TENDENCIAS
Pensamiento

La mutación neofascista

El autoritarismo contemporáneo no busca subordinar el capital a un proyecto de dominación estatista, sino demoler las capacidades regulatorias del Estado y dinamitar el pacto democrático.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
16
septiembre
2026

La civilización del egoísmo, forjada a lo largo del siglo XX mediante la mercantilización de la vida y la colonización del deseo, sentó las bases para consagrar una economía hegemónica de la crueldad en el siglo XXI. Al amparo del mérito tecnocrático y la cuantificación del valor humano, la exclusión social se reviste de legitimidad moral. Este itinerario culmina en una alarmante mutación neofascista que, lejos del estatismo pretérito, adopta un ropaje libertario para desmantelar el lazo comunitario y la democracia misma.

La génesis del individualismo radical y la desarticulación del lazo social en el siglo XX

A lo largo del siglo XX se consolidó una profunda mutación en la concepción antropológica y moral de Occidente. Lo que en sus orígenes modernos se entendía como la búsqueda legítima de la autonomía personal devino en una sistemática apología del egoísmo como única norma de conducta racional. Pensadoras como Ayn Rand sentaron las bases doctrinales para ensalzar el interés propio como la virtud suprema, postulando que cualquier forma de solidaridad colectiva constituía una distorsión de la naturaleza humana. De este modo, la preocupación por el semejante fue desalojada del ámbito de las virtudes cívicas y relegada al terreno del sentimentalismo ineficaz.

Esta transformación encontró un cauce decisivo en la ingeniería del deseo que caracterizó a la cultura de masas contemporánea. Las aspiraciones de liberación interior de las décadas de 1960 y 1970 fueron colonizadas por la lógica del mercado, transformando la búsqueda de emancipación en un culto al yo aislado y consumista, donde la felicidad privada sustituyó a la acción política transformadora. En una línea convergente, pensadores como Gilles Lipovetsky han diagnosticado cómo este proceso de personalización y repliegue narcisista vació de sustancia los ideales comunes, instaurando una indiferencia flotante hacia los destinos colectivos. En paralelo, tal como advertía tempranamente Karl Polanyi al analizar el capitalismo industrial, la economía mercantil consumó su desprendimiento respecto de los marcos éticos y sociales que la contenían. Al convertir el trabajo, la tierra y el dinero en mercancías ficticias, se sometió la vida a los automatismos ciegos del mercado. La civilización del egoísmo quedó así cimentada: un orden donde el sufrimiento ajeno dejó de ser una interpelación moral para devenir en un mero costo prescindible.

La hegemonía de la crueldad y la métrica de la exclusión en el siglo XXI

Al ingresar al siglo XXI, esta matriz individualista no solo se mantuvo, sino que adquirió una dimensión hegemónica, sofisticada y punitiva. La crueldad económica contemporánea ya no opera como un desborde contingente, sino como un principio ordenador dotado de legitimidad técnica y moral. En el centro de esta cosmovisión se erige lo que Michael Sandel denomina la tiranía del mérito: un dispositivo retórico que convence a los triunfadores de que su posición privilegiada es fruto exclusivo de su talento, mientras inculca en los sectores postergados la convicción de que su infortunio se debe a su propia falta de esfuerzo o preparación. Al moralizar el éxito y el fracaso a través de credenciales académicas y destrezas cognitivas, las élites tecnocráticas despojan a las clases trabajadoras de su dignidad cívica, mirando con desdén a quienes quedan marginados del dinamismo global.

Al convertir el trabajo, la tierra y el dinero en mercancías ficticias, se sometió la vida a los automatismos ciegos del mercado

Asimismo, en la economía del conocimiento y la hiperconectividad digital, esta exclusión se profundiza mediante una cuantificación implacable de la existencia. Bajo el influjo de las élites tecnológicas, el progreso humano queda reducido a la maximización de la eficiencia y la innovación disruptiva. En este marco, los sectores empobrecidos ya no son vistos como ciudadanos con derechos inalienables, sino como poblaciones sobrantes que obstaculizan la evolución productiva. La precarización de la vida cotidiana deja de suscitar escándalo público; se asume como el resultado natural de una selección de capacidades. La economía sin compasión se consagra, así como un paradigma indiscutible, donde la desprotección social es justificada como necesidad técnica y el abandono de los vulnerables se normaliza bajo el ropaje de la racionalidad instrumental.

Del estatismo disciplinario a la pulsión libertaria del mercado

La consumación política de este horizonte socioeconómico ha desencadenado una singular y peligrosa mutación en las pulsiones autoritarias de nuestro tiempo. A diferencia del fascismo histórico del siglo XX, cuyo rasgo distintivo fue la hipertrofia del aparato estatal y el encuadramiento disciplinario de las masas, los impulsos neofascistas del presente adoptan un lenguaje decididamente libertario, privatista y antiestatista. Tal como han examinado teóricos críticos como Maurizio Lazzarato, Wendy Brown o Santiago Roggerone, el autoritarismo contemporáneo no busca subordinar el capital a un proyecto de dominación estatista, sino demoler las capacidades regulatorias del Estado y dinamitar el pacto democrático para instaurar el reino absoluto e irrestricto de las fuerzas del mercado.

Esta corriente articula el resentimiento de identidades fragmentadas con un desprecio frontal hacia las instituciones públicas, las cuales son denunciadas como trabas burocráticas que esquilman a los individuos productivos para sostener a sectores calificados como parásitos. La exaltación de una libertad desprovista de responsabilidad cívica y de justicia distributiva encubre una intensificación de la violencia estructural contra las minorías, los desposeídos y cualquier horizonte que reivindique lo común. La defensa dogmática de la propiedad y del libre contrato, despojada de consideraciones éticas, consagra en la práctica la ley del más fuerte como la única regla legítima de convivencia. El neofascismo libertario representa, por consiguiente, la fase más descarnada de la economía sin compasión: una ofensiva terminal contra la sociabilidad organizada donde la crueldad económica se erige en programa gubernamental y la destrucción de la solidaridad humana se proclama, paradójicamente, como la victoria definitiva de la libertad.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME