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Los túneles de la democracia

Estamos frente a una paradoja inquietante: la generación más educada, más conectada y más libre de la historia es también la que muestra menor apego a la democracia.

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14
octubre
2026

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Terminé una clase donde habíamos hablado sobre por qué las instituciones son importantes para el desarrollo de un país, sobre la importancia de la democracia, sobre cómo atajar las desigualdades. Durante el debate todo había parecido normal. Al terminar, dos estudiantes se acercaron. Aunque inicialmente querían resolver un problema con sus asistencias, les pregunté cómo veían el desarrollo del curso.

—Nos gusta mucho el contenido, pero más de la mitad de la clase no cree en nada de eso —me dijo una de ellas.

—¿Cómo así? ¿A qué te refieres?

—Bueno, son muy desconfiados. Dicen que nada de esto es verdad. Que la democracia no existe y que quemarían las instituciones.

—No lo entiendo. En clase nadie ha dicho nada. Hemos trabajado con artículos y papers académicos.

—Nuestros compañeros no se informan con periódicos. Nosotros vemos las noticias en TikTok y hay muchos influencers que prefieren un gobierno más autoritario —intervino la segunda estudiante.

—¿Como una dictadura?

—Sí, no sé, algo así. Algo que de verdad responda a sus problemas.

—Pero… ¿por qué es la primera vez que os escucho algo así?

—Es que creo que nos comunicamos por canales diferentes.

Me dejó pensando durante días. ¿Cómo era posible que ni en las discusiones en clase ni en las tutorías me hubiera dado cuenta de estas percepciones? ¿De dónde sacaban los jóvenes estas ideas? Yo no las escucho fácilmente. Quizás esa era la clave: vivimos en túneles informativos distintos, y el mío no conecta con el suyo.

Me puse entonces a buscar en profundidad las cifras que había leído superficialmente. Lo que encontré me alarmó.

Un retroceso que no es anecdótico

Según el World Report 2026 de Human Rights Watch, el 72% de la población mundial vive ya bajo regímenes autocráticos. El Global State of Democracy 2025, publicado por IDEA Internacional, muestra que en promedio son más los indicadores democráticos que descienden que los que ascienden. El retroceso democrático no es un fenómeno localizado ni pasajero; es una tendencia global y sostenida.

Pero lo que más me inquietaba era lo que estaba ocurriendo con la gente joven, justo como me habían advertido mis estudiantes.

En España, la encuesta de hábitos democráticos del CIS revela que un 27,3% de los jóvenes de entre 18 y 24 años no considera que la democracia sea preferible a cualquier otra forma de gobierno, y un 12,7% cree que en algunas circunstancias un gobierno autoritario podría ser mejor —el mayor porcentaje registrado desde que existen estos estudios—. Pero el dato que más me impactó fue otro: en una encuesta del CIS de diciembre de 2024, el 48% de los jóvenes de 18 a 24 años prefiere que las decisiones las tomen personas expertas en cada materia —un gobierno de expertos, una tecnocracia—, y el 45% de los de 25 a 34 años también. Solo el 29,5% del total de encuestados considera que las decisiones deben tomarlas los representantes políticos elegidos en las urnas. Es decir, la democracia representativa tal como la conocemos no es la opción preferida ni siquiera en la población general. Y entre los más jóvenes, casi la mitad la descarta explícitamente.

Estamos ante un cuestionamiento profundo del mecanismo central de la democracia liberal

No estamos hablando de nostalgia por la dictadura. Estamos ante algo más sutil y quizás más peligroso: un cuestionamiento profundo del mecanismo central de la democracia liberal, la representación política electa, en favor de un modelo donde los expertos decidan. Esto plantea preguntas fundamentales sobre legitimidad, rendición de cuentas y pluralismo que no deberíamos ignorar.

