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Felipe González: «Solo puede haber consenso si hay confrontación»

El expresidente del Gobierno Felipe González conversó con el escritor Sergio del Molino en el diálogo «El espíritu de la Transición», en el marco del 15º aniversario de Ethic.

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14
septiembre
2026


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En el diálogo «El espíritu de la Transición», el expresidente del Gobierno Felipe González (Sevilla, 1942) conversó con el escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979), autor de Un tal González, recorrido narrativo por los avances de España durante los primeros gobiernos socialistas, en los que, además de consolidarse el sistema democrático, se universalizó la sanidad pública, se amplió el sistema educativo con la Ley Orgánica de Derecho a la Educación (LODE) y se integró a España en la Unión Europea.

«Sin ánimo de nostalgia, el mito de la Transición, tanto para la crítica como para la devoción, está teñido de violencia política; parece que hubo concesiones, pero no fueron tantas, y lo que primó en ella fue la capacidad de entender el conflicto», apuntó Del Molino. Discrepancia, voluntad, entendimiento, acuerdos, responsabilidad, el bien común por encima de las siglas, transición.

«Solo puede haber consenso si hay confrontación», sostuvo González, quien recordó que su conocida muletilla —«Le diré sin acritud»— le servía para argumentar a la contra de modo contundente. «Construimos la Transición desde posiciones muy distanciadas. Ahora, en cambio, no se dice nada, pero predomina la acritud; se grita, se insulta, pero se dicen menos cosas», indicó en referencia al tono áspero que rige la vida política actual, no solo la nacional: «Putin, Xi Jinping y Trump no admiten el disenso. No saben que no saben. Y un necio arruina a un pueblo».

«Construimos la Transición desde posiciones muy distanciadas; ahora, en cambio, no se dice nada, pero predomina la acritud»

Apuntó, además, que la Transición fue la culminación de un proceso de doscientos años de historia, al tiempo que recordó que «en política no se culmina nada nunca», puesto que hay que perseverar en los logros. Porque, si damos por descontado lo conseguido, nos encontramos situaciones como la que preside en su decir nuestro país, «donde el crecimiento del PIB es de los más altos de Europa y, sin embargo, el descontento de la población es mayúsculo». A su juicio, el buen gobierno ha de hacerse cargo del estado de ánimo de la ciudadanía. «Pareciera que cada cuarenta años —en referencia a la duración aproximada de la Dictadura y de la democracia posterior— hay que deshacer lo hecho, y la gente empieza a hartarse».

Defendió la Constitución de 1978, sacando un ejemplar de su americana («Siempre lo llevo conmigo»), animando a todos los españoles a «leerla a conciencia: no perderán el tiempo». Y aunque se mostró partidario de que el texto constitucional pudiera modificarse en alguno de sus artículos, también expuso sin ambages lo que para él suponen «líneas rojas», como el «pacto plurinacional», un modelo de Estado defendido por el PSOE, Sumar, PNV y Junts, y que en su opinión es «claramente inconstitucional» porque dinamita la soberanía nacional y destruye la igualdad entre españoles.

Respecto a la polarización que acampa en nuestra sociedad, apuntó que también era enorme en el periodo de la II República, donde «crecía de abajo hacia arriba, al contrario que hoy», y reclamó el diálogo como única senda posible para «no perder el sentido del progreso». «Nosotros aprendimos en la Transición que podíamos ponernos de acuerdo en un pacto constitucional. Hay que recuperar esa línea del consenso», apostilló. La democracia facilita, en el decir del expresidente, «acuerdos que permiten la convivencia, a pesar de los conflictos de ideas; un espacio que hoy estamos perdiendo».

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