Internacional

¿La mutación de Arabia Saudí?

Menos poderes a la policía religiosa y purga anticorrupción son algunas de las reformas emprendidas por Mohamed bin Salman. ¿Simboliza el joven príncipe el rostro de una nueva Arabia?

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16
Mar
2018
Lluís Miquel Hurtado, corresponsal en Oriente Medio

Cuenta una antigua leyenda de la península arábiga que Dios ordenó al viento del sur: «Quiero hacer de ti una criatura. Condénsate». El Altísimo moldeó el material condensado por el viento hasta lograr la forma de un animal cuadrúpedo, de color terroso. «Te llamaré “caballo”», sentenció Dios, «te haré árabe y con el color marrón de las hormigas; he colgado la felicidad del mechón que cae por entre tus ojos; serás el Señor de todos los animales. Los hombres te seguirán allá a donde vayas».

Así nació, relatan, la mejor raza equina, útil para el comercio y para la guerra. Veloz, elegante, vigorosa. Temperamental. Como un príncipe hijo del mismo desierto: Mohammed bin Salman (MbS), heredero del trono de la casa de Saúd, dirigente de Arabia Saudí de facto desde este verano y apuesta de EE. UU. e Israel para confrontar a Irán, su rival regional común. Con este objetivo, el «caballo ganador» saudí ha tomado una cadena de decisiones drásticas, a un ritmo tan endiablado que hace temer un desbocamiento.

Este temor se materializó el cuatro de noviembre pasado. En poco más de 24 horas, Riad rompió con décadas de falta de apetito aventurero, reteniendo y forzando la dimisión del premier suní libanés Saad Hariri, declarando el lanzamiento de un misil desde Yemen un «acto de guerra» por parte de Irán y deteniendo a decenas de príncipes y empresarios saudíes por corrupción. La precipitación fue tal que, temiendo el estallido de una nueva guerra en Líbano, los mismos aliados de MbS se apresuraron a disuadirlo.

El precoz gobernante saudí de 32 años tiene, según los muchos medios internacionales atraídos al Reino del Desierto, un plan novedoso. «Solo un idiota predeciría su éxito, pero solo un idiota no lo apoyaría», sentenció el cronista del New York Times Thomas L. Friedman tras citarse con el príncipe en una jaima entre las dunas, donde, entre dentelladas a un opíparo menú, MbS le desgranó las líneas maestras: reorientación del modelo económico, relajación de las normas sociales y una política exterior más proactiva.

«Desde 2014, el reino ha registrado un déficit significativo debido a la caída del precio del petróleo», explica Ali Kadri, investigador en el Instituto de Estudios para Oriente Medio de la Universidad de Singapur. «Sin embargo», prosigue, «como las tasas de rendimiento más altas para el sector privado deben aumentar y el fondo abundante de dólares que cubre la actividad estatal disminuye, la canaille monárquica se enzarza en más formas viciosas de competencia».

Esta dinámica, concluye, es uno de los factores que desencadenaron una redada repentina cuyo escenario central fue el hotel Ritz Carlton de Riad. Los cerca de 200 detenidos fueron acusados por una comisión liderada por Bin Salman de fraude, lavado de dinero y sobornos. El príncipe, a quien se le atribuyó desde el exterior una voluntad de querer marcar territorio en la corte, les ofreció entre entregar parte de sus riquezas a cambio de la libertad o ser juzgados. Una veintena ha aceptado, hasta la fecha, el trueque.

El príncipe Miteb bin Abdullah, uno de los más influyentes en la Casa Real, pagó casi mil millones de euros para ser libre; el noble Walid bin Talal, largamente emparentado con Occidente mediante acciones en Apple o Citigroup, sigue reclamando su inocencia desde una suite del Ritz. Otros ya no viven. El príncipe Mansur bin Muqrin falleció la noche de la redada en un extraño accidente de helicóptero. Según el periódico Al Quds Al Arabi, el ex general Ali Alqahtani, también detenido entonces, murió torturado el 12 de diciembre.

Mohamed bin Salman ascendió al poder deteniendo a decenas de príncipes y empresarios saudíes por corrupción

«Mi padre entendió que no hay forma de permanecer en el G20 y crecer con este nivel de corrupción», ha justificado Mohamed bin Salman, cuya Visión 2030 tiene de piedra angular la proyectada megaciudad de Neom, adaptada, asegura, a los retos de un mundo global y sin combustibles fósiles. Tamaño plan está destinado a desarrollar Arabia Saudita en una era de petróleo menguante. Las redadas de Anticorrupción buscan, precisamente, mostrar que la imprescindible inversión extranjera gozará de garantías jurídicas.

La futurista Neom apela, además, a la juventud de un país en el que el 65% de la población es menor de 30 años y que mayormente está aplaudiendo el puño de hierro del joven príncipe contra los corruptos y recibiendo como el maná cada nuevo anuncio de reforma: un decreto real para permitir que las mujeres puedan conducir o presenciar competiciones deportivas en los estadios, otro para legalizar la apertura de salas de cine, uno más que traerá conciertos al desierto después de décadas de silencio bajo la ortodoxia islámica.

