Medio Ambiente

«América Latina muestra una absoluta fragmentación en el debate climático»

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Noemí del Val
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04
Mar
2019
Manuel Pulgar

El cambio climático visto desde lo poliédrico de su naturaleza: la urbanización de las ciudades, los costes sociales de tomar medidas efectivas, el futuro descarbonizado que asoma, el negacionismo y su fracaso -mal que le pese a Trump-, las centrales nucleares como posibles aliadas… Manuel Pulgar Vidal, exministro de Medio Ambiente de Perú y responsable de Cambio Climático de WWF Internacional, analiza los retos que tenemos por delante para evitar que el calentamiento global llegue al (no tan lejano) punto de no retorno para todos los habitantes del planeta.

El último informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC en sus siglas en inglés, nos recuerda que estamos viviendo las consecuencias del calentamiento global como si la temperatura hubiera aumentado ya un grado y medio.

El informe del IPCC puede valorarse desde distintas perspectivas. La primera es que felizmente existe este panel, que nos provee de información fehaciente, basada en ciencia, que es la que ha permitido a lo largo del tiempo tomar decisiones políticas. Eso ha sido muy positivo. Si uno mira la historia del IPCC, creado en 1987 por un grupo de meteorólogos antes de la Cumbre de Río, se da cuenta de que fue la primera voz de alarma que informó al mundo de que el aumento de la temperatura era causa humana. A raíz de este descubrimiento, se promovió un convenio que se adoptó en 1992, el Convenio de Cambio Climático. Desde ese entonces, el IPCC ha jugado un rol central en promover reformas políticas significativas.

¿Qué ocurrió una vez ratificada la hipótesis de que la acción humana estaba detrás del cambio climático?

De manera previa al Acuerdo de París, el V Informe del IPCC ya alcanza la certeza de su planteamiento inicial, así que marca un conjunto de propuestas que se incorporan en el Acuerdo de París, que establece la necesidad de no incrementar la temperatura del planeta por encima de los dos grados, haciendo el esfuerzo de establecer el tope en 1,5 grados. Este informe demostraba que medio grado importa y nos dice que, si sobrepasamos ese máximo, tendremos eventos climáticos extremos de mayor incidencia y gravedad, habrá una desaparición de especies más acelerada y los ecosistemas quedarán del mismo modo afectados. Conocer esto es importantísimo para el proceso de toma de decisión política.

¿Cómo valoraría el resultado de la COP 24?

Si bien es cierto que hemos obtenido los resultados necesarios para seguir avanzando en la implantación del acuerdo de París, hubo un grupo de países que se resistían a admitir de manera expresa los resultados del informe del IPCC. Eso ha enviado una señal política errónea a los ciudadanos, que empiezan a criticar por qué los políticos no son capaces de asumir que la ciencia es fundamental para el proceso de toma de decisiones, y que no entienden cómo sus gobernantes desatienden los informes del IPCC.

A pesar de que en los últimos tiempos el nivel de emisiones se había mantenido, ha vuelto a incrementarse…

Para no incrementar la temperatura debemos llegar a una economía descarbonizada en 2050. En efecto, habíamos disfrutado de unos años en los que ese nivel de emisiones se había congelado y que, sin embargo, ha tenido un repunte, por el crecimiento económico, por la quema de combustibles fósiles, etc. Eso convierte en urgente que definamos el calendario en el que lleguemos al pico de las emisiones para, a partir de ahí, empezar a declinar. Los científicos y técnicos consideran que ese pico debe ser 2020, pero para ello hay que intensificar las acciones. Con algunos cambios políticos podemos multiplicar los efectos de las energías limpias, mejorar la eficiencia energética, incrementar el volumen de incorporación de vehículos eléctricos sobre todo en las grandes ciudades, avanzar en las condiciones del manejo de bosques, desarrollar agendas vinculadas a dietas sostenibles…

¿Las actuales contribuciones nacionales son suficientes?

