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Vuelva, Mr. Marshall

La turbación geopolítica escala con celeridad. Junto al aumento del liderazgo de China y la prolongación de la guerra de Rusia en Ucrania, hay que sumar las pretensiones y amenazas de unos Estados Unidos cada vez más contrarios al orden internacional. Tiempos convulsos en los que se echan de menos líderes resolutivos y conciliadores como el General Marshall.

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06
febrero
2026

«Queremos un Plan Marshall para la agricultura», rezaba una pancarta en las protestas de los agricultores contra el acuerdo Unión Europea-Mercosur alcanzado a principios de 2026. Porque «el Plan Marshall no solo fue, sino que todavía es una bandera para cosas que se hacen bien y con éxito», afirma Javier Solana, exministro de Asuntos Exteriores en el último gobierno de Felipe González y exsecretario general de la OTAN en la presentación del libro Las palabras de George C. Marshall (Plataforma Editorial) en la Fundación Ortega Marañón.

Corría el año 1948 cuando aterrizó en Europa un plan de reconstrucción que ayudó al Viejo Continente a recuperarse de las secuelas de la II Guerra Mundial. Con un presupuesto de más de 13.000 millones de dólares de la época, el Programa de Recuperación Económica –conocido como Plan Marshall– estaba destinado a prevenir el deterioro de la economía europea, fomentar el desarrollo industrial e incrementar el comercio entre los países europeos (de hecho, plantó la semilla de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA). Buscaba, también, evitar la expansión del comunismo.

«El Plan Marshall no solo fue, sino que todavía es una bandera para cosas que se hacen bien y con éxito», afirma Javier Solana, exministro de Asuntos Exteriores

Su impulsor, el General George C. Marshall, jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos entre 1939 y 1945, supo ver en la cooperación un elemento indispensable para que el Plan saliera adelante. La clave del éxito fue «la condicionalidad e iniciativa europea», explica el Teniente General Francisco Gan durante la presentación. Es decir, esa «coalición de europeos decidiendo en qué se invertían los fondos». En el ámbito de las Relaciones Internacionales, esto tiene un nombre: coalition of willing, una alianza de países que colaboran de forma puntual para alcanzar un objetivo político o militar determinado.

Bien nos vendría ahora, coinciden en señalar ambos expertos, una coalición de voluntad que desembocara en un sólido plan con el que robustecer la Unión Europea y hacer frente a los desafíos internacionales imperantes: desde la amenaza rusa en Ucrania hasta el creciente dominio chino, pasando por el cada vez más agresivo autoritarismo estadounidense. «Las coaliciones de voluntarios requieren que haya alguien que asuma la iniciativa», señala el Teniente General Gan, que entre 2017 y 2019 fue Jefe del Cuartel Terrestre de la OTAN en España. El problema hoy es «¿qué país puede liderar esto?».

Seguridad y defensa europea

Desde que Donald Trump volviera a la Casa Blanca, las relaciones entre Estados Unidos y Europa no pasan por su mejor momento. Y esta desavenencia afecta de lleno a la OTAN, el principal escudo de seguridad y defensa de la Unión Europea.

«Las coaliciones de voluntarios requieren que haya alguien que asuma la iniciativa», señala el Teniente General Gan

Aunque su origen data de 1949, fue posible gracias a otra gran coalición de voluntad y confianza entre Franklin D. Roosevelt, presidente norteamericano, y Winston Churchill, primer ministro británico, que en plena II Guerra Mundial firmaron la Carta del Atlántico Norte: un acuerdo alcanzado por la necesidad de cooperación militar trasatlántica, que sentó las bases ideológicas y geopolíticas de la OTAN.

En la actualidad, la Administración Trump amenaza con cortar su ayuda a la OTAN si los países miembro no elevan su contribución económica al 5%. Y los europeos buscan sin encontrar la manera de reforzar su seguridad y defensa ante las intimidaciones estadounidenses.

La última de las cuales es hacerse con el control de Groenlandia, un territorio autónomo del Ártico bajo gobierno danés. Esta gran isla es clave en el tablero geopolítico tanto por su posición estratégica –situada entre Estados Unidos, Canadá, Europa y Rusia– como por su riqueza en recursos naturales –petróleo, gas, tierras raras–. Y el deshielo del Ártico, que abre nuevas rutas de comercio marítimo, acelera las ansias de control de este pedazo de tierra.

Pero el verdadero motivo que empuja a Trump tras Groenlandia «es su gran obsesión con el escudo antimisiles», explica el exministro Solana. «Quiere hacer algo muy sofisticado para defenderse de China y Rusia. Por eso quiere Groenlandia, porque algo así solo puede hacerse desde territorio norteamericano».

Liderazgo, visión, unión

El orden internacional instaurado en tiempos del General Marshall se desmorona. «Estamos en medio de una ruptura, no de una transición», apuntaba el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el último Foro de Davos. E iba más lejos al señalar que «si las grandes potencias abandonan la apariencia de reglas y valores» para afianzar su poder y perseguir sus intereses, entonces, la convivencia se volverá más complicada.

Un llamamiento al resto de actores del tablero internacional para aunar fuerzas y colaborar. Porque las relaciones internacionales se basan en la reciprocidad y el respecto, no en las ventajas. Las relaciones «no se pueden monetizar continuamente», dijo Carney. «No se puede vivir en la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando [esta] se convierte en la fuente de su subordinación».

Parece que ahora más que nunca hiciera falta un General Marshall. Un hombre íntegro, moderado, respetado incluso por sus adversarios; un líder que supo gestionar las consecuencias de un conflicto bélico de esa envergadura y ver las ventajas de un mundo en paz, basado en la colaboración y el mutuo beneficio. Motivos que le valieron ese premio Nobel de la Paz que tanto anhela Trump.

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