Medio Ambiente

«La producción de alimentos es una amenaza tan grande como el cambio climático»

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Alejandra Espino
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25
Ene
2019
juan carlos del olmo

Han pasado cincuenta años desde que el Apolo 8 tomara aquella famosa foto de la Tierra, insignificante en la inmensidad del espacio. Nos lo recuerda Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF en España: «Nuestro modelo de consumo nos demuestra que seguimos sin entenderlo». En Ethic hemos querido conversar con él para conocer de primera mano la salud de nuestro planeta. Tomen nota.

¿Qué riesgos implicaría no limitar el calentamiento global a los 1,5 grados de máxima, tal y como se estableció en aquel pacto climático de 2015 cuyas metas están aún lejanas, según la ONU?

Los riesgos son bien conocidos, sobre todo después de las advertencias del último informe del Panel de Cambio Climático. Estamos en un momento en que cada décima que aumenta intensifica los riesgos en el planeta. Aparte de los conocidos (impactos sociales, económicos, medioambientales) supone un punto de no retorno, que obligará a que las decisiones sean más drásticas y radicales para afrontar el cambio climático. La COP 24 fue una cumbre importante, todas lo son, que verifica el compromiso de los países, comprueba que los planes de trabajo están alineados, si están siendo serios, si existe esa solidaridad imprescindible para que se produzca la transición energética en el mundo y para saber si los Estados están aportando el dinero suficiente sobre la mesa para que los países que han de cambiar sus economías puedan hacerlo. Es fundamental seguir avanzando en alianzas multilaterales, ya no se trata de un asunto de las asociaciones ecologistas, sino de toda la sociedad, por eso parte de nuestra estrategia es buscar alianzas público-privadas, algo clave y estratégico. Es en ese terreno donde se están produciendo los grandes avances, más que en legislaciones nacionales, por ejemplo. El esfuerzo común de la sociedad civil, los Estados, las empresas y las ciudades que trabajan como entidades coordinada está creando un fuerte sistema inmunológico.

¿Es ese tejido el que permitió, por ejemplo, que casi un centenar de ciudades estadounidenses se unieran para plantarle cara a Trump y a sus políticas negacionistas?

Trump, como todos los negacionistas, provoca dos efectos. Por un lado, desmantelar toda la infraestructura legal y medioambiental de vanguardia con la que contaba Estados Unidos, algo terrible, porque tardará muchos años, puede que décadas, en recuperarse. Por otro, una reacción en una sociedad muy convencida y movilizada, Estados rebeldes, ciudades como Nueva York, que se plantean denunciar a las petroleras… Una cosa interesante de la pasada Cumbre de Polonia, a pesar de Trump, Bolsonaro y tantos otros como la propia Polonia, es que los países siguen comprometidos, no se bajan de ese acuerdo. Aunque sea lentamente, seguimos avanzando. Trump tiene un efecto movilizador. No lo digo como algo positivo; lo ideal sería tener un líder en Estados Unidos capaz de hacer que el resto de países sumen, eso nos permitiría ir mucho más rápido y mejor.

En una entrevista reciente para Ethic, la académica Kate Raworth, autora de Economía rosquilla, afirmaba que «la economía no tiene en cuenta el planeta en que vivimos» y reivindicaba que la medición del crecimiento de un país dejara de limitarse a la curva del PIB. ¿Deberían contemplarse los ODS en ese índice de desarrollo?

«Si no logramos frenar la pérdida de biodiversidad, no garantizaremos nuestra economía ni nuestra salud»

Totalmente. Una de las razones de que vayamos hacia la catástrofe desde el punto de vista de los recursos naturales del planeta es que midamos la riqueza en términos de PIB, sin tener en cuenta el valor de los ecosistemas y los recursos naturales. España también. Ese es uno de los grandes desafíos para los próximos años: volver a explicar a la sociedad, a los políticos, a los economistas, a las escuelas de negocio que el agua que necesitamos para vivir, como el resto de los recursos naturales, tienen que provenir de ecosistema sanos, y si no, no funcionan; si no lo contemplamos así, viviremos por encima de nuestras posibilidades. Acabamos de publicar el Informe Planeta vivo, en el que analizamos la evolución de la naturaleza y la huella ecológica. Nuestra civilización ha ido pasando de superávit ambiental a déficit: utilizamos recursos naturales de otras naciones. O ajustamos nuestro crecimiento económico a la capacidad de nuestros ecosistemas o estaremos en una situación muy peligrosa.