Esta tendencia no es exclusivamente española. La encuesta Young Europe 2025 arroja datos preocupantes en todo el continente: menos del 60% de los jóvenes europeos creen que la democracia es la mejor forma de gobierno; uno de cada cinco apoyaría un régimen autoritario bajo ciertas circunstancias, y solo el 6% considera que su sistema político funciona bien. En Italia, la cifra de apoyo a un régimen autoritario alcanza el 24%. Según el UN World Social Report 2025, más de una cuarta parte de los nacidos en los años noventa declara no tener ninguna confianza en sus gobiernos.

En Estados Unidos, el estudio de Claassen y Magalhães (2023), publicado en Public Opinion Quarterly y basado en el análisis de 12 encuestas nacionales con más de 18.000 encuestados entre 1995 y 2019, documenta un declive inequívoco: el porcentaje de estadounidenses que rechazaba la idea de un líder fuerte sin restricciones del Congreso cayó del 75% al 62% en apenas dos décadas, y el apoyo a la democracia como sistema de gobierno descendió del 94% en 2006 al 71% en 2019. Los autores demuestran que este declive no es un efecto del ciclo vital, sino una tendencia generacional sostenida: cada generación nacida después de los años cuarenta ha sido menos favorable a la democracia que la anterior.

Estamos frente a una paradoja inquietante: la generación más educada, más conectada y más libre de la historia es también la que muestra menor apego a la democracia.

Túneles que convergen: las causas

¿Por qué sucede esto? Pensaba que sería cómodo buscar una única explicación, pero la evidencia apunta a una convergencia de varios túneles —económicos, institucionales, informativos, culturales— que se retroalimentan y refuerzan mutuamente.

El desencanto material

Muchos analistas coinciden en que no necesariamente estamos ante una nostalgia autoritaria —un período que estos jóvenes no han vivido—, sino ante un rechazo de sus condiciones de vida actuales. La precariedad salarial, la pérdida de poder adquisitivo y, sobre todo, el problema de la vivienda alimentan una frustración que se convierte en desafección política.

Los datos son elocuentes. Según FAD Juventud, los principales retos que enfrentan los jóvenes respecto al mercado laboral son los salarios bajos (41,9%), la falta de oportunidades para adquirir experiencia (35,5%) y la dificultad para emanciparse (32,6%). La edad promedio en que las personas adquieren una vivienda por primera vez ha alcanzado un máximo histórico de 34 años en Europa. En España, los jóvenes se emancipan a los 30,3 años de media, según el Consejo de la Juventud de España, la cifra más alta de los últimos veinte años, y la tasa de emancipación juvenil se estanca en el 15,9% (entre 16 y 29 años), frente a una media europea del 31,9%. El desempleo juvenil en España superó el 27% en 2023.

La edad promedio en que las personas adquieren una vivienda por primera vez ha alcanzado un máximo histórico de 34 años en Europa

Existe una relación documentada entre los períodos de crisis económica y el aumento del apoyo a tendencias autoritarias o al populismo nacional. Una investigación reciente ha identificado la inseguridad financiera como el principal predictor del apoyo a partidos populistas. En contextos de mercados laborales inestables y perspectivas limitadas, los jóvenes son más propensos a apoyar narrativas populistas, impulsados no solo por la ideología sino también por el sentimiento anti-élites y la desilusión política. La incapacidad de los gobiernos para ofrecer estabilidad o condiciones de vida satisfactorias ha creado el escenario perfecto para que triunfen narrativas que proponen un «cambio de sistema». Cuando la democracia no te permite acceder a una vivienda, no te ofrece un empleo estable, y no parece escuchar tus demandas, es comprensible —aunque preocupante— que busques respuestas en otro sitio.

