La tiranía del asfalto
Las ciudades del siglo XX se convirtieron en un paraíso del asfalto. El tráfico ganaba la partida y las plazas mutaban en grandes espacios hormigonados. La crisis climática muestra ahora el error de ese cambio.
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No es necesario centrarse en una ciudad en concreto, porque ha pasado con unas cuantas. Alguien publica en redes sociales una fotografía de hace 100 años de una plaza o calle singular y lo que más llama la atención es que allí había árboles. La Plaza Mayor de Salamanca tenía una zona ajardinada hasta los años 50 y la de Madrid tuvo árboles durante el siglo XIX. Esas imágenes chocan con la percepción actual de que las calles y plazas destacadas fueron siempre espacios empedrados y sin naturaleza, pero también con la tendencia de las últimas décadas a hacer calles completamente hormigonadas. En el siglo XX, el asfalto ganó la partida.
Las ciudades no dieron siempre la espalda a la naturaleza. Los árboles fueron un emblema del urbanismo higienista de finales del siglo XIX, cuando se veía en ellos una palanca para crear entornos más saludables. Las nuevas avenidas dejaban espacio para crear paseos arbolados y las ciudades integraban espacios verdes, porque se esperaba que permitiesen hábitos saludables y, al tiempo, limpiasen el aire.
El siglo XX abrazó una idea concreta de la modernidad: la del asfalto, los coches y las calles pavimentadas. En la segunda mitad del siglo, las zonas arboladas se veían casi como una reliquia de los abuelos y, además, se necesitaba abrir paso al cada vez mayor número de vehículos que circulaban por los entornos urbanos. La ciudad de vanguardia, a la última, estaba llena de hormigón, de calles completamente asfaltadas, que eran el epítome del desarrollo urbano. Apareció la plaza dura.
La plaza dura es, posiblemente, el icono más claro de lo que se entendía como aspiracional en esos años y, también, el elemento urbanístico de los años 60 y 70 que ha tenido una vida más larga. La plaza dura es un gran espacio hormigonado y asfaltado, un pavimentado gigante y sin sombras, que la ciudadanía atraviesa. En su momento, se vendían como una vía para recuperar espacios (en ocasiones degradados o medio olvidados) y, sobre todo, como un elemento fácil de limpiar y mantener para los ayuntamientos. Tampoco se debe olvidar que suelen ser la culminación a todo un mundo invisible: la plaza dura oculta y protege todo lo que queda bajo tierra, como un montón de infraestructuras urbanas (desde alcantarillado a túneles de metro) y, muy común, parkings.
A pesar del enamoramiento generalizado de los consistorios por este tipo de urbanismo, las plazas duras protagonizaron desde un primer momento bastantes críticas. Por mucho que sus defensores teoricen sobre su papel como terceros espacios, la ciudadanía suele sentirlas como escasamente amigables. No hay sombra y, si hay bancos, no resultan agradables. Son simples espacios de paso y no para socializar o disfrutar. Si quieres quedarte en ellas, tendrás que hacerlo en la terraza de un bar, con sus sombrillas e infraestructuras añadidas. Esto es, no quedará más remedio que consumir si se quiere permanecer.
Más allá de las percepciones, están los datos científicos. Las plazas duras son el ejemplo más claro del principal lastre de estas ciudades hiperasfaltadas en la era del cambio climático: se han convertido en grandes islas de calor. La ausencia de árboles por un lado y el uso de asfalto y cemento por otro hacen que se conviertan en focos de conservación de calor. Durante la jornada sus temperaturas son elevadas, pero incluso de noche siguen expulsando calor e impactando de forma negativa en quienes viven en esas zonas. Todo ello ha llevado a que cada vez se hable más de conceptos como el derecho a la sombra o la necesidad de reverdecer las ciudades.
Aumentar en un 30% la vegetación urbana en Europa podría evitar miles de muertes causadas por el calor extremo
Un informe de Arup alertaba ya en el verano de 2025 de la importancia de ver el calor como algo que iba más allá del verano y aplicar así ajustes en el urbanismo. «Lo que está claro es que el calor urbano ya no es una cuestión estacional, sino estructural», aseguraba entonces Susana Saiz, total design leader de Arup en Europa, recomendando optar por cubiertas verdes, superficies permeables o espacios más frescos para reinventar las ciudades. Y, como concluían, la mayoría de los entornos urbanos en España «necesita desarrollar la infraestructura climática necesaria para hacer frente a las olas de calor cada vez más frecuentes e intensas». Subir en un 30% la vegetación urbana en Europa podría evitar miles de muertes causadas por el calor extremo, como advertía por esas fechas un estudio publicado en The Lancet.
Lograr reinvertir la tendencia no es fácil. Al haber llenado el subsuelo de elementos, reverdecer se complica. Al fin y al cabo, ¿cómo se asentarán las raíces de los árboles si deben competir (y no dañar) con las infraestructuras de las ciudades?
Aun así, las ciudades que han iniciado procesos de reverdecimiento y han cuestionado su compromiso con el asfaltado están viendo interesantes retornos. Por un lado, convertirse en ciudades más verdes las hace más resilientes ante el cambio climático. Han creado refugios climáticos naturales y consiguen bajar las temperaturas medias, pero también han asentado potenciales soluciones ante otros problemas, como las lluvias torrenciales. Al instalar suelos verdes, han recuperado el desagüe de la naturaleza. Por otro, han incorporado beneficios sociales y sanitarios, ya que los estudios han demostrado que la presencia de zonas verdes mejora la salud mental y física de sus habitantes.
En España, Vitoria es uno de los ejemplos recurrentes de este tipo de procesos. La ciudad no solo ha reverdecido las zonas de construcción más reciente, sino que lo ha llevado incluso a su casco histórico medieval. La lluvia se drena de forma natural en las vías del tranvía. En Holanda, existe un movimiento que arranca el pavimentado (e incentiva a la ciudadanía a que lo haga en sus propias casas) para crear jardines y recuperar espacios verdes.
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