Los países, o están revisando su contribución a las emisiones por medio de planes climáticos nacionales, o están elaborando el nuevo, que debe hacerse público en 2020. Todos sabemos que las actuales contribuciones nacionales son insuficientes para evitar que la temperatura se eleve más de 1,5 grados, así que la nueva contribución ha de ser revisada en función de los datos que recoge el Informe, y debe ser más ambiciosa, estar lo suficientemente basada en ciencia y atender a algunos sectores que en origen no estuvieron en las prioridades. Hace poco, un informe de la Comisión Europea, de noviembre de 2018, nos dice que se puede llegar a una economía carbono neutral en 2050, pero para ello hay que incrementar para 2030 el nivel de la reducción de las emisiones, que ya no debería de ser del 45% sino del 55%. Hay buenos ejemplos de países como Finlandia que han establecido metas del 60% de reducciones de emisiones para 2030.

¿Los actores económicos y políticos han entendido que el crecimiento puede ser compatible con la sostenibilidad?

«El negacionismo no tiene espacio, la lucha contra el cambio climático es irreversible»

Sí, definitivamente. Cuando hablamos de temperatura y emisiones, hablamos de un promedio que puede ser distinto cuando se lleva a niveles individuales. Por ejemplo, Europa sí es una región que ha logrado desenganchar las emisiones del crecimiento y eso es muy positivo. Lo mismo no está ocurriendo aún con China que, como líder, debería cambiar sus prácticas. Hay un crecimiento de las emisiones en países emergentes, que son los que más volúmenes emiten en la actualidad. Cuando uno mira el tema de manera histórica, vemos que el país que encabeza es Estados Unidos; pero cuando uno lo observa de manera anual y en volúmenes se da cuenta de que son los países emergentes, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Pero también hay emisiones en los países más pobres. En África existen regiones como Sudán del Sur que tienen un nivel de acceso a la energía del 20%. Eso implica que, cuando la gente requiere de una fuente de energía, lo que hace es deforestar, algo que crea emisiones, y luego quemar la madera, lo que a su vez genera más emisiones. En todos los países debemos tomar medidas con el mismo objetivo pero con acciones diferentes, porque nuestras realidades también lo son. Es el promedio de emisiones lo que se ha incrementado, pero se debe incidir en aquellos que más emiten, ya sea porque están creciendo mucho o porque tienen condiciones de pobreza que los obliga a tomar medidas poco sostenibles.

El Acuerdo de París recogía el criterio de transición justa, pero la COP 24 ha dejado en evidencia esa falta de compromiso o de solidaridad.

La diferenciación es un asunto controvertido que ha acompañado al debate climático décadas. Para entenderlo, hay que remontarnos al Convenio de Cambio Climático del 92, que a los pocos años se transformaba en el Protocolo de Kioto. Se hizo en un momento en el que las decisiones se solían tomar de arriba abajo: los países se reunían, tomaban una decisión y luego se aplicaba con rango mundial. El Protocolo de Kioto establece una diferenciación bastante rígida respecto de los países obligados, recogidos en el Anexo 1, en aquel momento los miembros de la OCDE. Como Kioto tenía una vigencia límite, se empieza a discutir la posibilidad de adoptar un nuevo convenio, acuerdo o protocolo que reemplace o complete al de Kioto. Así se llega a la reunión de Copenhague en 2009, que supone un fracaso porque para entonces el panorama había cambiado significativamente: el mundo no estaba dispuesto a otro acuerdo de arriba hacia abajo y los países de la OCDE discrepaban de que solo ellos tuvieran que asumir compromiso, porque los países emergentes, en volumen, emitían más que ellos. Entonces se inició un nuevo proceso en el que se contemplaba la acción de abajo hacia arriba, y se lanzó el mecanismo de las contribuciones nacionales para que todos se comprometieran.

Es decir, se establece una responsabilidad común, pero diferenciada.

La diferenciación sigue vigente, pero no es tan rígida como en su momento fue con el Protocolo de Kioto. Es algo más basado en quiénes están obligados a transferir recursos financieros, capacidades, tecnología, qué verificación debe hacerse en el corto plazo a los países más pobres… Sigue ahí y por tanto seguirá siendo controvertida, pero hay que observar que cada año puede cambiar la dinámica del mundo, y de lo que se trata es de que el crecimiento de cada país sea responsable, desenganchado de las emisiones.

Manuel Pulgar

¿En qué medida las ciudades pueden contribuir a la lucha contra el cambio climático?