Esta búsqueda de alternativas no se limita al ámbito político. También se refleja, por ejemplo, en la creciente atracción de muchos jóvenes hacia las criptomonedas. Nacidas tras la crisis financiera de 2008 como una respuesta a la desconfianza hacia los bancos y las instituciones tradicionales, las criptodivisas encarnan una narrativa profundamente anti-establishment: la idea de que los sistemas existentes han fallado y deben ser sustituidos por estructuras descentralizadas y ajenas al control institucional. Hoy, alrededor del 30% de los nuevos inversores en criptomonedas tiene entre 18 y 24 años, y diversos estudios muestran que una parte significativa de la generación Z confía más en las criptomonedas que en los bancos para proteger sus ahorros. Más allá de la tecnología o de la inversión, este fenómeno refleja algo más profundo: una pérdida de confianza en los mecanismos tradicionales de autoridad y mediación. Cuando las instituciones políticas y económicas dejan de percibirse como capaces de ofrecer estabilidad, aumentan las probabilidades de que prosperen discursos que prometen soluciones simples, rápidas y radicales a problemas complejos.

La desconfianza institucional

El 59% de los jóvenes españoles no se sienten representados por el sistema político actual. La confianza en las instituciones clave es baja: solo un 50% confía en el Congreso, un 43% en los partidos políticos, un 39% en el Senado. Esta desafección genera dos escenarios: la abstención —en las últimas elecciones europeas de 2024, más de la mitad de la población española no votó— o el voto a partidos radicales como forma de protesta contra un sistema percibido como fallido.

Van der Brug, Hobolt y Popa (2025), en un artículo publicado en el Journal of European Public Policy, analizan los datos del European Election Study de junio de 2024 en 28 países de la UE y encuentran diferencias generacionales significativas: las generaciones más jóvenes muestran menor apoyo a las normas democráticas liberales y mayor propensión a votar por la derecha política radical. El rechazo a los valores democráticos liberales no solo aleja a los jóvenes de los partidos tradicionales, sino que los canaliza específicamente hacia alternativas que cuestionan esos valores.

Las cifras electorales lo confirman. En Francia, el voto joven al Rassemblement National se duplicó entre 2019 y 2024, pasando del 15% al 31% entre los votantes de 18 a 24 años. En Alemania, AfD alcanzó el 21% entre los votantes de esa misma franja en las federales de febrero de 2025, casi doblando su cuota respecto a 2021. En España, el barómetro del CIS de julio de 2025 sitúa a Vox como primera preferencia entre los varones menores de 34 años, con una intención de voto que supera el 30% en ese segmento.

El ecosistema informativo: algoritmos, burbujas y desinformación

Aquí es donde los túneles se vuelven literales. Según el Flash Eurobarómetro sobre juventud y democracia, más del 70% de los jóvenes europeos se informa sobre política principalmente a través de redes sociales. En Estados Unidos, alrededor del 37% de las personas entre 18 y 30 años obtiene sus noticias regularmente de influencers en redes sociales.

Más del 70% de los jóvenes europeos se informa sobre política a través de redes sociales

Los jóvenes de la generación Z pasan alrededor de seis horas diarias con sus móviles, lo que los convierte en el público ideal para la manipulación narrativa y la diseminación de desinformación. La atención promedio en una pantalla ha caído a 47 segundos. En ese contexto, los algoritmos que gobiernan las plataformas crean un efecto de filtro burbuja: tienden a mostrarnos contenido que refuerza nuestras percepciones y actitudes previas, atrapando a los usuarios en entornos polarizados donde las posturas radicales se amplifican.

Pero el problema va más allá de los algoritmos. La desinformación intencional —organizada, financiada, dirigida— ha encontrado en este ecosistema su campo de batalla perfecto. El Parlamento Europeo ha documentado que el objetivo último de la interferencia rusa es socavar, dividir y debilitar a la Unión Europea. Operaciones como Doppelganger —que suplanta y clona medios de comunicación legítimos para difundir contenido falso bajo apariencia de credibilidad— y Storm-1516 —que emplea deepfakes y periodistas falsos para fabricar narrativas— son infraestructuras profesionales de desinformación con respaldo estatal.

