Opinión

Los mecanismos de la creatividad

«No es exagerado decir que la creatividad es la protagonista del proceso de humanización», sostienen José Antonio Marina y Santiago Satrústegui en su libro La creatividad económica (Ariel).

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Santiago Satrústegui
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22
Abr
2018

«No es exagerado decir que la creatividad es la protagonista del proceso de humanización», sostienen el filósofo José Antonio Marina y el experto en finanzas Santiago Satrústegui en su libro ‘La creatividad económica’ (Ariel).

Podemos hablar de «reformar el sistema», o de cambiarlo, sustituirlo o, si fuéramos extremistas, aniquilarlo, pero hemos optado por otro camino. La noción de campo nos ha mostrado la complejidad de las fuerzas que actúan en la economía. Todas tienen como inicio real la acción individual, pero causan efectos sociales. De la misma manera que para resolver los problemas científicos debemos fomentar grandes inteligencias científicas y un entorno que estimule su creatividad, para resolver los problemas económicos necesitamos otro tipo de inteligencia económica de la que podamos fiarnos. En medio de la crisis, resultó llamativa la portada de The Economist titulada «¿Por qué se ha equivocado la ciencia económica?».

«No hay más inteligencias que las individuales»

La economía, como ciencia, debe conocer la realidad económica, pero, en los últimos años, ha tomado un papel prescriptor para el que tal vez no esté legitimada. El campo económico exige creatividad en todos sus niveles: institucional y privado, social y empresarial. La creatividad consiste en encontrar formas nuevas y eficaces de resolver problemas. Nuestra tesis es que se puede fomentar tanto la individual como la social. Pero, para poder elaborar una «pedagogía de la creatividad» –en nuestro caso, de la creatividad económica–, debemos conocer primero sus mecanismos. Hasta la década de 1950, los psicólogos no se habían preocupado de estudiar la psicología de la creatividad, pero un hecho inesperado hizo que, sobre todo en Estados Unidos, se despertara un enorme interés por el tema. En plena Guerra Fría, los rusos habían colocado en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik. Una mezcla de pasmo y miedo sacudió al mundo occidental al comprobar el avance de la tecnología soviética y, en Estados Unidos, se comenzó a estudiar seriamente la manera de estimular la capacidad creadora de los científicos y de los técnicos norteamericanos.

Después de sesenta años, de muchas investigaciones y de muchas experiencias, hemos llegado a algunas conclusiones fundamentales.

  1. Todas las actividades creadoras –artísticas, científicas, técnicas, políticas, económicas– siguen un mismo proceso: elaboración de un proyecto, actividades de búsqueda, evaluación, realización.
  2. La actividad creadora es individual, pero siempre se da en un entorno, que puede ser estimulante o deprimente.
  3. De la interacción entre inteligencias individuales emerge una inteligencia compartida.
  4. Tanto la creatividad individual como la compartida y los entornos pueden mejorarse. Crear es un hábito y puede, por lo tanto, aprenderse.

El esencial desequilibrio que impone a la economía el carácter expansivo de la inteligencia humana la somete a un proceso continuo de desequilibrios y reequilibraciones. Jean Piaget, un genio de la psicología, mostró que nuestra inteligencia progresaba de esa manera. La aparición de un problema desequilibra su situación. Entonces, la inteligencia busca formas de restaurar el equilibrio, lo que le exige buscar soluciones. Una vez alcanzado de nuevo el equilibrio, éste continúa siendo inestable, porque inmediatamente surgirán nuevos problemas, nuevos proyectos o nuevas expectativas que dispararán otra vez la actividad mental.

«La creatividad consiste en encontrar formas nuevas y eficaces de resolver problemas»

Hegel describió la creatividad del pensamiento como un enfrentamiento entre tesis y antítesis, que da lugar a una síntesis que asume, transformándolas, las dos posiciones anteriores. Bertrand Russell elaboró una teoría para solucionar las paradojas que exigía cambiar de nivel de lenguaje. En todas estas teorías, el progreso se da por subida a un nivel conceptual superior. Es posible que necesitemos algo así en una economía que se ha refugiado en modelos reductivos.

Podemos decir que un acto de compra supone un equilibrio entre el comprador y el vendedor, pero en realidad se trata de una estabilidad momentánea en un campo en permanente flujo. Todas las estructuras económicas son lo que Prigogine denominaba «estructuras disipativas», es decir, formas que permanecen estables aunque su contenido esté en perpetuo movimiento, como ocurre, por ejemplo, con los remolinos de los ríos, que mantienen su forma aunque el agua transcurra incansable.

En realidad, no hay más inteligencias que las individuales. Lo que denominamos «inteligencia de los equipos», «organizaciones inteligentes» o «ciudades con talento» son ampliaciones secundarias. Todas ellas son el resultado de la interacción de las inteligencias individuales, por lo que conviene comenzar por éstas para ir, posteriormente, subiendo de nivel.

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