Las ciudades juegan un rol central en la reducción de emisiones porque acogen a la mayoría de la población. Han de preparar mecanismos para que las fuentes de energía sean limpias. Ha mejorado mucho la situación con la introducción de energía fotovoltaica o la energía eólica, obviamente más en algunos países que en otros pero, en general, todas muestran una trayectoria correcta. No ocurre lo mismo con la eficiencia energética, que requiere un conjunto de medidas que tienen que ver con los materiales de construcción y es algo sobre lo que todavía hay que acelerar. Podemos hablar de España, del transporte, por ejemplo, no solo de sistemas de transporte público pasivo y sostenible, sino del caso ARA, con el cien por cien de energía eólica para su sistema ferroviario, algo que debería ser una tendencia internacional, y también de sistemas de transporte no motorizado e introducción de vehículos eléctricos. Madrid, en comparación con otras ciudades, está todavía muy atrás en la introducción de vehículos eléctricos, y aún no ha establecido plazos ni metas como sí lo han hecho París, Oslo y otras urbes que apuntaron 2017 como año para dejar de introducir vehículos de combustión fósil e ir gradualmente expulsando de las calles este tipo vehículos. Y también, al hablar de ciudades, hablamos de residuos, en especial en países en vía de desarrollo donde se sigue disponiendo de los residuos de manera informal. Las emisiones de metano, por la descomposición de materia orgánica, siguen siendo significativas y desaprovechadas. Lo mismo sucede con las industrias, que sí están mejorando, incluso las pesadas, como la del acero y el cemento. Todo ello está vinculado a la ciudad.

¿Qué implicaciones tiene el Acuerdo de París para América Latina en concreto?

Lamentablemente, a diferencia de Europa e incluso África, América Latina muestra una absoluta fragmentación, lo que deriva en que no haya una posición común y, por tanto, tampoco un aprovechamiento de los beneficios del debate climático ni agendas proactivas y colectivas para ver cuánto se puede incidir en esta negociación. Uno tiene que saber que hay casi tres américas latinas: los países del alba, la América latina de los países de más libre mercado (México, Argentina, Chile, Colombia y Perú) y Brasil, que es un país continente que, por cierto, ha entrado ahora en una lógica de negacionismo. Eso nos ha llevado a desaprovechar las oportunidades que el debate climático genera. El hecho de que la próxima COP 25 sea en un país latinoamericano que está mostrando niveles de crecimiento importantes y bajos niveles de corrupción es una buena señal que nos debiera animar a buscar puntos de consenso y unidad. Por otro lado, hay que observar que América Latina está inmersa en una profunda crisis de corrupción de la que espero salgamos estableciendo cambios en el sistema que nos permitan que haya transparencia en el uso de los recursos, más aún ahora donde el mayor flujo financiero por el cambio climático obliga a ello.

«La reducción de la pobreza está directamente vinculada con el cambio climático»

¿Qué consecuencias puede tener el auge del negacionismo trumpiano en países como Brasil?

El negacionismo no tiene espacio. Cuando Trump avisa de que se retira del Acuerdo de París, que retomaría la industria del carbón para generar más empleo y que haría de América un país grande de nuevo, se queda en intenciones. Han pasado dos años y vemos que no se ha abierto ni una sola nueva planta térmica, al revés, han cerrado más en este periodo proporcionalmente que en el pasado. La tendencia de abandonar el carbón se dará sí o sí, sin perjuicio de que tengamos un presidente como Trump que quiera volver al siglo XX pensando que así su país generará una mayor capacidad económica. El negacionismo no tiene espacio porque la tendencia es irreversible, no solo por el Acuerdo de París sino por las tendencias en los mercados, el comportamiento de las empresas y la demanda de los consumidores. Por mucho que los negacionistas traten de ponerse una venda en los ojos, están las evidencias físicas y científicas del cambio climático, que son imposibles de negar. ¿Cómo negar la magnitud y frecuencia de los incendios en California o España, el retroceso de los polos, de los glaciares, la mayor presencia de los huracanes..? No hay que olvidar que, días después de que Trump hiciera este anuncio, un grupo de más de doscientos firmantes, entre corporaciones, universidades y organizaciones de la sociedad civil lanzaron una iniciativa, Seguimos dentro, por la cual se desvinculaban del anuncio del presidente y seguían aplicando su agenda climática.

¿Qué están aportando los nuevos liderazgos en Francia, China o Canadá a la lucha contra el cambio climático?