El caso de las elecciones en Rumanía fue el laboratorio perfecto que demuestra toda la cadena: desinformación, TikTok, jóvenes, candidato pro-autoritario, crisis democrática. Călin Georgescu, un candidato marginal con posiciones antiglobalistas y pro-rusas, pasó del 1% al 35% de intención de voto en apenas dos semanas gracias a una campaña en TikTok que movilizó más de 25.000 cuentas coordinadas y 5.000 canales de Telegram vinculados a intereses rusos. Los algoritmos de TikTok alimentaron a usuarios nuevos y políticamente neutrales con una media de tres veces más contenido de extrema derecha que de cualquier otro tipo. El Tribunal Constitucional rumano acabó anulando la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2024, citando evidencia de interferencia extranjera. Pero la lección más inquietante es que la desinformación rusa no necesitó convencer a nadie de que la democracia era mala; solo necesitó amplificar una desconfianza que ya existía.

Un estudio reciente de Lorente y Jiménez-Bravo (2025), publicado en Frontiers in Political Science, aporta una evidencia muy relevante para entender el vínculo entre redes sociales y desafección democrática en España. Sus resultados muestran que, entre los hombres jóvenes, la alta confianza en redes sociales como fuente de información tiene un efecto negativo y estadísticamente significativo sobre el apoyo difuso a la democracia. No es el mero uso de redes sociales lo que erosiona las actitudes democráticas, sino la confianza que se deposita en ellas como fuente fiable para entender el mundo. Y, como advierten los autores, si las redes sociales amplifican contenido extremo y emocionalmente hostil, las implicaciones a largo plazo para la juventud actual son profundas.

Irónicamente, el 72% de los jóvenes europeos reconoce que la desinformación es un problema grave para la democracia. Lo saben, pero el entorno en el que se informan les hace vulnerables precisamente a aquello que critican.

La brecha de género y la crisis de masculinidad

En todas las métricas mencionadas aparece una constante: los hombres jóvenes se decantan más rápidamente por opciones autoritarias que las mujeres jóvenes. Milosav, Klüver y otros (2025), con datos de casi 25.000 votantes en 27 países europeos, confirman una brecha de género significativa en el voto a la extrema derecha: el 21% de los varones jóvenes frente al 14% de las mujeres.

No es el mero uso de redes sociales lo que erosiona las actitudes democráticas, sino la confianza que se deposita en ellas como fuente fiable para entender el mundo

Este fenómeno tiene raíces profundas. Los cambios sociales, el creciente feminismo y la pérdida de los roles tradicionales han generado en muchos hombres jóvenes lo que algunos investigadores describen como una «crisis de masculinidad»: la sensación de que han perdido el espacio donde podían afirmar su identidad de protector y proveedor. Según un estudio de King’s College London (2025), los hombres y mujeres de la generación Z están más divididos que cualquier otra generación anterior en temas de feminismo, roles de género y derechos de las mujeres. Crecen percepciones inquietantes: la idea de que los esfuerzos por la igualdad se han excedido y que ahora son los hombres los discriminados.

La llamada «manosfera» funciona como uno de los principales túneles digitales por los que muchos hombres jóvenes canalizan frustraciones económicas, afectivas e identitarias hacia posiciones cada vez más radicales y, en algunos casos, abiertamente autoritarias. The Atlantic sostiene que los discursos antifeministas pueden actuar como una puerta de entrada a formas más amplias de radicalización. Esto se debe a que proporcionan una explicación sencilla a sentimientos reales de descontento, gozan de cierta aceptación en determinados entornos digitales y, en algunos casos, facilitan la adopción posterior de narrativas conspirativas o extremistas.

