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Desigualdad

Raúl Flores

«No están fallando las personas, está fallando el sistema»

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28
julio
2026

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No fallan las personas, falla el sistema. Esta es una de las principales conclusiones que arroja el último ‘Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España’, que elabora de forma regular Cáritas en España. Los datos son llamativos: las dos décadas de crisis globales que hemos vivido están agravando las brechas económicas y sociales en el país y no han dado margen para la recuperación. La exclusión grave es ahora mismo un 52% superior a la que se registraba en 2007. España, señala el informe, «atraviesa un proceso inédito de fragmentación social». Hablamos con Raúl Flores, secretario técnico de la Fundación Foessa y coordinador del equipo de Estudios de Cáritas Española, sobre cómo se ha llegado hasta este punto.


¿Cómo ha llegado España a una de las tasas de desigualdad más altas de Europa?

Cualquier persona que te dé una única razón está escamoteando la realidad. Existen muchos motivos para explicarlas. Quizás, destacaría cuatro elementos fundamentales. El primero es una política de vivienda que no ha asegurado ese derecho, sino que de alguna forma ha primado la vivienda como un bien de inversión. Un segundo elemento es nuestro sistema laboral, un sistema productivo con alta estacionalidad y un espacio laboral que tampoco ha permitido reducir las tasas de desigualdad. Luego, están los elementos relacionados con las políticas de reducción de la desigualdad en origen. España es uno de los países de la Unión Europea que menos está invirtiendo en políticas de infancia, de familia, de apoyo a la crianza. Esto se está reflejando no solo en las tasas de desigualdad, sino también en la transmisión intergeneracional de la pobreza o la exclusión social y en la forma en la que la sociedad se resiente de las crisis económicas. Un cuarto elemento es la intensidad y la orientación de las transferencias sociales. Las políticas sociales tienen un volumen más pequeño que el de los países de nuestro entorno.

¿Y es la sociedad consciente realmente de esta realidad? ¿O vivimos un poco con gafas de color de rosa de que este es un problema que afecta a otros?

En nuestro último informe, señalábamos una tendencia diferencial: somos una sociedad cada vez más consciente de la realidad en la que vivimos. Hemos llegado a hablar de desasosiego, esa incertidumbre o ansiedad ante lo que está pasando. No solo somos consciente de los problemas que tenemos, sino que somos conscientes de que los estamos generando como sociedad, con nuestra forma de actuar y con nuestras decisiones. Pero la respuesta, lejos de ser colectiva, es individual. Es el ‘sálvese quien pueda’, que cada uno se resuelva lo suyo. Esto es completamente imposible. No hay ninguna solución posible desde el espacio individual. Necesitamos una respuesta colectiva.

«No hay ninguna solución posible desde el espacio individual, necesitamos una respuesta colectiva»

Esto conecta con un dato que dais en el estudio, el de que las personas en riesgo de exclusión social «lo hacen todo bien» por así decirlo. Buscan trabajo, hacen cursos de reciclaje, etc. Si no encuentran soluciones no es por falta de interés, sino que chocan con barreras estructurales.

El relato que presenta a las personas más vulnerables como personas que están de alguna forma fallando, no haciendo las cosas bien o beneficiándose del sistema sin poner de su parte es falso. Es una mentira. Desde Cáritas, lo tenemos claro desde siempre, porque acompañamos a las familias y sabemos que la inmensa mayoría madruga, se esfuerza, pone de su parte y sigue intentándolo. Por ponerte un dato: más de la mitad de las familias que acompañamos son familias que están trabajando y, sin embargo, el trabajo no sirve para salir adelante. No están fallando las personas, está fallando el sistema. Falla la capacidad protectora del sistema, que no puede sostener todas las dificultades. Tenemos además un sistema no lo suficientemente conectado y coordinado para responder.

Otro elemento importante que se nos olvida es que las personas en situación de pobreza o exclusión social llevan ahí un tiempo. Se han ido erosionando muchas dimensiones de su vida. No se trata solo de una renta, o de empleo o vivienda, se trata de educación, cuestiones sociales o salud. Hay que restaurar y acompañar en muchos elementos. Muchas veces pensamos que con una sola medida puntual, incluso a veces meramente económica o material, resolvemos esos problemas. Ese es solo uno de los puntos que hay que acompañar.

«Hay muchos elementos de vulnerabilidad en los que puede caer cualquiera»

¿Por qué pervive tanto esa idea, ese mito de la pasividad? Y también está esa idea de que las personas en situación de exclusión social van a ser los otros, que ‘a mí no me puede tocar’. Las estadísticas no dicen eso.

Es algo interesante, porque hay muchos elementos de vulnerabilidad y de exclusión social en los que podemos caer cualquier persona. Hay otros que es más difícil. Uno que es común a todos los itinerarios es la acumulación de dificultades, el caer y permanecer. En una situación de exclusión social, vas acumulando problemas que se sostienen en el tiempo. Hay personas que entran por elementos muy materiales como perder un empleo o no poder pagar el alquiler, pero hay muchas historias que empiezan con un problema de salud, una enfermedad grave que impide trabajar. Otros itinerarios comienzan con una separación matrimonial o un enfrentamiento familiar. Hay muchos en los que podríamos caer todos.

Lo que diferencia que profundicemos o salgamos rápido es la red social, tener a alguien en quien confiar y que te ofrezca oportunidades incondicionalmente. Esa incondicionalidad, que puede parecer rara, es crucial. Se da en los espacios familiares y de amistad. Y es una que vamos perdiendo. Muchas familias no tienen esa red porque su familia no está cerca o no tiene capacidad de ayuda. Por eso es tan importante ver todas esas posibles formas de exclusión y tomar conciencia de que son situaciones en las que puede entrar cualquiera.

