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Medio Ambiente

Toni Timoner y Luis Quiroga

«No es que el capitalismo pueda ser verde, es que ya lo es»

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26
agosto
2026

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Si se le pidiese a una persona cualquiera que describiese a un ecologista, posiblemente acabaría cayendo en ciertos lugares comunes. Ama la naturaleza, recicla, es de izquierdas. Es el retrato robot colectivo, ya una especie de estereotipo. Pero ¿es realmente el ecologismo una cuestión de izquierdas? Toni Timoner y Luis Quiroga, los cofundadores del think tank Oikos, defienden que no y eso es lo que tratan en su libro conjunto, ‘El ecologista de derechas’. En su ensayo no solo matizan el tropo de que todo lo verde se conecte con la izquierda, sino que aseguran también que esta se ha apropiado del ecologismo como concepto y como terreno de batalla, desplazando a la derecha de un debate en el que, prometen, tiene parte y tradición.


En el libro dedicáis un amplio espacio a hablar de las posiciones de la izquierda y la culpáis de haberse adueñado del mensaje ecologista, pero ¿no debería también la derecha hacer examen de conciencia? ¿Preguntarse si no se ha esforzado en posicionarse y, sobre todo, si se está conectando a posiciones que están justamente en lo opuesto?

Luis Quiroga: Son dos preguntas diferentes. En la primera, sobre la responsabilidad compartida, no lo negamos. Dedicamos más páginas a la crítica del relato ecologista de la izquierda que a la autocrítica de la derecha, pero ambas existen dentro del libro. Lo hacemos porque este libro está principalmente orientado a un público de centro derecha, que lleva muchos años siendo permeado por esa lluvia fina del relato medioambiental de izquierda. Hay muchos mitos por deshacer y eso requiere páginas.

Toni Timoner: Añadiría un punto importante. La posición de cierta derecha escéptica (es minoritario el negacionismo) no sale de la nada. Surge de un contexto que es una reacción, precisamente, de suspicacia y falta de confianza al ecologismo que se ha apropiado la izquierda. Es importante que la izquierda entienda que, en la medida que hagan del ecologismo una herramienta para hacer políticas de izquierda, no pueden pretender que la gente lo abrace. En tanto se aborde este origen del problema, se podrá abordar después si la derecha no entra en el debate o, a lo mejor, no está donde tiene que estar.  Debemos romper ese círculo vicioso.

L.Q: Es fundamental. Postulamos que hay una autocrítica de la derecha, pero ¿dónde queda la de la izquierda? Naomi Klein dice textualmente que el ecologismo junta todas las reclamaciones históricas de la izquierda. En un mundo en el que no hubiese habido apropiación, no habría existido esa relación adversa de todas las derechas.

«No es cierto que la derecha moderada haya abrazado las posturas extremistas»

Aunque, y siguiendo con la derecha, justo está abrazando postulados que a la derecha más extremista le están dando réditos, ¿cómo se vuelve cuando te has alejado tanto o has abrazado ideas negacionistas?

L.Q. No es cierto que la derecha moderada haya abrazado las posturas extremistas. Este es un punto muy importante y hay que decirlo clarísimamente. Es una leyenda urbana. Eso de que el PP es negacionista es mentira. Es más, el PP ha hecho mucho [en políticas ecologistas], como contamos en el libro, y, si lo tomamos como ejemplo del centroderecha español, sus políticas medioambientales son de partido democristiano europeo, que asume los postulados que vienen de la estrategia climática europea. Sin embargo, estás diciendo que la percepción es que son como Vox. No tienen nada que ver sus políticas medioambientales.

Pese a toda la presión por la derecha dura, es sorprendente la resiliencia que tienen. Hay ejemplos concretos que siempre me dicen, como lo del cuñado de Rajoy.  Me parece un chascarrillo. No tuvo consecuencias prácticas desde el punto de vista de la política energética o climática. Seamos rigurosos con las calificaciones. El de la derecha dura es un tema aparte y completamente diferente, complejo aquí y aún más en Alemania o Estados Unidos.