La manosfera tampoco existe de forma aislada. Forma parte de un ecosistema digital más amplio donde convergen comunidades de «cryptobros», influencers de masculinidad extrema, foros incel y contenidos que glorifican modelos de éxito basados en la dominación, la riqueza rápida o la superioridad masculina. No es casualidad que exista una importante brecha de género tanto en el consumo de estos contenidos como en la inversión en criptomonedas. Diversos estudios muestran que los hombres jóvenes participan significativamente más que las mujeres en estos espacios digitales, y actores políticos como Donald Trump identificaron explícitamente a esta audiencia masculina y joven como un grupo electoral estratégico durante la campaña presidencial de 2024.

En muchos casos, estas comunidades ofrecen respuestas aparentemente sencillas a frustraciones reales: dificultades económicas, incertidumbre laboral, soledad, problemas afectivos o sensación de pérdida de estatus. El movimiento incel constituye uno de los ejemplos más extremos. A través de plataformas como Telegram y otros espacios digitales cerrados, algunos de estos grupos transforman experiencias personales de rechazo o aislamiento en narrativas colectivas de resentimiento hacia las mujeres y hacia los cambios sociales asociados al feminismo.

A ello se suma una exposición cada vez más temprana a contenidos sexuales online. Diversos estudios alertan de que la mayoría de los adolescentes ha consumido pornografía antes de alcanzar la mayoría de edad y que una parte significativa de ese contenido presenta dinámicas de dominación o agresión. Aunque la relación causal es compleja y debe abordarse con cautela, numerosos investigadores advierten de que la combinación de pornografía, redes sociales, idealización extrema de la apariencia física —como ocurre con fenómenos recientes como el looksmaxxing— y comunidades digitales de resentimiento puede contribuir a consolidar visiones distorsionadas de las relaciones afectivas, la sexualidad y la igualdad de género. En determinados contextos, estas dinámicas terminan alimentando discursos antifeministas que encuentran una afinidad natural con proyectos políticos iliberales y autoritarios.

En paralelo, el fenómeno de las tradwives —mujeres que publican contenido en redes sociales idealizando una vida doméstica tradicional con roles de género estrictos— representa otra cara de la misma moneda. Lejos de ser una simple tendencia estética, como advierte la profesora Heejung Chung, directora del Global Institute for Women’s Leadership, si esta tendencia no se aborda adecuadamente, se corre el riesgo de empujar a toda una generación de mujeres hacia visiones autoritarias de la familia, restringiendo la autonomía que tanto les ha costado conseguir. Esta dinámica de género, alimentada por las redes sociales y la frustración económica, crea un terreno fértil para discursos que presentan el orden autoritario como la solución natural frente al «caos» de la igualdad.

El desconocimiento histórico

Hay un factor que, aunque menos visible, es igual de preocupante: los jóvenes que se sienten atraídos por modelos autoritarios no han vivido una dictadura. En España, un 20,1% de los encuestados jóvenes no sabe cuándo tuvo lugar el régimen franquista. El 20,3% de los hombres y el 10,9% de las mujeres de la generación Z considera que los años de la dictadura fueron «buenos o muy buenos». Un 14% de los jóvenes considera que el cambio que se produjo tras la muerte de Franco fue «para mal».

Los jóvenes que se sienten atraídos por modelos autoritarios no han vivido una dictadura

Como señala Cynthia Arnson, del Wilson Center, el principal factor que hace que los jóvenes vean como factible vivir bajo una dictadura es que, al haber nacido después de la transición democrática, no tienen memoria directa de los abusos de los regímenes autoritarios. Las lagunas en el sistema educativo, combinadas con contenidos en redes sociales que exaltan el franquismo o trivializan las dictaduras, crean una generación más susceptible a discursos que los minimizan, normalizan o reivindican.

¿Qué podemos hacer?

Trabajo en una universidad donde muchos de los jóvenes a los que educamos son parte de estas estadísticas. No es una abstracción: son mis estudiantes. Son las personas a las que me dirijo cada mañana en el aula.