A pesar de la multitud de debates en torno a la descarbonización de la economía, las emisiones de CO2 alcanzaron su récord histórico en 2018, según los últimos informes científicos. Y lo peor de todo: avanzan que en el 2019 volverán a subir, a menos que haya una nueva crisis económica mundial. Es decir, se siguen contraponiendo los conceptos de sostenibilidad y de progreso.

Ahora se cumplen cincuenta años de la foto de la Tierra que tomara el Apolo 8. Fue entonces cuando empezamos a entender que el planeta era algo limitado en el espacio, pero en este medio siglo no hemos sido conscientes de ello, seguimos creciendo de forma insostenible. Nuestro nivel de consumo tiene que mermar, y eso no supone que merme nuestra calidad de vida. Nuestro modelo de crecimiento es ilimitado, y hay que cambiar ese paradigma o no podremos abordar de manera seria el resto de problemas. Además, está basado en la quema de combustibles fósiles. En algunos países ese cambio indispensable de modelo costará más. Existe una resistencia brutal al cambio, incluso desde los sindicatos. No se acaba de entender que cuanto más tardemos en dar el giro hacia ese modelo, menor será el impacto y las pérdidas. España tiene un ministerio de Transición Energética, pero se enfrenta a una resistencia enorme. Por otro lado, tendemos a mirar el mundo desde la óptica de Europa, donde se avanza, pero otras partes del planeta necesitan que las ayudamos, que cooperamos. Debemos volcamos en facilitar esa transición.

juan carlos del olmo

¿Crees que el Gobierno está poniendo todos sus esfuerzos? ¿Es suficientemente ambiciosa la Ley de Cambio Climático y Transición Energética?

En lo público hay un cambio de discurso muy importante, liderado por el propio presidente de Gobierno. En todas sus intervenciones menciona su compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París. Esto es un avance muy importante, pero hay que pasar de las palabras a los hechos y ver si eso se materializa. Tenemos la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el Plan de Energía y Clima que ha de presentar a la Unión Europa y la Estrategia de Transición Energética. Eso será prueba del algodón del compromiso del Gobierno. Están alineadas por primera vez en mucho tiempo las prioridades, eso es un gran logro, y las personas que están al frente del ministerio de Transición son muy competentes. Ahora, la resistencia es enorme en todos los ámbitos, incluso dentro del propio Gobierno, ya que hablamos de algo que tiene un calado trasversal, que toca Trabajo, Agricultura… es normal que haya fricciones, incluso dentro del mismo Ministerio es complejo, porque nació con una vocación ecologista que actúa en el terreno de la energía, que tradicionalmente plantea intereses contrapuestos. Una prueba de esa resistencia es la reacción de la industria del automóvil. Es curioso, sin embargo, que las empresas energéticas, que conforman el lobby más refractario en lo referido a avanzar en renovables (por cierto, el objetivo de la Ley es inmejorable, ya que contempla el cien por cien), se están mostrando bastante colaborativas, asumen que tienen que cerrar y diversificar y cambiar su negocio.  Nosotros estamos esperando a ver finalmente los borradores. La Ley tiene herramientas necesarias para ser una buena ley, pero vamos a pedir más ambición y menos tiempo en el cumplimiento de plazos, aunque nos falta ver el calendario de cierre de las centrales térmicas y de las nucleares. Tenemos que estudiar hasta qué punto se concretan ciertos puntos, pero se están haciendo esfuerzos importantes, así que estamos esperanzados.

«La defensa de la naturaleza en España está en bancarrota»

¿Cuáles son esos puntos?

La Ley tiene, por un lado, que fijar ciertos objetivos que marquen la tendencia, hacia dónde irán las políticas e inversiones. Por ejemplo, poniendo fin a prácticas como el fracking. En España, las inversiones en combustibles fósiles –que eran muchas y muy cuantiosas– van a redirigirse hacia energía limpias. Esto ya supone un gran avance. Queda impulsar la fiscalidad ambiental, ya que en este terreno somos de los más atrasados de la OCDE.

¿Cómo debería ser esa fiscalidad? ¿Hay países referentes en esta materia?

Primero habría que identificar qué impuestos están beneficiando a los combustibles fósiles, a las formas de producción insostenibles, que están depredando los recursos naturales, y luego habría que reconducirlos en la dirección correcta. Podemos hablar de impuestos a determinados combustibles, del apoyo a determinadas formas de agricultura intensiva, de muchos subsidios perversos. Por otro lado, habría que estimular impuestos que promocionen la agricultura ecológica, la producción sostenible, la economía circular, las energías renovables. Tal y como establece el Acuerdo de París. No es sencillo, pero es vital.

