Cambio Climático

Las claves para entender qué ha fallado (y qué no) en la COP25

La cumbre del clima termina con la sensación de haber dejado más incertidumbres que certezas. ¿Ha sido una oportunidad perdida para actuar contra el calentamiento global?

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16
Dic
2019
Cop25

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Dice Teresa Ribera, ministra en funciones para Transición Ecológica y timonel de las negociaciones in extremis de esta COP25, que le ha quedado una «sensación agridulce» tras la cumbre que terminaba este domingo en Madrid. Una forma bastante eufemística de definir las conclusiones de una cita climática demasiado extenuante y maratoniana para los réditos conseguidos: apenas una declaración de buenas intenciones sobre el aumento de medidas para recortar aún más las emisiones de carbono, el punto más urgente de esta cita, a la espera de que –tal vez– se materialicen en la COP de Glasgow el año que viene. Mientras, el reloj del planeta avanza a toda velocidad.

Hay otro fracaso paralelo en esta cumbre del clima, más concretamente, en sus efectos colaterales. Su envergadura –diez días en los que participan todas las partes de la Convención, donde la Unión Europea es una de las 197 partes que la integran, entre las que también se encuentran representantes de empresas, organizaciones internacionales y miles de ponentes– sirve también para dar relevancia mediática a un asunto tan de extrema prioridad como el cambio climático. La coincidencia con las elecciones en Reino Unido (y la llamativa e inesperada mayoría absoluta de Boris Johnson), las sempiternas negociaciones de investidura en nuestro país, o el ruido que genera la figura de Greta Thunberg más allá de su mensaje, han invadido en muchos casos los titulares de los medios, opacando en parte la importancia de esta cumbre el mundo. Sin embargo, hoy es momento de analizar el porqué de los fracasos y de los (pocos) logros conseguidos.

1. COP25: una cumbre ‘procrastinadora’

Al menos, en apariencia. Trabajar sí que se ha trabajado durante diez días que se han estirado hasta uno más, pero el resultado ha sido el mismo que el de un estudiante que siempre deja los deberes para el día siguiente. La firma masiva del Acuerdo de París hace cuatro años generó una sensación de euforia que cada vez se escurre más entre los dedos, como quien intenta mantener, infructuosamente, un puñado de arena en su mano. Ni los objetivos que se marcaron entonces son suficientes, ni tampoco lo son las medidas: la ONU ya ha avisado de que se deben multiplicar por cinco si pretendemos mantener al aumento de la temperatura global por debajo de 1,5 grados –la meta inicial marcada por los firmantes en 2016– y por tres si no queremos que supere los dos grados. En esta cumbre no se ha firmado ni siquiera este segundo premio de consolación. El resultado ha sido una mera declaración de intenciones para ser más ambiciosos en la COP del año que viene, que se celebrará en Glasgow.

2. La brecha ¿insalvable? entre ciencia y política

En esta cumbre ni siquiera se ha firmado multiplicar por tres los objetivos de reducción de emisiones

Por más que la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, quiera añadir algo de dulce para compensar el poso agri, sabe a poco. Es cierto que, por primera vez, en el texto de un documento resultante de una COP se plasma claramente la necesidad de que toda acción política futura contra el cambio político deba estar «guiada por la ciencia», esto es, por los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU (IPCC). Pero también lo es que precisamente este organismo lleva tiempo alertando de lo cerca que estamos de un «punto de no retorno» y de que lo firmado en el Acuerdo de París fue entonces demasiado optimista y hoy es absolutamente insuficiente. Por mucho que durante estos 10 días hayan desfilado numerosos científicos con datos y gráficos tan catastróficos como certeros, da la impresión de que los representantes de los Gobiernos de la COP25 han negociado en una suerte de cúpula de cristal insonorizada.

