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Pensamiento

Sembrar futuros

En un mundo donde la disto­pía parece ser la única narrativa posible, es un acto radical abrir grietas en lo establecido y pensar en horizontes que integren la justicia y la ternura como principios recto­res.

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27
octubre
2026
Imagen de portada de ‘Sembrar futuros’ (Ariel)

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Los relatos sobre el futuro y el imaginario asociado a él están secuestrados. Aceptamos el colapso como horizonte cierto de nuestro futuro inminente mientras este, a la vez, se nos desvanece entre las manos. Uno de los efectos más devastadores de esta condición es la incapacidad de pensar en una agencia colectiva que posibilite procesos de cambio so­cial. Nos han arrebatado la imaginación, la posibilidad de plantear cambios sistémicos que reviertan este rumbo o que nos permitan habitar el colapso de un modo que no se limi­te a la mera supervivencia.

A esto se refiere Marina Garcés cuando habla del senti­miento póstumo en su libro Nueva ilustración radical. La fi­lósofa plantea que, si la modernidad centraba su mirada en el progreso como promesa de un futuro brillante, y la pos­modernidad desenmascaró esa ilusión reivindicando un presente infinito y constante, la actualidad nos sitúa más allá del umbral. Estamos en un tiempo de descuento en el que la pregunta ya no es qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer, sino hasta cuándo. ¿Hasta cuándo durarán los recur­sos naturales? ¿Hasta cuándo será el aire respirable? ¿Hasta cuándo podré pagar el alquiler? En esta sensación constante de emergencia se desactiva la posibilidad de cualquier ac­ción colectiva orientada al cambio a largo plazo.

La sensación constante de emergencia desactiva la posibilidad de cualquier ac­ción colectiva orientada al cambio a largo plazo

En un mundo que parece colapsar, los discursos del mie­do se convierten en herramientas poderosas para justificar la exclusión y la violencia hacia quienes ya han sido privados de sus derechos. Si cada vez una mayor parte de la pobla­ción mundial va a quedar sin las garantías más básicas de protección, es conveniente poner el punto de mira en quie­nes ya carecen de ellas, y presentarlos como el problema de la sociedad y un peligro para el Estado del bienestar. De esta manera, se desvía la atención del verdadero problema. Por ejemplo, si el problema es el acceso a la vivienda, los discur­sos desde el poder fomentan el temor a los okupas. De este modo no solo se desvía la atención de los fondos buitre y los grandes tenedores, o se inhabilita la acción colectiva que exigiría regulaciones y acción política, sino que, además, se impulsa la venta de alarmas y el gasto en seguridad. ¿El re­sultado? Una sociedad preocupada por la posibilidad de que sus conciudadanos le quiten la casa en la que vive, cuan­do es infinitamente más probable que lo haga el banco. Y así con todo: migrantes, desplazados climáticos, personas sin hogar, y muchos otros colectivos, son criminalizados, pre­sentados como culpables por el simple hecho de existir en lugares donde su presencia incomoda.

En las últimas olas de frío, en los aeropuertos se ha empe­zado a exigir las tarjetas de embarque para entrar; según me explicó una de las trabajadoras cuando pregunté, para que «no se llene esto de vagabundos». Al mismo tiempo, policías y basureros han obligado a las personas sin hogar a entregar sus cartones; lo he visto con mis propios ojos. En la plaza del mer­cado de la Barceloneta, una triste nota pegada en el suelo por algún vecino avisaba de que allí mismo había muerto de frío una persona sin hogar esa misma semana. No se sabía su nom­bre, nadie reclamaría su cuerpo; murió sola, de frío. No es que el sistema esté fallando en atender a los más vulnerables; está participando activamente en su muerte: es necropolítica.

Desde el genocidio hasta la retirada del cartón que prote­ge del frío a una persona sin hogar, la crueldad preventiva se convierte en norma. Las víctimas de un sistema injusto son sistemáticamente representadas como amenazas al or­den social, mientras que quienes las despojan de sus dere­chos se legitiman como protectores de la estabilidad. Pero ¿a quién deberíamos temer realmente? Nuestra preocupa­ción debería centrarse en las dinámicas estructurales y cul­turales que despojan de humanidad a estas personas, no en quienes intentan sobrevivir. Hemos interiorizado que las muertes de algunos no importan; que el sistema, como una maquinaria que devora cuerpos a su paso, debe continuar pese a las bajas. Las contabilizamos como daños colaterales y permitimos que sucedan como práctica habitual. La ne­cropolítica justifica su muerte y su marginación, alentando discursos de escasez y sacrificio mientras engrosa los bolsi­llos de los grandes billonarios.

El temor no debería dirigirse hacia quienes luchan por existir en medio de la adversidad, sino hacia aquellos siste­mas que los despojan de su dignidad y sus derechos, y hacia quienes diseñan y ejecutan esa crueldad legitimada. Desde esta perspectiva, revertir la mirada supone armarse de empa­tía y ternura, estar para el cuidado del otro. La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esen­cial para contrarrestar los discursos del miedo y generar na­rrativas donde la justicia y el cuidado desarmen las dinámicas de exclusión y opresión. Cuando la violencia se estructura como norma, la ternura se convierte en un acto radical. Porque si los derechos no se extienden a todos, no son derechos: son privilegios. Y un privilegio no se defiende colectivamen­te; se acumula de forma individual, se teme perderlo, se justi­fica excluyendo a quienes no lo tienen. Por eso, apostar por el cuidado mutuo no es un gesto de bondad ingenua, sino una forma de resistencia activa contra la lógica de la escasez y el miedo. Si nuestras vidas no importan para los sistemas que nos oprimen, debemos importarnos entre nosotros. Reivindi­car los derechos de todos — empezando por los que menos tienen— no es solo un acto de justicia: es la condición indis­pensable para construir y habitar un mundo común.