Los liderazgos siempre pueden ser cambiantes. Si tenemos claro que en 2050 la temperatura no puede haber aumentado más de 1,5 grados hemos de saber también que será un camino lleno de accidentes, obstáculos, límites que no nos deben detener. Macron ejerce un gran liderazgo, pero sus decisiones políticas, que son correctas en cuanto a compromiso climático, le están reportando un coste social importante. Eso nos deja una lección importante: cuando uno adopta una decisión responsable con una lógica climática, ha de saber que tendrá consecuencias positivas pero también puede reportar consecuencias negativas que afecten a los más pobres, por tanto, uno está obligado a contemplar medidas sociales que lo evite. En el caso de China, es cierto que demuestra un liderazgo en el debate y en el apoyo al proceso, pero se espera que lo que exporte sea tecnología limpia y no cree nuevas plantas de carbón ni exporte tecnología obsoleta que pueda generar problemas fuera de China, porque los efectos, al final, son globales. En el caso de Canadá hay un liderazgo claro, y en Alemania también, pero no ha establecido un plazo claro para salir del carbón. Los liderazgos se enfrentan internamente a sus propias dificultades económicas y por eso hay que incidir en que el cambio sea real y el liderazgo visible, pero reflejado en acciones concretas.

Detengámonos en la energía nuclear, ya que un número cada vez más numeroso de ambientalistas la defienden como alternativa a los combustibles fósiles, compaginada con las renovables. ¿Qué opina?

«En la medida en que no pueda asegurarse una total seguridad de la energía nuclear, esta no es deseable»

Es un tema complejo. Está claro que es una energía sin emisiones, eso es algo innegable, pero es una fuente energética que ha mostrado consecuencias muy negativas en relación a la salud y seguridad de los pobladores. Dos nombres: Chernobyl y Fukushima. Muchos países, como Alemania, han salido de la energía nuclear y otros ya han establecido plazos para ello, a veces pospuestos, como en el caso de Francia. En la medida en que no pueda asegurarse una absoluta seguridad en el manejo de la energía nuclear, esta no es deseable. A este respecto, hay que considerar que la tecnología que promueve las energías limpias (fotovoltaica, eólica, mareomotriz, etc.) se ha incrementado significativamente y su incidencia en la economía ha crecido, disminuyendo su precio. Creo que hay que apostar por este camino, frente a soluciones que parecen más rápidas y eficientes pero menos seguras.

¿Es posible abordar la Agenda 2030 sin ofrecer respuestas contundentes en la lucha contra el cambio climático?

Estamos en un momento en el que debemos articular agendas, más aún cuando pensamos en países en vías de desarrollo donde no existen las capacidades técnicas, financieras ni humanas para administrar tantas obligaciones de convenios y acuerdos. Habría que articular los objetivos de la convención para que las acciones domésticas tengan efectos múltiples. Reducir el hambre y la pobreza tiene que ver con el cambio climático. Cuando uno mira los ODS, se da cuenta de que todos tienen un nivel de vínculos, ya sea salud, bosques, gobernanza, océanos, hambre… Hay un tema que estamos dejando de lado: la naturaleza. Los datos de pérdida de especies y degradación de ecosistemas son alarmantes. Por ello, junto con WWF, estamos trabajando para que en 2020 el mundo adopte un acuerdo por la naturaleza, la pieza que falta para poder integrar todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Si seguimos perdiendo especies, degradando ecosistemas o manejando inadecuadamente la parte genética, estamos quitando la base de la economía y del crecimiento sostenible en los países.

¿Y qué podemos hacer nosotros, como ciudadanos?

Como ciudadanos y consumidores, mucho. Cambiar nuestra dieta, minimizar nuestro consumo de energía y nuestra forma de transporte, no utilizar plásticos o, por ejemplo, ser conscientes de la cantidad de objetos que no nos son necesarios en nuestro día a día. El ser humano no es perverso ni malo por naturaleza, sino creativo e innovador. Por ejemplo, los gases EFC que afectan a la capa de ozono se introdujeron en su momento con un fin noble: evitar los gases tóxicos que se desprendían de ciertos electrodomésticos y que causaban incluso la muerte de personas. Después nos dimos cuenta de que impactaban en la capa de ozono. Los objetos de plástico se crean para sustituir al marfil, y los primeros automóviles para evitar la tracción de sangre o animal. El problema es que pensamos que inventaremos algo que recuperará el planeta y, en algunos casos, no hay alternativa posible.

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