La máquina azul
Los océanos cubren el 70% del planeta; sin ellos, la vida como la conocemos no sería posible. En el libro ‘La máquina azul. Cómo el océano moldea nuestro mundo’ (Debate, 2026), la física y oceanógrafa Helen Czerski (Manchester, 1978), ganadora del Premio Wainwright al mejor libro sobre conservación, explica por qué comprender cómo funciona el océano es crucial para nuestro futuro.
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Como habitantes de la Tierra, no podemos eludir la influencia de los océanos ni deberíamos querer hacerlo. Los seres humanos hemos sacado partido del motor oceánico generación tras generación, comerciando y explorando en nuestras pequeñas y frágiles embarcaciones allá donde la superficie nos llevaba, sin prestar atención a la mecánica interna de las profundidades. Hemos ganado y perdido batallas según lo que el océano nos deparaba y alrededor de sus zonas fértiles se han desarrollado sociedades enteras, respondiendo a la mecánica invisible del océano sin saber por qué había peces en una zona y no en otra. Incluso en tierra, las regiones más aptas para la agricultura a menudo vienen dictadas por los mares cercanos.
El océano está profundamente entretejido con la cultura humana y los hilos siempre se conectan con el motor y, en última instancia, con el flujo de energía. Sin embargo, aunque no veían el motor completo, algunos seres humanos inteligentes y observadores de muchas culturas distinguieron partes del mecanismo y adquirieron un conocimiento profundo de las aguas de su territorio, más que suficiente para navegar, pescar, explorar, comerciar y obtener de los océanos su sustento. El conocimiento se integró en la cultura y se utilizaron mitos e historias para explicar los mecanismos y proporcionar una base a partir de la cual reflexionar sobre el océano: qué era, por qué era importante y cómo debían comportarse con él los seres humanos. Las actitudes hacia el océano también repercutieron en la cultura en tierra e influyeron incluso en quienes jamás se habían hecho a la mar. Y la actitud de cada cultura hacia el océano es, en parte, una casualidad geográfica.
La ciencia y la cultura están mucho más entrelazadas de lo que la mayoría de los científicos querrían reconocer, y es posible que una de las razones por las que la oceanografía no ha destacado demasiado sea que muchas culturas piensan que el océano es un pequeño incordio cuando las cosas van bien y un verdadero peligro cuando se tuercen. […]
Los seres humanos hemos sacado partido del motor oceánico generación tras generación
Artistas como J. M. W. Turner pintaban a veces mares tranquilos y costas idílicas, pero todo el mundo sabía que el mar estaba para contemplarlo, no para bañarse. Turner es más conocido por sus pinturas de barcos zarandeados por olas violentas bajo amenazantes nubarrones, una imagen que se vio reforzada por los marinos británicos de los siglos XIX y XX cuando relataron sus aventuras. Por poner un ejemplo, el explorador polar Ernest Shackleton, al contar el extraordinario y heroico viaje que hizo en 1916 en un pequeño bote a fin de buscar ayuda para su tripulación varada, escribió esto: «La historia de los dieciséis días siguientes es la de una lucha suprema en aguas embravecidas. El océano subantártico hizo honor a su malvada reputación invernal». No es precisamente una descripción que anime a los curiosos a acercarse para echar un vistazo.
Y no son solo los británicos. Islandia, situada en el extremo norte del Atlántico, es un país que debe su existencia a la actividad pesquera y presume de una gloriosa tradición marinera con siglos de antigüedad. Sin embargo, si paseamos por el puerto de Reikiavik, encontraremos una serie de grandes paneles informativos con el mapa de Islandia. A lo largo de todas las costas, hay símbolos negros que señalan naufragios, todos con el nombre del barco, el año, el tipo de embarcación y el número de hombres que se perdieron. Cada mapa se refiere a una década e indica entre treinta y cuarenta naufragios. Entre todos, abarcan dos siglos y es imposible subir a un barco sin pasar por delante de estos paneles conmemorativos. El mensaje es inequívoco: el océano puede matarnos y lo hará. […]
En el otro extremo del mundo, los hawaianos que viven rodeados por el vasto océano Pacífico ven las cosas de manera muy distinta. […] El océano es un componente vital de la cultura hawaiana, en parte porque rodea esas pequeñas islas por completo y en parte porque allí sus aguas son mucho más benignas que las de Islandia. Nuestras relaciones humanas con el océano son tan ricas y variadas como el propio océano.
Este texto es un fragmento del libro ‘La máquina azul. Cómo el océano moldea nuestro mundo’ (Debate, 2026), de Helen Czerski.
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