Opinión

La sal de la Tierra: el planeta frente al objetivo de Sebastião Salgado

La obra de Sebastião Salgado tiene la virtud de advertirnos de que el odio puede llegar a ser contagioso y la brutalidad no es monopolio de países poco avanzados o lejanos. ‘Génesis’, su último proyecto, arroja esperanza sobre las posibilidades de recuperación del planeta.

Fotografía

Sebastião Salgado
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12
Jul
2019
Salgado

«Al principio Dios creó el cielo y la tierra». — Génesis I.1

Recientemente se publicaba en un noticiario televisivo que la «zona de alienación» de Chernóbil, despoblada obligatoriamente por el alto nivel de radiación desde la catástrofe de la central nuclear, estaba siendo repoblada por especies animales: jabalíes, ciervos, lobos y otras especies. Al parecer, la mayor catástrofe nuclear de la historia, llevada recientemente a la pantalla en una serie que ha tenido gran éxito, ha permitido —a consecuencia de la desaparición del hombre en esa zona— el resurgir de numerosos animales que han sabido adaptarse a ese nuevo hábitat.

Esta sorprendente noticia hizo que viniera a mi memoria la magnífica obra de regeneración de la selva atlántica llevada a cabo por el matrimonio Sebastião Salgado y Lélia Wanick en la finca familiar del fotógrafo. El terreno de seiscientas hectáreas era un vergel en la infancia de Salgado pero, coincidiendo con el final de la vida de su padre, llegó a convertirse, por la sequía y la acción del ganado, en un lugar yermo y totalmente erosionado. Esa finca, donde la vegetación y la fauna habían llegado a desaparecer totalmente, renació  por el impulso de Lélia y llegó a transformarse en poco más de diez años en nuevo vergel. Así, El instituto tierra —que actualmente ya no pertenece a la familia Salgado—, hoy constituye un parque nacional con más de mil fuentes y dos millones y medio de árboles: la fauna en toda su diversidad ha regresado.

Quien fuera galardonado con el Príncipe de Asturias de las Artes en 1998 llevó a cabo este proyecto junto a su esposa, tras entrar en crisis a su vuelta de Ruanda. En ese viaje realizó la serie fotográfica Éxodo, formada por unas instantáneas que obligaron a Salgado a sumergirse en «el corazón de las tinieblas» y a ser testigo en primera persona de la barbarie humana, de la terrible e inimaginable crueldad de los hombres. Después de esa experiencia traumática, el fotógrafo tuvo que regresar a su Brasil natal, enfermo, más que del cuerpo, del alma.

«La mayor catástrofe nuclear de la historia ha permitido el resurgir de numerosos animales que han sabido adaptarse a ese nuevo hábitat»

Tras iniciar la tarea de repoblar de selva atlántica la finca familiar, el matrimonio comenzó a observar y a reflexionar sobre el pronto resurgir de la naturaleza. Esto hizo renacer una arrebatada y comprometida vocación —ya adulto, casi por casualidad— en quien hasta entonces había sido un fotógrafo social, tras abandonar un prometedor puesto en la Organización Internacional del Trabajo para la que trabajaba como economista.

La ilusión de Salgado era emprender un nuevo proyecto con el objetivo fotografiar aquellas partes del planeta cuya naturaleza, animales y seres humanos se encontrase igual que al principio de los tiempos: desde las iguanas de las islas Galápagos —que quizás contemplara el mismo Darwin — a los leones marinos de  la Antártida, pasando por nuestros primos los grandes primates de África. También las imágenes infinitas de los páramos que transitan los nenets —el pueblo nómada de Siberia que migra periódicamente a través de la península de Yamal y cruza los 48 kilómetros de las aguas congeladas del río Obi, con temperaturas que rondan en invierno los 50°C bajo cero— o la vida sencillamente feliz de los Zo-és, una pequeña y aislada tribu amazónica que vive en total libertad y en perfecta comunión con la naturaleza.

Salgado

Antes de compartir la esperanza que transmite Génesis, este último proyecto fotográfico de Salgado, resulta francamente recomendable ver y reflexionar sobre sus anteriores trabajos, que le valieron el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 1998 «por haber  sabido retratar la condición humana y evidenciar las desigualdades del mundo actual con un lenguaje plástico personal, profundo, poético y de alta calidad formal», según destacó el jurado.

