Sembrar futuros
En un mundo donde la distopía parece ser la única narrativa posible, es un acto radical abrir grietas en lo establecido y pensar en horizontes que integren la justicia y la ternura como principios rectores.
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COLABORA2026
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Los relatos sobre el futuro y el imaginario asociado a él están secuestrados. Aceptamos el colapso como horizonte cierto de nuestro futuro inminente mientras este, a la vez, se nos desvanece entre las manos. Uno de los efectos más devastadores de esta condición es la incapacidad de pensar en una agencia colectiva que posibilite procesos de cambio social. Nos han arrebatado la imaginación, la posibilidad de plantear cambios sistémicos que reviertan este rumbo o que nos permitan habitar el colapso de un modo que no se limite a la mera supervivencia.
A esto se refiere Marina Garcés cuando habla del sentimiento póstumo en su libro Nueva ilustración radical. La filósofa plantea que, si la modernidad centraba su mirada en el progreso como promesa de un futuro brillante, y la posmodernidad desenmascaró esa ilusión reivindicando un presente infinito y constante, la actualidad nos sitúa más allá del umbral. Estamos en un tiempo de descuento en el que la pregunta ya no es qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer, sino hasta cuándo. ¿Hasta cuándo durarán los recursos naturales? ¿Hasta cuándo será el aire respirable? ¿Hasta cuándo podré pagar el alquiler? En esta sensación constante de emergencia se desactiva la posibilidad de cualquier acción colectiva orientada al cambio a largo plazo.
La sensación constante de emergencia desactiva la posibilidad de cualquier acción colectiva orientada al cambio a largo plazo
En un mundo que parece colapsar, los discursos del miedo se convierten en herramientas poderosas para justificar la exclusión y la violencia hacia quienes ya han sido privados de sus derechos. Si cada vez una mayor parte de la población mundial va a quedar sin las garantías más básicas de protección, es conveniente poner el punto de mira en quienes ya carecen de ellas, y presentarlos como el problema de la sociedad y un peligro para el Estado del bienestar. De esta manera, se desvía la atención del verdadero problema. Por ejemplo, si el problema es el acceso a la vivienda, los discursos desde el poder fomentan el temor a los okupas. De este modo no solo se desvía la atención de los fondos buitre y los grandes tenedores, o se inhabilita la acción colectiva que exigiría regulaciones y acción política, sino que, además, se impulsa la venta de alarmas y el gasto en seguridad. ¿El resultado? Una sociedad preocupada por la posibilidad de que sus conciudadanos le quiten la casa en la que vive, cuando es infinitamente más probable que lo haga el banco. Y así con todo: migrantes, desplazados climáticos, personas sin hogar, y muchos otros colectivos, son criminalizados, presentados como culpables por el simple hecho de existir en lugares donde su presencia incomoda.
En las últimas olas de frío, en los aeropuertos se ha empezado a exigir las tarjetas de embarque para entrar; según me explicó una de las trabajadoras cuando pregunté, para que «no se llene esto de vagabundos». Al mismo tiempo, policías y basureros han obligado a las personas sin hogar a entregar sus cartones; lo he visto con mis propios ojos. En la plaza del mercado de la Barceloneta, una triste nota pegada en el suelo por algún vecino avisaba de que allí mismo había muerto de frío una persona sin hogar esa misma semana. No se sabía su nombre, nadie reclamaría su cuerpo; murió sola, de frío. No es que el sistema esté fallando en atender a los más vulnerables; está participando activamente en su muerte: es necropolítica.
Desde el genocidio hasta la retirada del cartón que protege del frío a una persona sin hogar, la crueldad preventiva se convierte en norma. Las víctimas de un sistema injusto son sistemáticamente representadas como amenazas al orden social, mientras que quienes las despojan de sus derechos se legitiman como protectores de la estabilidad. Pero ¿a quién deberíamos temer realmente? Nuestra preocupación debería centrarse en las dinámicas estructurales y culturales que despojan de humanidad a estas personas, no en quienes intentan sobrevivir. Hemos interiorizado que las muertes de algunos no importan; que el sistema, como una maquinaria que devora cuerpos a su paso, debe continuar pese a las bajas. Las contabilizamos como daños colaterales y permitimos que sucedan como práctica habitual. La necropolítica justifica su muerte y su marginación, alentando discursos de escasez y sacrificio mientras engrosa los bolsillos de los grandes billonarios.
El temor no debería dirigirse hacia quienes luchan por existir en medio de la adversidad, sino hacia aquellos sistemas que los despojan de su dignidad y sus derechos, y hacia quienes diseñan y ejecutan esa crueldad legitimada. Desde esta perspectiva, revertir la mirada supone armarse de empatía y ternura, estar para el cuidado del otro. La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esencial para contrarrestar los discursos del miedo y generar narrativas donde la justicia y el cuidado desarmen las dinámicas de exclusión y opresión. Cuando la violencia se estructura como norma, la ternura se convierte en un acto radical. Porque si los derechos no se extienden a todos, no son derechos: son privilegios. Y un privilegio no se defiende colectivamente; se acumula de forma individual, se teme perderlo, se justifica excluyendo a quienes no lo tienen. Por eso, apostar por el cuidado mutuo no es un gesto de bondad ingenua, sino una forma de resistencia activa contra la lógica de la escasez y el miedo. Si nuestras vidas no importan para los sistemas que nos oprimen, debemos importarnos entre nosotros. Reivindicar los derechos de todos — empezando por los que menos tienen— no es solo un acto de justicia: es la condición indispensable para construir y habitar un mundo común.
