Opinión

Alfredo Pérez Rubalcaba, un moderno Cincinato

Rubalcaba creía en lo que hacía y trataba de ser coherente, sabedor de que, cuando asumimos nuestras propias contradicciones, somos mucho más humanos.

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13
May
2019
Rubalcaba

«Los cambistas han abandonado sus tronos en el templo de nuestra civilización. Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en la que apliquemos valores más sociales que el mero beneficio económico», proclamó en su muy actual discurso de investidura, en 1933, el que fuera presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Él es, sin duda, un referente al que conviene acudir de vez en cuando aunque, en esta época, la moda es olvidar los ejemplos y abrazarnos a las consignas y proclamas de los influencers, una tarea mercenaria que se paga a buen precio.

Cuento esto porque, con motivo de la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba, se ha puesto de relieve, una vez más, nuestro redomado carácter hiperbólico, singularmente cuando de necrológicas se trata, aunque en este caso la exageración no sea tanta. Todos los comentaristas, del ámbito que sea, han destacado la altura intelectual del que fuera Vicepresidente del Gobierno y Secretario General del PSOE. Además, han elogiado su inteligencia y capacidad de diálogo y pacto y, lo que es más importante, su altura de miras, su visión a largo plazo y su sentido de Estado. Aún con sombras, estábamos, no cabe duda, ante un hombre de luces, ante un político de raza, generoso en afectos, un personaje al que convenía volver los ojos en los momentos de duda y/o desesperanza y escuchar su análisis de la realidad política y sus orientadores consejos, como ahora hemos sabido que muchos hacían. Rubalcaba creía en lo que hacía, y trataba de ser coherente, sabedor de que, cuando asumimos nuestras propias contradicciones, somos mucho más humanos.

«El galardón de las buenas obras, escribió Séneca, es haberlas hecho. Fuera de ellas, no hay otro premio digno»

Rubalcaba abandonó la política activa en 2014 y volvió a su plaza de profesor de Química en la Universidad Complutense de Madrid. No quiso ocupar ninguno de los puestos de relumbrón que se le ofrecieron. En estos tiempos, eso solo se hace si se cree en lo que se predica y, además, si uno está convencido -y así era- de que la Universidad debe liderar un proceso de transformación que suponga variar conductas, valores y comportamientos, sobre todo comportamientos inertes que nos atan al pasado y nos arrastran al agotamiento. Educar es el camino porque, no lo olvidemos, liderar es también educar. La Universidad líder debe ser capaz de vivir -y de resistir también-, un cambio que le acerque a la siempre incierta realidad y nos ayude como seres humanos a buscar la verdad y a reforzar los fundamentos morales y éticos de una Sociedad que se ha hecho frágil y temerosa. Y en eso se empeñó Rubalcaba durante los últimos años de su fecunda existencia: en educar ciudadanos, ni más ni menos.

Su renuncia a la política activa nos acerca a Cincinato, aquel caudillo romano que, hace dos mil quinientos años, tras derrotar a los ecuos y liberar a Minucio -es decir, cumplido su deber y el encargo del Senado de Roma-, huyendo de tentaciones y de las voces que le pedían continuar en el cargo, abandonó la magistratura a los dieciséis días y volvió a su casa y retomó sus labores agrícolas con las manos limpias y vacías: llenas de valor. El galardón de las buenas obras, escribió Séneca, es haberlas hecho. Fuera de ellas, no hay otro premio digno.

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