«La serie fotográfica ‘Éxodo’ obligó a Salgado a ser testigo en primera persona de la barbarie humana»

Esos proyectos fotográficos en los que se sumergió Salgado no se conciben sin la colaboración callada y humilde de su esposa desde su primer gran reportaje, Otras Américas (1977-1984), pasando por Sahel (1984-986), Trabajadores (1986-1991), Yugoslavia (1993-1994) o Éxodo (1993-1999), una radiografía magna de las migraciones masivas de las últimas décadas, provocadas por la hambruna, los desastres naturales o el infierno de las guerras y las persecuciones genocidas, como la de Ruanda. Todos ellos constituyen un testimonio de los claroscuros de la especie humana y tienen una envergadura, profundidad y repercusión tal que se convierten en un legado imprescindible para entender la historia moderna de la humanidad.

Frente aquellos que criticaron a Salgado por exponer de manera bella situaciones dramáticas se alza cada una de sus fotografías. Cada instantánea es un editorial que nos enfrenta, más que cualquier palabra, a la historia de la miseria, del odio o del amor, del trabajo manual o de la destrucción provocada por el hombre. Salgado tiene la virtud de conseguir que el fotografiado le ofrezca todo su ser, su deseo de sobrevivir o abandonar el mundo o su propia manera de ver el entorno en función de historia.

Salgado

Desde las fotografías dantescas de Serra Pelada –la que fuera la mayor explotación de oro a cielo abierto del mundo, fotografiada por Salgado como una Babel de otros tiempos, donde miles de personas acarrean, desde un profundo agujero, sacos de tierra en cuyo interior podían hallarse las pepitas de oro que les permitieran hacerse ricos–, hasta la decencia y gallardía que transmite la mirada profunda de los tuareg, pasando por el trabajo de los bomberos de Calgary en el infierno apocalíptico de los ardientes pozos de petróleo en Kuwait. Desde las impresionantes imágenes de los ojos abiertos de los niños coptos muertos poco después de nacer hasta las no menos imponentes fotografías de los desplazamientos masivos tras las hambrunas y guerras en Sudán o Yugoslavia. Cada una de esas fotografías nos abofetea la conciencia y nos habla de la sinrazón y barbarie humana, de tantos desamparados que mueren sin la más mínima oportunidad o de la entereza que demuestran, a pesar de circunstancias, tantos otros —como aquel niño de ocho o nueve años que lleva por todo vestido una camisa hecha jirones, pero cuyo porte nos habla de su determinación por seguir vivo—. Su obra tiene la virtud de poner el foco en la existencia de vidas injustificadamente desoladas o de advertirnos de que el odio puede llegar a ser contagioso y la brutalidad no es monopolio de países poco avanzados o lejanos, como reflejan las fotografías tomadas durante la guerra de la antigua Yugoslavia.

«Todas las obras de Salgado constituyen un testimonio de los claroscuros de la especie humana»

En el año 2014 se estrenó el largometraje La sal de la Tierra, que resume la obra del fotógrafo brasileño y recoge con acierto las mejores fotografías y recuerdos familiares de Salgado, su mujer y sus hijos, e incluye entrevistas con el laureado y comprometido artista. La película fue dirigida por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, el hijo mayor del artista quien –como para recuperar el tiempo perdido durante su infancia y adolescencia en la que no pudo disfrutar de su padre, ausente durante los largos periodos de tiempo–, le acompañó en su último trabajo por cuatro continentes en un épico viaje de ocho años por los lugares más recónditos del planeta, observando los animales más salvajes y a  los pueblos que consiguieron escapar del influjo de la civilización.

El proyecto Génesis nos habla de la esperanza de recuperación que tiene el planeta e insiste en la posibilidad de replicar la iniciativa del matrimonio Salgado en cualquier parte del mundo. También, de la capacidad de entender que los humanos somos tan naturaleza como una tortuga o un árbol, de que nosotros mismos somos tierra. Como escribe el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si, «nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y nos restaura». O, en palabras del propio Salgado, «quizás podamos llegar a entender un poco el concepto de eternidad cuando nos fijemos en el retoño de un árbol pensando que alcanzará su plenitud dentro de cuatrocientos años».

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