La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esencial para contrarrestar los discursos del miedo
En este contexto de colapso, marcado por la ausencia de futuro y desigualdades abismales, las tecnologías, lejos de ser herramientas neutrales, amplifican y moldean nuestra relación con el mundo, con el otro y con los sistemas complejos que habitamos. Estamos atrapadas en un monocultivo tecnológico que homogeneiza, invisibiliza los márgenes y aplana los conflictos. La tecnología no solo refleja, sino que intensifica dinámicas de exclusión racial, económica y social, convirtiendo las herramientas digitales en nuevos escenarios de opresión.
En las fronteras del mundo, la tecnología se ha convertido en un arma al servicio de la exclusión y la muerte. Sistemas de vigilancia, drones y herramientas de reconocimiento facial, que podrían utilizarse para salvar vidas en crisis humanitarias, se emplean para segarlas e impedir la entrada de quienes buscan refugio. En la frontera sur de Europa, el uso de drones y sensores térmicos para localizar pateras no tiene como objetivo rescatar personas, sino disuadir su paso y forzar devoluciones en caliente. Del mismo modo, en Estados Unidos, las inversiones en muros «inteligentes» y la militarización tecnológica del control migratorio refuerzan una narrativa de amenaza que deshumaniza a quienes huyen de conflictos y catástrofes climáticas, consolidando un régimen de necropolítica global. Estas herramientas no protegen, sino que perpetúan un sistema que convierte a los más vulnerables en cifras, en daños colaterales de una maquinaria que privilegia el control sobre la vida.
En todo esto no somos meros observadores. El propio sistema, más allá de convertirnos en posibles víctimas futuras, nos vuelve también cómplices al emplear, cada vez con más frecuencia, tecnologías civiles en el ámbito militar. Así, el genocidio contemporáneo no solo se lleva a cabo con armas convencionales; se sostiene y amplifica a través de herramientas que fueron diseñadas para otros fines, pero fácilmente adaptables a la violencia. Sistemas de reconocimiento facial, entrenados con imágenes que las propias personas suben a redes sociales, han sido utilizados para identificar y perseguir a minorías étnicas en lugares como Xinjiang, donde el pueblo uigur vive bajo constante vigilancia. En Gaza, drones inicialmente diseñados para monitoreo agrícola se utilizan para seleccionar objetivos en zonas densamente pobladas, convirtiendo la tecnología civil en un instrumento de exterminio.
Nuestra complicidad no termina en el uso de estas herramientas. Participamos indirectamente al entrenar sistemas de inteligencia artificial mediante el uso diario de aplicaciones que recopilan nuestros datos, o al financiar, a través de inversiones y consumo, a empresas tecnológicas que colaboran con genocidas. Los mismos dispositivos con los que trabajamos, nos comunicamos e interactuamos provienen de la sangre del Congo. La maquinaria de vigilancia y represión es alimentada por plataformas que dominan nuestra vida cotidiana, consolidando un ecosistema tecnológico donde la muerte y la exclusión se normalizan como externalidades del progreso.
La digitalización, lejos de ser solo una herramienta, se ha convertido en un marco que moldea nuestras vidas en sus dimensiones más íntimas. Los algoritmos no solo organizan información; estructuran relaciones, condicionan decisiones y delimitan los contornos de lo posible. En este proceso, la memoria colectiva se fragmenta, las comunidades se disuelven y nuestra capacidad de imaginar queda subordinada a patrones predecibles. Ante este panorama desolador, mi principal motivación es dotar de esperanza, de metáforas y prácticas que puedan servir de inspiración para recuperar los imaginarios de futuro de esta distopía a la que parecemos irremediablemente abocados. Y hacerlo, precisamente, desde las tecnologías, que son herramienta y agente principal del colapso y la aceleración de las desigualdades, pero también oportunidad. Este libro apuesta por preguntarse a quién benefician las tecnologías que nos rodean, y qué sistemas sociales, políticos, ecológicos o económicos podríamos imaginar de cara al futuro, así como qué tecnologías, existentes o imaginadas, podrán servir a esos nuevos horizontes.
Escribo para repensar las tecnologías desde un lugar más justo, más tierno, más humano. Hay algo profundamente político en imaginar futuros. En un mundo donde la distopía parece ser la única narrativa posible, creo que es un acto radical abrir grietas en lo establecido y pensar en horizontes que integren la justicia y la ternura como principios rectores. Y cuando hablo de ternura, no lo hago desde un lugar de fragilidad o sentimentalismo; hablo de ternura como una fuerza política, como la capacidad de mirar al otro desde su vulnerabilidad y dignidad, de tejer relaciones de cuidado y reciprocidad en un mundo que nos empuja constantemente hacia la competencia y la individualidad.
Este texto es un fragmento de ‘Sembrar futuros’ (Ariel, 2026), de Eurídice Cabañes.
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