La teoría del barniz
Según esta teoría, la moralidad humana es un esmalte que recubre nuestra verdadera naturaleza: egoísta, violenta, cruel, orientada exclusivamente a la supervivencia y reproducción.
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Es una imagen que lleva siglos rondando por los arrabales de la filosofía moral y la biología evolutiva. La metáfora es esta: la moralidad humana es un barniz. Es decir, es una capa fina, aplicada tarde y con esfuerzo sobre una madera más antigua y menos noble, que sería –se supone– nuestra verdadera naturaleza: egoísta, violenta, cruel, orientada exclusivamente a la supervivencia y la reproducción. Según esta «teoría del barniz», si se araña un poco esa superficie de moralidad, aparece el animal que siempre ha sido el humano.
Fue Thomas H. Huxley –el defensor a ultranza de Darwin al que apodaron su «bulldog»– quien hizo célebre la tesis a finales del XIX. Para él, la ética no tiene nada que ver con la evolución. Existe precisamente para contenerla, para poner bridas a un proceso natural que, dejado a su libre albedrío, no genera bondad sino solo la lucha por la supervivencia del más apto.
El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, por su parte, aportó su propia versión al otorgar un gran protagonismo psíquico al «Ello», entendido como caldera de impulsos primarios que la civilización apenas logra tapar. Cuando en los años 70 el reconocido biólogo británico Richard Dawkins publicó su obra El gen egoísta, algunos interpretaron (en algunos casos, contra la intención del propio Dawkins) que ahí se presentaba la confirmación definitiva: los seres humanos somos máquinas de propagar genes disfrazadas de buena gente, pero esa fachada de altruismo es puro barniz social.
Tal como acostumbra a suceder con las metáforas simplificadoras, el problema es que el imaginario social comenzó a dar por sentadas afirmaciones sin demostrar. Aquí es donde entra en escena Frans de Waal, primatólogo holandés que se pasó una generosa parte de su carrera observando chimpancés o bonobos. Muchas de sus obras divulgativas y trabajos académicos están orientadas a demostrar precisamente lo contrario. Hay chimpancés que dedican su energía a consolar a un congénere que ha sido derrotado en una pelea. También capuchinos que rechazan una recompensa si observan que a su vecino se le da otra mejor por el mismo esfuerzo. Asimismo, los bonobos pueden compartir comida con extraños sin recibir un mayor beneficio aparente que estar cerca de ellos. Obviamente, nada de esto encaja con la idea de que la empatía o el sentido de la justicia son barnices humanos, aplicados sobre la bocina filogenética en un fondo de puro instinto depredador.
Para Frans de Waal, la cooperación y el cuidado mutuo forman parte de la cadena natural desde el principio
El autor de El mono que llevamos dentro no negó que existiera egoísmo ni que la selección natural ha moldeado buena parte de nuestro comportamiento a través de la competencia. Más bien, discute el orden en el sentido de que, para él, la cooperación y el cuidado mutuo forman parte de la cadena natural desde el principio. A muchas especies sociales –incluida la nuestra– les ha convenido evolutivamente ser capaces de sentir por el otro. Por seguir con la metáfora, la moralidad estaría entretejida en la fibra de la madera más que ser un barniz superficial.
De ser cierta la metáfora del barniz, todo acto de generosidad sería sospechoso por definición, una máscara que tarde o temprano se agrietaría bajo la presión de la atenta mirada. Igualmente, toda ética quedaría reducida a un esfuerzo cultural frágil y cínico, condenado a acabar en agua de borrajas en cuanto las circunstancias aprieten lo suficiente. Si en cambio es de Waal quien tiene razón, la cosa cambia bastante. Ello significaría que contamos con una base biológica real sobre la que construir una ética y que fomentar la empatía o la cooperación no es luchar contra la corriente.
Como conclusión cabe enfatizar que, curiosamente, ninguna de las dos posturas sirve para paliar por completo la incomodidad de no saber con certeza qué somos o pensamos o hacemos cuando nadie mira. Ese margen de duda podría ser, él mismo, la prueba de que las metáforas tienen límites y que la moralidad no es tan sencilla como una capa de pintura sobre una tabla.
Sea como fuere, las personas seguimos ayudando cuando alguien lo necesita. Socorremos mayoritariamente a la persona que pide auxilio; la noticia sucede cuando alguien hace lo contrario. Por tanto, el barniz –si lo hubiera– se habría desconchado hace tiempo. Y esto, a pesar de que no zanjará el debate, sí que debería levantar la sospecha de que la madera de debajo no es tan fea como se ha sugerido.
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