«El hecho de que las mujeres no pudiésemos conducir limitaba la libertad de movimiento. Ahora, tenemos la oportunidad de ser independientes», opina Raha Moharrak, una joven líder social y emprendedora saudí famosa por ser la primera mujer de su país en subir el Everest. «Esto generará nuevos empleos a las mujeres y abrirá nuevas puertas a su independencia», prosigue. «Es un signo evolución y de revolución. Un gran paso, quizás tardío, pero aun así una gran oportunidad para abrir una nueva página», sentencia.

Este impulso reformista, que los escépticos tildan de «cosmético», no habría sido posible sin un desafío de Bin Salman al clero rigorista, junto al cual camina especialmente desde 1979. Aquel año, un grupo armado fundamentalista tomó la Gran Mezquita de la Meca contra los Saúd. El sangriento asalto acabó con un acercamiento de conveniencia de la monarquía a los ulemas, seguidores, en su mayoría, del puritano movimiento religioso wahabita. Fruto de esta relación, los monarcas se han legitimado desde los mimbares. A cambio, la ley religiosa impera en su desierto.

Ahora, MbS aboga por retornar a un «islam abierto y moderado». «Llegados a este punto, nadie sabe hasta qué extremo MbS está dispuesto a llegar con su proyecto de “islam moderado”, quizás ni él», ironiza Iyad el-Baghdadi, presidente de la Fundación Kawaakibi y comentarista de asuntos islámicos. «El sistema legal del reino saudí está profundamente entrelazado con los clérigos wahabitas, hasta el punto de que desenredar uno del otro no sería ni fácil ni rápido».

Para el-Baghdadi, «MbS, como todos los dictadores estadistas, quiere el control completo del país, incluido su establishment religioso. Sospecha de cualquier corriente panislámica, dado que los panislamistas tienen una lealtad más amplia que a su Estado nación inmediato», detalla, refiriéndose a la llamada umma, la comunidad global de creyentes. «Este retorno al islam moderado debería ser leído en el contexto de su consolidación de poder. Arabia Saudita no va a convertirse en postwahabita a corto plazo».

Las reformas y, sobre todo, los tejemanejes del joven príncipe suenan a música celestial en los oídos de Donald Trump o del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, para quienes MbS es más que un aliado o un socio: es el látigo con el que azotar Teherán. Los primeros pasos ya están dados: el presupuesto saudí en Defensa para 2018 es de 47 mil millones de euros −en el top cinco mundial−, frente a los 8.600 millones de Irán, al que Riad acusa de inmiscuirse militarmente en el vecino Yemen del lado de los alzados hutíes.

Desde el inicio de una ofensiva por parte de una coalición de países árabes liderada por Arabia Saudí contra el movimiento hutí, en 2015, más de 5.000 civiles han muerto por la guerra. El bloqueo impuesto tras el lanzamiento del misil hutí en noviembre empeoró todo. Save the Children alerta de la muerte a diario de 130 niños de hambre, por enfermedades o bajo las bombas. Yemen ya sufre la peor crisis humanitaria del planeta. La ONU asegura que está «en la cúspide de una de las mayores hambrunas de la historia moderna».

El presupuesto saudí en Defensa para 2018 es de 47 mil millones de euros, en el top cinco mundial

La magnitud de la crisis provocada en Yemen es tal que incluso EE. UU., que condenó los dos proyectiles hutíes disparados contra Arabia Saudí recientemente y pidió por ellos sanciones para Irán −que niega la acusación de haberlos fabricado−, se sumó a las demandas internacionales de aliviar el embargo. A finales de diciembre, Riad anunció un tímido paso atrás con la reapertura del puerto de Hudeida. Para entonces, Human Rights Watch ya había pedido sancionar a Riad a través de las páginas del mismo Washington Post.

Hay analistas que consideran la intervención saudí en Yemen una torpeza fruto de la impulsividad, similar a la que acabó con el retorno de Hariri al Líbano, sin haber logrado el objetivo de romper su Gobierno para aislar al partido chiita Hezbolá. O el bloqueo impuesto a Qatar, acusándolo de congeniar con Irán y que, contradictoriamente, forzó al pequeño país a depender de Teherán. De igual modo, la financiación saudí de grupos armados extremistas opositores ha acabado por motivar el incremento de la influencia iraní en Siria.

Brian Katulis, miembro del Centro para el Progreso Americano, recuerda que la política exterior ágil que MbS quiere para su país requiere «una comprensión profunda de las dinámicas políticas en otros países y una inversión en lazos diplomáticos que no pueden crearse de la noche a la mañana». Pero, intuyen numerosos medios, el «caballo» saudí goza por el momento de la luz verde de EE. UU. para actuar al límite del choque directo con la República Islámica. Los catastrofistas empiezan a echarse las manos a la cabeza.

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