría que hacer es volver a una cosa que está tan denostada como la moral y la ética periodística.

 

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