La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esen­cial para contrarrestar los discursos del miedo

En este contexto de colapso, marcado por la ausencia de futuro y desigualdades abismales, las tecnologías, lejos de ser herramientas neutrales, amplifican y moldean nuestra rela­ción con el mundo, con el otro y con los sistemas complejos que habitamos. Estamos atrapadas en un monocultivo tec­nológico que homogeneiza, invisibiliza los márgenes y apla­na los conflictos. La tecnología no solo refleja, sino que in­tensifica dinámicas de exclusión racial, económica y social, convirtiendo las herramientas digitales en nuevos escenarios de opresión.

En las fronteras del mundo, la tecnología se ha converti­do en un arma al servicio de la exclusión y la muerte. Siste­mas de vigilancia, drones y herramientas de reconocimiento facial, que podrían utilizarse para salvar vidas en crisis hu­manitarias, se emplean para segarlas e impedir la entrada de quienes buscan refugio. En la frontera sur de Europa, el uso de drones y sensores térmicos para localizar pateras no tiene como objetivo rescatar personas, sino disuadir su paso y for­zar devoluciones en caliente. Del mismo modo, en Estados Unidos, las inversiones en muros «inteligentes» y la militari­zación tecnológica del control migratorio refuerzan una na­rrativa de amenaza que deshumaniza a quienes huyen de conflictos y catástrofes climáticas, consolidando un régimen de necropolítica global. Estas herramientas no protegen, sino que perpetúan un sistema que convierte a los más vul­nerables en cifras, en daños colaterales de una maquinaria que privilegia el control sobre la vida.

En todo esto no somos meros observadores. El propio siste­ma, más allá de convertirnos en posibles víctimas futuras, nos vuelve también cómplices al emplear, cada vez con más fre­cuencia, tecnologías civiles en el ámbito militar. Así, el genoci­dio contemporáneo no solo se lleva a cabo con armas conven­cionales; se sostiene y amplifica a través de herramientas que fueron diseñadas para otros fines, pero fácilmente adaptables a la violencia. Sistemas de reconocimiento facial, entrenados con imágenes que las propias personas suben a redes sociales, han sido utilizados para identificar y perseguir a minorías ét­nicas en lugares como Xinjiang, donde el pueblo uigur vive bajo constante vigilancia. En Gaza, drones inicialmente dise­ñados para monitoreo agrícola se utilizan para seleccionar ob­jetivos en zonas densamente pobladas, convirtiendo la tecno­logía civil en un instrumento de exterminio.

Nuestra complicidad no termina en el uso de estas herra­mientas. Participamos indirectamente al entrenar sistemas de inteligencia artificial mediante el uso diario de aplicacio­nes que recopilan nuestros datos, o al financiar, a través de inversiones y consumo, a empresas tecnológicas que colabo­ran con genocidas. Los mismos dispositivos con los que tra­bajamos, nos comunicamos e interactuamos provienen de la sangre del Congo. La maquinaria de vigilancia y represión es alimentada por plataformas que dominan nuestra vida cotidiana, consolidando un ecosistema tecnológico donde la muerte y la exclusión se normalizan como externalidades del progreso.

La digitalización, lejos de ser solo una herramienta, se ha convertido en un marco que moldea nuestras vidas en sus dimensiones más íntimas. Los algoritmos no solo organizan información; estructuran relaciones, condicionan decisio­nes y delimitan los contornos de lo posible. En este proceso, la memoria colectiva se fragmenta, las comunidades se di­suelven y nuestra capacidad de imaginar queda subordinada a patrones predecibles. Ante este panorama desolador, mi principal motivación es dotar de esperanza, de metáforas y prácticas que puedan servir de inspiración para recuperar los imaginarios de futuro de esta distopía a la que parece­mos irremediablemente abocados. Y hacerlo, precisamente, desde las tecnologías, que son herramienta y agente princi­pal del colapso y la aceleración de las desigualdades, pero también oportunidad. Este libro apuesta por preguntarse a quién benefician las tecnologías que nos rodean, y qué siste­mas sociales, políticos, ecológicos o económicos podríamos imaginar de cara al futuro, así como qué tecnologías, exis­tentes o imaginadas, podrán servir a esos nuevos horizontes.

Escribo para repensar las tecnologías desde un lugar más justo, más tierno, más humano. Hay algo profundamente político en imaginar futuros. En un mundo donde la disto­pía parece ser la única narrativa posible, creo que es un acto radical abrir grietas en lo establecido y pensar en horizontes que integren la justicia y la ternura como principios recto­res. Y cuando hablo de ternura, no lo hago desde un lugar de fragilidad o sentimentalismo; hablo de ternura como una fuerza política, como la capacidad de mirar al otro desde su vulnerabilidad y dignidad, de tejer relaciones de cuidado y reciprocidad en un mundo que nos empuja constantemente hacia la competencia y la individualidad.


Este texto es un fragmento de ‘Sembrar futuros’ (Ariel, 2026), de Eurídice Cabañes. 

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