Otro de los puntos que tocáis en el libro es que no veis los deadlines como algo que funcione. Pero, si no se marcan, ¿cómo se evita que las empresas y las administraciones públicas procrastinen? ¿Cómo evitar el dejar para mañana lo que puedes hacer hoy?

T.T. No es que digamos que no funcionen, es que no lo hacen. Llevo casi 10 años haciendo escenarios climáticos. Cada año, revisamos todas las previsiones y todos debemos asumir que hay otro deadline que no se cumple. A los políticos les gusta ponerlos porque es lo único que saben marcar y porque piensan que pueden capitalizarlo políticamente. Pero si no ponen estrategia, lo único que hacen es crear un trozo de papel inútil que frustra y da sensación de fracaso. Y hace que no se debata sobre la estrategia. Estrategia significa preguntarse qué tenemos que hacer, el coste beneficio o las áreas que podemos maximizar. Poniendo un deadline consiguen un gran titular, pero son actos virtuosos, virtue signaling, que luego tienen cero consecuencias.

L.Q. Mejor que los deadlines funciona el incentivo. Hagamos el símil con las resoluciones de Año Nuevo. Llega el uno de enero y te dices voy al gimnasio o a encontrar un trabajo nuevo. Pero no ocurren. Lo que sí te ayuda son los incentivos y la estrategia, es decir, tengo un plan para ir al gimnasio y luego voy al cine, que me gusta mucho. Funcionan mejor los incentivos positivos que los negativos.

«A los políticos les gustan los ‘deadlines’ porque piensan que pueden capitalizarlo políticamente»

También defendéis que el capitalismo puede ser la llave para lograr esos objetivos. ¿Cómo se conectan uno con otro? ¿Cómo puede ser el capitalismo verde?

T.T. No es que pueda serlo, es que ya lo es. Donde se han hecho los grandes avances en reducción de emisiones ha sido en las economías de mercado y, fundamentalmente, a través de incentivos, pero también permitiendo que las empresas tomen decisiones sobre eficiencias y decisiones monetarias. En el capitalismo, las decisiones se toman de acuerdo con la transmisión de información basada en precios. Es la definición de libro, pero es una que funciona muy bien aquí.  Si pones un precio del carbono, permites que la tecnología y las inversiones se desarrollen de forma que la fotovoltaica sea más competitiva, las decisiones se toman de forma orgánica y automática. En Estados Unidos, Trump deshizo las políticas de Biden y las renovables siguen a buen ritmo. ¿Por qué? Porque el sector privado hace sus cálculos y le sale a cuentas.

Hay que dejar que esas dinámicas tengan todo su recorrido posible, porque permiten movilizar grandes inversiones y sin necesidad de grandes gastos públicos.

¿Y cómo impacta en todo esto el contexto actual? La guerra en Ucrania nos hizo pensar en cómo desconectarnos de los combustibles fósiles y ahora se suma la incertidumbre causada por el cierre del Estrecho de Ormuz.

T.T. Es un incentivo adicional, porque es algo evidente. Se ha valorado y cuantificado. En mi trabajo, de hecho, hemos cuantificado que probablemente ayude a un 2 o 3% menos de emisiones globales a 5 o 10 años por cada microdecisión corporativa o personal que valore precios. Ahora mismo, no es que el precio de petróleo haya subido, es que se ha disparado también la perspectiva de que va a estar alto durante varios meses y quizás un año o dos. Cuando se tiene esa predicción, se hacen las cuentas y compensa pasarse a renovables.

Son procesos que exigen tiempo, pero quizás ha sido una bendición para el clima, no para quienes lo sufren que son muchos, porque el conflicto se está enquistando y está creando esa perspectiva de precios permanentemente altos para el petróleo. Por tanto, está creando ese punto de transición en el que compensa.

«El ecologismo de izquierdas ha sido históricamente urbanita y tiene una dificultad para entender la problemática del campo»

Tocando otro de los temas que abordáis en el libro, habláis del choque entre el mundo rural y el urbano y cómo las políticas climáticas se perciben como una imposición desde el segundo hacia el primero. ¿Se suma también el factor de que estas medidas se hacen desde un centro que está muchas veces lejos de lo que ocurre en esos lugares y que lo desconoce?