Otra manera de redirigir esos flujos es mediante la desinversión en combustibles fósiles.

Tenemos un programa enfocado a trabajar con grandes inversores y redirigir sus objetivos en el ámbito mundial, también en España. Tratamos de que los fondos de inversión y los bancos de desarrollo caminen en la dirección correcta. Fuimos muy críticos con el hecho de que el Acuerdo de París no fuera vinculante, lo que nos obliga a redoblar esfuerzos. Así que estamos explicando a los grandes inversores que, en los próximos cuarenta años, se va a descarbonizar el planeta, por lo que no pueden invertir en la dirección equivocada, sino hacerlo en renovables. Los bancos tienen un papel muy importante, al igual que los grandes fondos de inversión en este sentido.

Cambiando de tercio. El ambientalista Michael Shellenberger, a quien entrevistamos hace unos meses, asegura que la energía nuclear es la gran alternativa a los combustibles fósiles. Asegura que una estrategia centrada solo en las renovables no es suficiente, porque tienen muchas limitaciones.

Es un viejo debate. Ir a la velocidad que requiere la lucha contra el cambio climático no es algo sencillo, pero estamos convencidos de que no podemos avanzar hacia un futuro mejor dejando un pasivo como los residuos nucleares a las generaciones futuras. Podemos desarrollar el despliegue de energías alternativas y renovables, como se está haciendo en España, con un calendario ordenado de cierre de las nucleares, pero no tiene sentido seguir apostando por ellas replanteándonos el modelo energético desde la base. Además. La energía nuclear tiene un coste muy alto, no solo en cuanto a la construcción de centrales y mantenimiento de estas, sino en lo que se refiere al tratamiento de residuos. Pongamos esos recursos económicos en las energías del futuro.

«La Ley de Cambio Climático tiene las herramientas para ser una buena ley. Pero pedimos más ambición»

Vuestro Informe Planeta Vivo, que antes mencionabas, alerta de que la biodiversidad desciende vertiginosamente y habrá un 60% menos de vertebrados en treinta años.

Existe poca conciencia de lo necesario que es proteger la naturaleza, sus ecosistemas. No solo es que nos estemos quedando sin elefantes, algo de por sí terrible, sino que los ecosistemas están cada vez más contaminados y degradados, los bosques tropicales están desapareciendo… Si no logramos frenar la pérdida de biodiversidad, no garantizaremos nuestra economía ni nuestra salud. Cuando una especie desaparece, un biosistema se transforma, y eso ya es irreversible. Por eso, la transición ecológica, no puede ser una transición energética únicamente. La defensa de la naturaleza en España está en bancarrota, se ha reducido desde la crisis hasta niveles de países en desarrollo, se han mermado los técnicos que trabajan en conservación, la capacidad de las consejerías… Se ha desatendido enormemente al tiempo que hemos invertido en la PAC, es decir, en pesticidas, en sobreexplotar acuíferos, en llanuras cerealistas… Fíjate en los Parques Nacionales: se ha reducido un tercio su presupuesto. Hemos pasado de ser la figura de protección que inspiraba las prácticas y políticas de conservación a tener parques infradotados. Hay que poner a la naturaleza al nivel de las decisiones políticas. Pocos políticos hablan de ella. Esta es la gran asignatura pendiente. No se acaba de asumir que, igual que el cambio energético es trasversal, la protección de la naturaleza también. Nos estamos quedando solos en el planeta. No solo desaparecen las grandes especies, hay otras muchas que desaparecen sin llamar la atención.

juan carlos del olmo

¿Qué papel tienen las ciudades, las grandes consumidoras de biodiversidad, en la regeneración de los ecosistemas?

Las ciudades, como ser vivo que son, tienen los dos papeles: por un lado, su impacto como grandes consumidores de naturaleza y de biodiversidad y, por otro, su papel en cuanto a la renaturalización urbana. Esto tiene que ver con la calidad de vida. Madrid es un buen ejemplo: la Casa de Campo conecta con el Monte del Pardo, tenemos la Sierra de Madrid, el Parque Nacional del Guadarrama… Y Madrid Río demuestra cómo, con una actuación muy pequeña, se crea una zona de naturaleza que antes no existía. Las ciudades han de permearse al campo, no puede haber una barrera entre ambos. Además, se da el hecho de que gran parte de la fauna está entrando en la ciudad, como las palomas torcaces y muchas otras especies, y eso tiene que ver con el grado de sensibilidad: a medida que las sociedades avanzan, la gente es más tolerante a la propia naturaleza y a la fauna. Tenemos que hacer que la ciudad sea menos devoradora de energía, de agua y de recursos naturales.

