Modo adolescente
Descubrir la libertad significa también atreverse a explorar, probar cosas nuevas y cuestionar reglas que con el tiempo hemos acabado aceptando como naturales.
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Las sociedades, sus gentes, sus ciudadanos, sus dirigentes, parecen haber entrado en modo adolescente en gran parte del mundo. Es parte del cuestionamiento de certezas que parecían asentadas, a la vez que exploramos posibilidades hasta hace poco fuera de nuestro alcance. Hay algo estimulante en esa libertad –aparente ampliación de opciones entre las que elegir–, pero también algo inquietante. Salirse del camino puede llevarnos a lugares inesperados, aunque el problema comienza cuando dejamos de saber cómo volver.
Manuel Cebrián, tecnólogo fallecido hace unos meses, tenía una peculiar manera de describir el modo adolescente: «Caminar demasiado, durante demasiado tiempo y por sitios en los que no te corresponde estar». Caminaba mucho, por las ciudades y también por las ideas. Transitaba con naturalidad entre campos de conocimiento muy distintos, encontraba conexiones inesperadas y perseguía una idea por el simple placer de ver adónde podía llevarle. Con los años fue tomando distancia de algunas convenciones del éxito académico, pero conservó intacta esa curiosidad libre, casi adolescente, que con demasiada frecuencia dejamos atrás al hacernos adultos.
Ese es quizá el lado más atractivo del modo adolescente. Descubrir la libertad significa también atreverse a explorar, probar cosas nuevas y cuestionar reglas que con el tiempo hemos acabado aceptando como naturales. Hacer cosas por el simple hecho de disfrutarlas, sin tener que justificar constantemente para qué sirven, es también una forma de libertad.
Toda libertad, sin embargo, lleva consigo cierta zozobra. Elegir significa también renunciar y, cuantas más posibilidades tenemos, más difícil puede resultar convertir alguna en un proyecto. Los adolescentes de hoy conocen bien esa tensión. Cuestionan itinerarios vitales que durante generaciones parecieron venir dados, desde estudiar y trabajar hasta progresar o formar una familia. Es una conquista indudable, aunque encierra también una paradoja. Cuando casi todo puede cuestionarse, la apertura de nuevas posibilidades puede acabar haciendo más difícil tomar decisiones. Más aún cuando los adultos no saben realmente recomendarles qué caminos seguir. ¿Qué recomendar estudiar a un hijo o hija adolescente?
Vivir supone encontrarnos ante unas circunstancias que no hemos elegido y tener que decidir qué hacemos con ellas, pues la vida es hacer
El antropólogo Xiang Biao ha observado esa contradicción en esta generación mucho más (¿mejor?) formada que las anteriores, pero también más desorientada a la hora de construir una narrativa, un proyecto (por usar un concepto orteguiano) de su propia vida. Ortega y Gasset había reflexionado sobre esa tensión entre libertad y proyecto desde otra época. Vivir supone encontrarnos ante unas circunstancias que no hemos elegido y tener que decidir qué hacemos con ellas, pues la vida es hacer. En La rebelión de las masas, ya casi un texto centenario (1930), llevó esa idea al terreno colectivo al describir a un hombre-masa rodeado de posibilidades, pero no necesariamente capaz de convertirlas en un proyecto propio.
Un siglo después, aquella paradoja se ha vuelto aún más evidente. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades ni tanta información a nuestro alcance. La Inteligencia Artificial (IA) lleva esa abundancia un paso más allá y nos ofrece, casi al instante, respuestas y capacidades que hasta hace poco parecían extraordinarias. Pero tener respuestas para casi todo, menos aún sin esfuerzo, no significa saber qué merece la pena preguntarse. Quizá nuestro desafío ya no sea encontrar respuestas, sino aprender a convivir con un exceso de posibilidades.
Una sociedad sometida a estímulos permanentes corre el riesgo de seguir moviéndose simplemente porque ya no sabe detenerse
A esa abundancia se suma la velocidad con la que hoy se suceden los acontecimientos. Apenas tenemos tiempo de asimilar uno antes de que otro reclame nuestra atención. Una crisis –de cualquier tipo– desplaza a la anterior y cada nueva tecnología parece destinada a cambiarlo todo hasta que llega la siguiente. Las redes sociales han convertido esa aceleración en parte de nuestra vida cotidiana.
Guy Debord convirtió la «dérive» en una forma de descubrir la ciudad, abandonando el itinerario previsto para dejarse llevar por lugares y encuentros inesperados. Pero caminar sin destino no es lo mismo que haber perdido el rumbo. El paseante, el flâneur, se puede mover para encontrar, mientras una sociedad sometida a estímulos permanentes corre el riesgo de seguir moviéndose simplemente porque ya no sabe detenerse. Quizá el mundo no vaya exactamente a la deriva, sino que haya hecho de la deriva su forma de avanzar.
Tal vez ahí resida otra paradoja de nuestro modo adolescente. Mientras construimos máquinas cada vez más parecidas a los seres humanos –(¿Qué pasará cuando, pronto, dejen de parecerse?)–, nosotros vivimos cada vez más como máquinas, empeñados en optimizar el trabajo, el descanso y hasta el ocio. Conservar algo de adolescencia supone escapar de vez en cuando de esa lógica, jugar, equivocarse y explorar sin que todo tenga que conducir a un resultado concreto.
Conviene, sin embargo, saber regresar. La curiosidad puede convertirse en dispersión, la libertad en angustia y la duda en parálisis. Es natural que los adolescentes vivan en modo adolescente, porque necesitan explorar para encontrar su lugar en el mundo. Más inquietante es que los adultos acabemos instalados en ese mismo estado. Perderse de vez en cuando puede llevarnos a lugares inesperados. Otra cosa es acostumbrarse a estar perdido.
Andrés Ortega es escritor y analista y José Balsa es investigador asociado a las universidades de Santiago de Compostela (USC) y la Universidad de Nueva York (NYUAD).
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