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Siglo XXI

Trumpansiedad

El precio psicológico de un mundo caótico

La «Trumpansiedad» describe un proceso psicológico de hipervigilancia que lleva años ocurriendo en muchas cabezas.

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04
mayo
2026

Hay un síntoma nuevo en las consultas de psicología, y no aparece en ningún manual diagnóstico. La gente llega cansada sin haber hecho nada, irritable sin tener un motivo concreto, revisando el móvil con una urgencia que antes reservábamos para una llamada del hospital. Cuando les preguntas qué les pasa, te dicen que han leído las noticias, que Donald Trump ha vuelto a decir algo, que ya no saben si el jueves habrá aranceles globales, si el viernes los habrá retirado por sorpresa, si el lunes estaremos al borde de una guerra nuclear, o si el martes será una felicitación pública al ayatolá por lo bien que negocia. A esto lo están empezando a llamar «Trumpansiedad», y describe algo muy concreto que lleva años ocurriendo en muchas cabezas.

Conviene entender por qué pasa, porque si no lo entendemos tendemos a culparnos. Pensamos que somos débiles, demasiado sensibles, demasiado politizados. No es eso exactamente, y tiene que ver con cómo funciona el cerebro humano cuando se le obliga a convivir con una fuente de incertidumbre que nunca se cierra del todo.

El cerebro, simplificando mucho, es una máquina de predecir. No espera pasivamente a que ocurran las cosas: se adelanta, hace hipótesis, calcula probabilidades, y ajusta el estado del cuerpo a lo que cree que va a pasar en los próximos minutos, horas o días. Por eso te sudan las manos antes de hablar en público y no después, por eso a veces te despiertas dos minutos antes de que suene la alarma por las mañanas. El sistema entero está diseñado para reducir la distancia entre lo que esperas y lo que ocurre, y cuando lo consigue libera al cuerpo del estado de alerta y te permite descansar.

El problema aparece cuando esa distancia no se cierra. Cuando la fuente principal de información geopolítica del planeta cambia de opinión cada pocas horas y lo hace en voz alta, sin mediadores, desde una red social. Un día dice que las negociaciones con Irán son excelentes, luego que va a destruir hasta el último puente y la última central eléctrica iraníes, y así cada pocas horas. Ese hombre es capaz de insinuar que va a aniquilar a una civilización entera y cometer un genocidio, y en el mismo tweet decir que quiere proteger a los iraníes.

Ante la incertidumbre de la información geopolítica, nuestro cuerpo entra en hipervigilancia

Pues bien, eso es exactamente el estímulo que convierte a una población entera en un paciente ansioso. Porque el cerebro no puede cerrar la predicción. No sabe si preparar al cuerpo para una guerra nuclear o una crisis económica, y ante la duda lo prepara para las dos a la vez. Eso tiene un nombre clínico: hipervigilancia. Y tiene unos costes muy medibles. Peor sueño, peor digestión, más irritabilidad, más dolor de cabeza, menos capacidad para concentrarte en tu vida, que es la única sobre la que puedes hacer algo.

La incertidumbre mantiene la pregunta abierta indefinidamente, y ese estado de pregunta abierta desgasta más que la propia mala noticia. Por eso tantos pacientes dicen que preferirían saber lo peor antes que seguir colgados de la duda. El cerebro humano tolera mejor un golpe que una amenaza abstracta sin fecha.

Un liderazgo que convierte la impredecibilidad en método de gobierno aprovecha precisamente ese mecanismo, aunque no haya intención consciente detrás. No hace falta que el gobernante se haya leído a ningún psicólogo, basta con que su estilo comunicativo genere en la población la sensación permanente de que algo grave puede ocurrir en cualquier momento. Cuando eso se sostiene durante años, la ciudadanía entra en un estado de alerta crónica que antes solo veíamos en personas que habían vivido en entornos familiares caóticos, con un padre o una madre de humor impredecible, de los que nunca sabías si al volver del colegio te ibas a encontrar ternura o bronca. El mecanismo es el mismo, solo cambia la escala.

Su estilo comunicativo genera la sensación permanente de que algo grave puede ocurrir en cualquier momento

Y esto afecta a todos, no solo a los críticos de Donald Trump. Sus simpatizantes viven en una alerta distinta pero igual de costosa, la de quien tiene que salir cada mañana a defender a una figura que dice cosas difíciles de defender. Los contrarios viven esperando el próximo golpe. Los neutros, esos que dicen que no les interesa la política, viven el ruido de fondo de un clima social que se ha vuelto desagradable de habitar. Nadie sale ileso de cuatro años de esto, y mucho menos de ocho.

Hay un segundo mecanismo en juego, que tiene que ver con la atención. La mente humana tiene un sesgo fuerte hacia lo emocional y lo novedoso, y un líder que produce un estímulo fuerte cada pocas horas acaba secuestrando el ancho de banda emocional de millones de personas que ni siquiera viven en su país.

No porque la gente quiera pensar en él, sino porque el sistema atencional está diseñado para priorizar lo más ruidoso. Dedicar tres horas al día a leer, comentar y rumiar lo que ha dicho alguien que no te va a escuchar jamás es una derrota silenciosa que muchos no ven venir hasta que llevan años sufriéndolo.

¿Qué se puede hacer?

Lo primero es entender que tu sistema nervioso no está preparado para procesar noticias a la velocidad a la que las produce el ciclo mediático actual, y que intentar estar al día es un objetivo literalmente imposible. Revisa las noticias una vez al día, en un momento acotado, y cierra. Lo importante seguirá ahí dentro de veinticuatro horas, y lo que no siga ahí es que no era importante.

Es decir, limita el tiempo que dedicas a leer las noticias, porque solo van a generarte más confusión y miedo.

Lo segundo es recuperar el sitio donde tu acción sí tiene efecto real, que es tu barrio, tu trabajo, tu familia, tus amistades, tu cuerpo. La rumiación política crece cuando la vida propia se vacía, y la única manera de reducir el espacio mental que ocupa Trump en tu cabeza es aumentar el espacio que ocupa tu propia vida.

Lo tercero es identificar la rumiación por lo que es, un intento fallido de cerrar desde tu cabeza una pregunta que no se va a cerrar desde ahí. Darle vueltas no te da más control sobre el estrecho de Ormuz ni sobre los aranceles, te da menos horas de sueño, y a medio plazo eso sí que cambia tu vida, aunque no cambie la del presidente.

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