Los estudios sostienen que, para abastecer a toda la población de aquí a finales de siglo, tendremos que duplicar la producción de alimentos. Sin embargo, desperdiciamos cada año el 30% de los alimentos que producimos.

En gran medida, la destrucción de la naturaleza y la biodiversidad está vinculada a la producción de alimentos; la alteración de sistemas de agua dulces, de los ecosistemas de los ríos, tiene que ver con el aumento del regadío por los cultivos; los bosques tropicales están diezmándose por la producción del aceite de palma que se emplea en alimentación y obtención de combustible; los bosques tropicales latinoamericanos están disminuyendo por el cultivo de la soja que se utiliza para obtener carne, engordando al ganado. Hay diez o doce materias primas que están detrás de la destrucción del planeta, y que se utilizan para abastecer a la población. Se puede reducir el consumo y se puede producir mejor. Para la obtención de carne, cuyo consumo sigue creciendo de manera disparatada, se requiere un alto consumo de agua, cereales, soja, etc., además de las emisiones de CO2 que conlleva. Podríamos llevar una dieta más vegetariana y apostar, sobre todo en el caso de España, por cambiar nuestro modelo de agricultura. Ahora es el momento, ya que se va a discutir el futuro de la política agraria comunitaria. Debemos apostar por un modelo que produzca alimentos de calidad y que mantenga sistemas de producción respetuosos con el medio ambiente, como los olivares de montaña, la dehesa, la ganadería extensiva, el secano… de gran valor, pero marginados, en cuanto a que no reciben apoyo público. Todo ello sin olvidar el desperdicio de alimentos, un gran problema. La producción de alimentos es una amenaza tan grande como el cambio climático.

«Qué no estará ocurriendo dentro del mar si lo que nos llega a la tierra es el cuerpo de un cachalote lleno de plásticos»

Hablemos de otro gran desafío, el de las migraciones climáticas. Algunas islas del Pacífico están desapareciendo, literalmente, bajo las aguas. Kiribati, un país-atolón en el Pacífico Central, comienza a evacuar a algunos de sus habitantes. ¿Cambiará de una vez por todas la definición de refugiado, tan inadaptada, para incluir a los refugiados del clima?

Es uno de los grandísimos desafíos, no del futuro, sino del presente. El estatus de refugiado se ajusta, hoy por hoy, a la persecución política o la carencia de derechos humanos, pero habría que saber cuántos refugiados climáticos o ambientales llegan a España. En el norte de África emigran porque sus recursos pesqueros han sido esquilmados por los super arrastreros holandeses o las flotas europeas. Hay refugiados no solo climáticos sino también ecológicos, que sin duda van a crecer. La ONU aporta cifras muy preocupantes. España va a tener una enorme responsabilidad por su situación geográfica. Al igual que hablamos de cooperación internacional y de ayuda al desarrollo, es importante el poner fondos y dinero sobre la mesa para la adaptación de ciertos países al cambio climático. Es casi un acto de justicia, porque somos los países industrializados los que hemos generado el problema del cambio climático y los países que luchan por su desarrollo quienes sufren las consecuencias del nuestro.

Otro gravísimo problema es el de los plásticos que invaden nuestros mares y océanos. Se han publicado informes recientemente que alertan de que el 100% de las tortugas marinas tienen microplásticos en el estómago, o que el 90% de la sal que usamos para cocinar tiene plástico. En efecto, se trata de un atentado contra el planeta, pero también contra nosotros mismos.

El informe Atrapados en plástico define muy bien la situación en la que se encuentra la humanidad. Pocos problemas han tenido un impacto social tan grande como ver que el propio mar nos escupe el plástico, cuyas sustancias químicas ya están en nuestra sangre, en nuestros intestinos. Da terror pensar lo que puede estar ocurriendo en los océanos al ver, por ejemplo, la imagen de aquel cachalote en Almería con mil fragmentos de plástico, con bidones dentro. Qué no estará ocurriendo dentro del mar si eso es lo que nos llega a la tierra. El problema del plástico es un espejo de nuestro modelo de desarrollo, de nuestro consumo de usar y tirar. Por fortuna, la reacción de la sociedad está siendo muy rápida. La gente se ha dado cuenta de la gravedad de los problemas ambientales sobre los que venían advirtiendo los ecologistas porque lo están viendo en directo, a tiempo real.

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