T.T. Sí, efectivamente. Hay varios factores. Una cosa es que al campo se le trata más como objeto que como sujeto. Es el objeto de debate de una élite urbana que puede ser pluralmente izquierda o derecha, pero que debate sobre el campo sin que este sea parte de la conversación. Eso genera mucha frustración.

Creo que el ecologismo de izquierdas ha sido históricamente urbanita y tiene una dificultad para entender la problemática del campo.  Sus problemas no se resuelven con las soluciones diseñadas desde la mente más urbana. Nace de algo que también comentamos en el libro, la visión un poco edenista del ecologismo de izquierdas, que piensa que la naturaleza debe ser una especie de jardín intocable y que el hombre la explota, que el único favor que puede hacerle es desaparecer y no tocarla.

Y ya para terminar, en el libro abordáis lo que debería asumir la derecha. Si os dejase hacer el programa ecologista de un partido de derechas ideal, ¿cuáles de esas cuestiones deberían ser prioritarias?

T.T. Pienso en dos. Una, que el ecologismo, en la manera que lo planteamos, es un acto patriótico, porque no deja de ser la conservación de unos elementos que conforman la identidad nacional. La identidad nacional no es solo lo que ocurre en las ciudades, en los monumentos o en una historia pasada. [Es también] el paisaje, los bosques o la fauna. Si queremos salvaguardarlos, debemos ser conservacionistas. Es un acto casi sentimentalmente patriótico.

Después, en el aspecto climático, apostar por las renovables es también una oportunidad económica, algo que puede resonar mucho con el espectro ideológico de centro derecha y derecha. Apostar por las renovables en un país que es absurdamente rico en sol y territorio tiene todo el sentido del mundo si queremos tener una estrategia de industrialización inteligente. España tiene esa ventaja competitiva, puede tener unos precios muy bajos de la electricidad si lo hace bien. Si lo hacemos correctamente, podemos dar con una ventaja competitiva y una transformación económica que España no había tenido quizás en muchas décadas o siglos.

Lo natural debe formar parte de esa ecuación de lo que es ser patriota y conservador. Es estratégico y un acto casi de soberanía nacional, porque resulta que así nos liberamos de dependencia de combustibles fósiles que sabemos que no tenemos en Europa.

«Lo natural debe formar parte de esa ecuación de lo que es ser patriota y conservador»

Justo esto conecta con un tema ahora ultra presente en los medios, el de la soberanía digital y tecnológica. Hablamos mucho de soberanía en estos últimos meses, en IA o en términos de kill switchs de la tecnología estadounidense de la que Europa es completamente dependiente. ¿Es este un debate que debemos extender a cuestiones energéticas? ¿Tendrá un efecto llamada para que estos temas se incorporen a la agenda de los partidos de derechas?

T.T. Yo creo que ya lo está teniendo. Ya está permeando esa idea de la soberanía estratégica y, sobre todo, la idea del elemento industrial energético. La soberanía estratégica ya forma parte de los objetivos programáticos de los partidos de centro derecha (o de derecha en general) en España. Por ejemplo, en Andalucía, donde el PP tiene poder, están apostando muy fuerte por las renovables, porque ven ahí la manera de poder tener esa ventaja competitiva que atraiga industria. Esa industria de manera agregada a nivel europeo puede reemplazar las dependencias externas.

Lo único que habría que añadir aquí como advertencia es que no podemos acabar sustituyendo una dependencia geopolítica externa por otra. Si en todo este proceso nos volvemos sobredependientes de la cadena de suministro de China en cuanto a tecnología fotovoltaica, coches eléctricos, etcétera, nuestra capacidad para generar energía renovable dependería en el futuro de nuestro acceso a esas tecnologías o suministros. Quizás en el futuro puede acabar convirtiéndose en una [vía de] extorsión geopolítica, que es lo que nos ha pasado con Estados Unidos.

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