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La ley del más fuerte

Que Trump confirme una vez más que en el mundo rige la ley del más poderoso puede resultar inquietante y doloroso, pero no constituye ninguna novedad.

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07
enero
2026

Sucumbir a la ley del más fuerte es una tentación antigua. Platón inició La República impugnando el criterio del poder desnudo, y buena parte de nuestra tradición moral se ha construido, precisamente, sobre la aspiración de separar lo justo de aquello que simplemente conviene al más fuerte. Y, pese a todo, es posible que no haya existido un solo momento en la historia de la humanidad en el que no haya terminado imponiéndose el criterio de la fuerza. Tucídides, padre del realismo político, dejó escrita una cita de la que suele abusarse: «Los poderosos hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». No deja de ser revelador que este historiador ateniense fuera el único pensador citado en el preámbulo de la malograda Constitución Europea. La tensión entre ambos polos —la justicia ideal y el poder de los hechos— atraviesa toda la historia humana. Desde su origen.

La arbitraria intervención militar de Donald Trump en Caracas, con la captura de Nicolás Maduro al margen del derecho internacional, ha vuelto a dividir, como tantas veces, a la opinión pública. Por un lado, están quienes celebran la caída del tirano, aun cuando parece que por el momento está confirmada la supervivencia del régimen chavista en manos de Delcy Rodríguez. Por otro, quienes advierten de que el uso discrecional de la fuerza, vulnerando la legalidad internacional, puede sentar un precedente tan peligroso como irreversible. Desde una óptica estrictamente utilitarista, también hay críticos de Trump que subrayan que esta intervención quiebra cualquier posibilidad de una transición democrática estable, serena y, sobre todo, duradera en Venezuela. 

Creer que Donald Trump puede convertirse en un agente democratizador o en un garante de una transición prudente en Venezuela es una tesis que solo puede sostenerse desde la ingenuidad interesada o desde la ignorancia militante. Desde su respaldo al asalto al Capitolio en 2021 hasta la erosión sistemática de contrapesos formales e informales durante su segunda legislatura, abundan las evidencias de su talante autocrático. Sin embargo, este hecho no impide reconocer que el uso arbitrario de la fuerza por parte de Washington no constituye una anomalía, sino una constante histórica ejercida, eso sí, con mejores disimulos. Vietnam, Libia, Camboya, Nicaragua, República Dominicana, Líbano, Guatemala, El Salvador, Chile, Panamá, Granada, Afganistán o Irak, entre otros ejemplos, ilustran hasta qué punto la principal potencia militar del planeta ha mostrado escasos escrúpulos a la hora de quebrar las reglas. La misma opinión pública que evoca con fervor The Federalist Papers es capaz de mirar hacia otro lado cuando la administración Obama ordena arrojar al mar el cadáver de Osama bin Laden. Todo esto —y mucho más— ha sido posible en Estados Unidos. 

Creer que Trump puede convertirse en un agente democratizador es una tesis que solo puede sostenerse desde la ingenuidad interesada o desde la ignorancia militante

Que Trump, como otros presidentes estadounidenses antes que él, aunque ahora sin pudor, desafíe el derecho internacional —Estados Unidos ni siquiera es parte de la Corte Penal Internacional— debería obligarnos a superar el estadio de la mera censura moral o el escándalo ritualizado. Llevarse las manos a la cabeza o señalar con indignación los abusos del presidente conduce a una protesta tan elegante como estéril. El mundo que algunos creen ver resquebrajarse quizá nunca existió. El llamado orden internacional basado en reglas nació de una victoria militar tras la Segunda Guerra Mundial. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la tormenta de fuego sobre Dresde o la amenaza de destrucción mutua asegurada entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría constituyen algunos de los cimientos sobre los que se edificó el mundo que hoy muchos añoran. Aunque hay una excepción luminosa de cesión voluntaria de soberanía: la Unión Europea. Es una luz tenue y frágil. Pero es la única luz.

La ley del más fuerte siempre ha prevalecido, y por ello solo caben dos caminos si se aspira a un futuro más próspero para la humanidad. O bien conseguimos que el derecho internacional adquiera verdadera capacidad ejecutiva y pueda imponerse, llegado el caso, mediante la fuerza —«covenants, without the sword, are but words», recordaba Thomas Hobbes en el capítulo XVII del Leviatán—, o bien tratamos de que quienes concentran el poder militar actúen con mayor prudencia y responsabilidad. Si nos vemos obligados a elegir entre la fuerza y el derecho, la primera siempre terminará imponiéndose. De ahí que sea urgente quebrar el dilema dotando a la justicia de una fuerza ejecutiva específica: convirtiendo al justo en fuerte o, dicho de otro modo, haciendo fuerte a la justicia.

Que Trump confirme una vez más que en el mundo rige la ley del más poderoso puede resultar inquietante y doloroso, pero no constituye ninguna novedad. El verdadero problema es que hoy el más fuerte es también más impúdico, más imprevisible y, por ello, más peligroso que antes.

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