3. El feminismo impide un fracaso total

Que la mujer es víctima específica y, al mismo tiempo, posible parte de la solución al problema del cambio climático es un hecho cada vez más interiorizado. Sin embargo, esta COP25 era la única oportunidad para refrendarlo con un pacto mundial y que no quedase reducido a papel mojado. Las negociaciones para renovar el Plan de Acción de Género (GAP, por sus siglas en inglés) estuvieron a punto de escollar a un día de finalizar la cumbre, pero finalmente ha tenido su correspondiente firma. Su importancia no solo radica en la inclusión de género en la acción climática –con todo lo que ello lleva consigo en cuanto a igualdad de derechos y mitigación de situaciones de vulnerabilidad–, sino que el propio plan incluye referencias explícitas a una «transición justa» y a los «derechos humanos». Además, también menciona la necesidad de tener en cuenta la cuestión de género en el Fondo Verde para el Clima, esto es, las ayudas económicas a países en vías de desarrollo, donde la situación de muchas mujeres frente a las consecuencias del calentamiento global es especialmente frágil.

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4. El artículo 6, la (dolorosa) piedra en el zapato

Las emisiones de carbono, y más concretamente, su mercadeo (como lo definen muchas ONG) están en el escueto artículo 6 del Acuerdo de París y son uno de los motivos más importantes por los que la COP25 no avanza lo que debiera. Incluye el sistema por el que un país que no consigue recortar lo que debe puede comprarle a otro Estado derechos de emisiones. No solo es el que causa más controversia en las cumbres climáticas: desde su propia redacción, para sus apenas 41 páginas, recibió casi 700 alegaciones. Hoy sigue sin haber un acuerdo sobre temas tan importantes como evitar una doble contabilidad de los balances de gases de efecto invernadero o delimitar más qué sectores (y empresas) obligados a hacer recortes deben acudir a los mercados de emisiones.

5. Más de 80 países no son suficientes

La COP25 termina sin acuerdo sobre temas como evitar una doble contabilidad de los balances de gases de efecto invernadero

Hace una década habría sido un logro sin precedentes. Hoy, que 84 países –entre ellos España, Francia, Alemania o Reino Unido–, se hayan comprometido a endurecer aún más sus planes de recorte de emisiones es poco menos que el entrante del más opíparo de los menús, porque China, Estados Unidos, la India y Rusia no han dado su brazo a torcer. Y juntos suman más de la mitad de las emisiones mundiales totales.

6. Oídos sordos a la evidencia científica

No les hacía falta hacer memoria a quienes se reunieron en la cumbre del clima. Tan solo una semana antes, la Organización Meteorológica Mundial revelaba que los gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano y óxido nitroso) en la atmósfera habían marcado en 2018 un nuevo máximo histórico. Concretamente, la concentración llegó a las 407,8 partes por millón, un 47% más que en la época preindustrial; la de metano a las 1.869 partes por mil millones, un 159% más que en el mismo periodo; y la de óxido nitroso a las 331,1 por mil millones, un 23% más. Para volver a ver unos niveles semejantes hay que remontarse a tres millones de años atrás, cuando ni siquiera existía la el ser humano. Entonces, la temperatura era entre dos y tres grados mayor, y el nivel del mar superaba en 20 metros al actual. Aunque la cifra suena inalcanzable, no estamos tan lejos como pensamos: en tan solo 36 años se han perdido 2,5 millones de kilómetros cuadrados de superficie en el Ártico, según la NASA y, a este ritmo, en 100 años habrá desaparecido todo el hielo marino.

7. El sector financiero avanza, que no es poco

Vistos los resultados, las entidades financieras han sido más bien convidados de piedra, pero que hayan tenido presencia en esta edición ha marcado un hito. Y, aunque sus compromisos sean poco tangibles, algo han sacado en claro: «La COP25 ha dejado ya un legado, y es el hecho de que, por primera vez, ha reunido a los ministros de finanzas, que han aprobado el llamado plan de acción de Santiago basado en los Principios de Helsinki», ha dicho públicamente Manuel Pulgar-Vidal, responsable del área de Energía de WWF. En él, la Coalición de Ministros de Finanzas por la Acción Climática han recogido iniciativas como «el diseño y la creación de un nuevo mercado para las emisiones de carbono; la creación de expertos y capacidades en los ministerios de Finanzas para integrar las acción climática en las políticas económicas; examinar el coste fiscal de las medidas de adaptación y apoyar una mayor transparencia en los riesgos financieros relacionados con el clima, incluidos los de estabilidad financiera y las vías para gestionarlos».

Esta última es otra asignatura en materia medioambiental que la COP25 deja pendiente para septiembre. O, mejor dicho, para noviembre del año que viene en Glasgow.

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