La primera tarea es comprender que la mayoría de los jóvenes que se sienten atraídos por el autoritarismo no comparten necesariamente su base ideológica. Se acercan a él porque se presenta como la única alternativa ante una acumulación de condiciones de precariedad, de frustración, de desconfianza. Y debemos reconocer que tienen razones legítimas para estar frustrados: la vivienda, el empleo, la sensación de no ser escuchados. Desestimar esa frustración sería el peor error que podríamos cometer.

Pero también es nuestra responsabilidad hacer ver que la democracia no es simplemente otro sistema de gobierno: está fundamentada en un sistema de garantías. La igualdad de género, la libertad de expresión, el acceso a una vivienda y un empleo dignos son aspectos que, dentro de un modelo autoritario, se erosionan o desaparecen. Los jóvenes, al apoyar un cambio hacia el autoritarismo, serían paradójicamente uno de los grupos más afectados cuando el sistema democrático comenzara a desmoronarse.

Desde la educación, hay varias líneas de acción urgentes. Debemos informar mejor y, sobre todo, entender los canales por los que se llega a la juventud. No podemos seguir hablando desde púlpitos que nadie frecuenta. Mis estudiantes me lo dijeron con claridad: «Nos comunicamos por canales diferentes». Eso implica que debemos estar presentes en esos canales, y bajar a los túneles si es necesario. No para competir con los influencers, sino para aportar contexto, matiz y pensamiento crítico donde hoy solo hay simplificación y polarización.

Una generación que no conoce los horrores de las dictaduras es más vulnerable a idealizarlas

Es fundamental fortalecer la educación histórica y la memoria democrática, no como un ejercicio de nostalgia o revancha, sino como una herramienta de comprensión. Una generación que no conoce los horrores de las dictaduras es más vulnerable a idealizarlas. Y es igualmente fundamental invertir en alfabetización mediática: enseñar a distinguir entre información, desinformación y manipulación no debería ser una asignatura optativa, sino una competencia transversal en cualquier programa educativo.

El Consejo de Europa, en su Estrategia de Educación 2024-2030, propone renovar la misión democrática y cívica de la educación, mejorar la responsabilidad social del sistema educativo y aumentar la capacidad colectiva para contrarrestar la manipulación informativa. Las universidades debemos asumir un papel activo en estos tres pilares.

Pero quizás lo más importante es algo que no se enseña en ningún programa: escuchar. Escuchar de verdad a los estudiantes que ya no confían en la democracia. No para darles la razón, sino para entender qué les ha llevado hasta ahí. Solo desde esa comprensión podremos ofrecerles algo que valga más que un vídeo de TikTok de sesenta segundos: la posibilidad de pensar con profundidad, de conocer la historia, de ejercer el pensamiento crítico, de entender que la democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el único sistema que les garantiza la libertad de criticarla.

Entre y salir del túnel

Ante una generación que no ha vivido dictaduras, que se informa por algoritmos que amplifican el extremismo, que construye su identidad en un entorno digital diseñado para capturar su atención y que se enfrenta a condiciones estructurales inciertas nos encontramos en el ojo de una tormenta en la que estos malestares pueden amplificarse hasta convertirse en simpatía activa por el autoritarismo.

La cuestión no es si la democracia podrá sobrevivir ante el giro autoritario de parte de la juventud. La cuestión es si los principales actores —gobiernos, partidos políticos, universidades, sociedad civil— tendremos la agilidad y la urgencia necesarias para responder a la gravedad del problema con soluciones a la altura.

Vuelvo a aquella conversación después de clase. «Nos comunicamos por canales diferentes», me dijo la estudiante. Tenía razón. La información fluye por túneles desconocidos para mí que hacen tambalear el sistema. Pero los túneles, por oscuros que sean, tienen salida y llegan a la luz. Recorrerlos juntos es probablemente el mayor desafío educativo, político y democrático de nuestra generación.


Borja Santos es decano de Programas. IE School of Politics, Economics and Global Affairs – IE University.

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