Justo hablas de la vivienda como una de las cuestiones que explican ese espacio multifactorial de la desigualdad en España. Los precios suben y el acceso es más complicado. ¿Habéis notado estudio tras estudio que la vivienda es cada vez más un motor de exclusión? 

Por completo. Vamos a imaginar la sociedad como un edificio de cinco plantas. La quinta sería la de los habitantes de mayor renta, la primera los de menor y en el tercero está la media. Hace 20 años, los problemas de vivienda existían y afectaban a los habitantes de la primera planta. Hoy, se ha transversalizado y están afectando a la primera, la segunda y la tercera planta. La vivienda ha llegado al punto en el que se recogen los frutos de la acción y la inacción de las últimas cuatro décadas. En la acción, se ha profundizado en la vivienda como un bien de inversión, de generación de beneficios. La inacción está en elementos tan importantes como el desarrollo y conservación de un parque de política pública en alquiler. Es algo en lo que se ha desarrollado durante años en otros países de nuestro entorno, donde se han puesto recursos, se conforman políticas de Estado que mantienen gobiernos de distinto color y es un elemento estructurante de la sociedad. En nuestro país, no se ha hecho.

Una de cada 5 personas se encuentra afectada por problemas residenciales en distintos niveles e intensidades. Es un porcentaje muy alto, al que no habíamos llegado en etapas anteriores. Además de mirar las causas, habría que buscar los efectos. Se habla mucho de los precios de la vivienda, pero muy poco de lo que esto supone para las familias. Y supone ansiedad, estrés, miedo, asfixia.  Al menos una de cada 5 personas se enfrenta cada día a que la vivienda es cada vez menos ese hogar, ese espacio de seguridad y desarrollo personal y familiar. Es un espacio de inseguridad e incertidumbre. Estas consecuencias son elementos muy paralizantes en la vida de las personas. Casi cualquiera puede tomar estrategias de ahorro en alimentación, pero es muy difícil tomarlas en ahorro de vivienda, porque hay muy pocas alternativas.

«Se habla poco de lo que el precio de la vivienda supone para las familias»

En los últimos meses me ha coincidido tocar este tema con varias escritoras que apuntan el desgaste que es vivir siempre de prestado, el elevado estrés que implica.

Nosotros nos encontramos con que, en el día 2 o 3, cuando las familias pagan la vivienda y los suministros, el dinero que queda para terminar el mes es muy poco. Estamos hablando del 14% de la sociedad española, 2,7 millones de hogares. El 2 o 3 de cada mes, se quedan en la pobreza más severa, con 23 días por delante y sin apenas dinero. Nos encontramos casos en todos los lugares de España.

Ahí entra ese término que se hizo muy popular este siglo XXI, el del «pobre con trabajo».

Hace 30 años, el empleo marcaba la diferencia entre estar en integración y no estarlo. Hoy no es así. El empleo ha perdido su capacidad de integración económica y social, que también es importante. El trabajo nos daba una posición económica y una social, una referencia propia y respecto a los demás. Cada día, son menos espacio de socialización o confraternización, encuentro o desarrollo personal, para muchas personas. Y deja de suministrar los ingresos suficientes.

Reconocemos que se ha producido una mejora en la ocupación. Conocemos y celebramos la reducción del desempleo. Pero hay que mirar las cosas y leer la letra pequeña. Cuando lo hacemos, vemos que, aunque han subido los salarios en euros corrientes en casi un 18%, en reales se han reducido en un 1%. Vemos como las jornadas parciales involuntarias o la inestabilidad laboral grave llevan a muchas familias a trabajar un máximo de 8 o 9 meses al año, pero deben pagar 12 meses de alquiler. Esta relación con el mercado laboral hace que una buena parte de la sociedad quede fuera de la integración social. Y añadimos que la precariedad ya no es algo transitorio de algunas etapas de nuestras vidas.

Luego está el papel de la educación como palanca para salir de la precariedad o encontrar un trabajo mejor. El estudio dice que la ESO ya no es suficiente y que el FP y Bachillerato son un cortafuego contra la precariedad. Pero ¿qué hacemos con la herencia educativa, el hecho de que tu educación depende bastante del nivel de formación que haya en tu familia?

Así es. El sistema educativo quiere generar una igualdad de oportunidades. Pero hay que partir de un hecho: está siendo incapaz de compensar las desigualdades de partida. Contamos con evidencia empírica que demuestra como tu nivel de estudios está muy apegado al nivel de estudios de tus progenitores y a las condiciones materiales y económicas de la tu familia de origen. Ese sistema lo intenta, pero no lo está consiguiendo.

Así mismo, encontramos otro elemento que también hay que poner encima de la mesa, porque es bueno desmitificar algunas cosas. Incluso con igualdad de estudios, dos personas consiguen acceder a empleos y a salarios muy diferentes. Hay muchas variables que influyen, la que más la profesión del progenitor. El sistema debe trabajar para desarrollar el máximo nivel de estudios para todas las personas, porque nos ayudan a una mejor desigualdad, pero, dicho esto, seguimos teniendo una desigualdad. Si tienes una familia que te genera contactos y espacios de conexión laboral, vas a tener muchas más oportunidades que otras familias.

Los estudios siguen siendo importantes y el sistema educativo debe seguir mejorando para recortar esa desigualdad de partida, pero no podemos no ver que, más allá del nivel de formación, hay muchos otros elementos de estratificación social y de origen social que están influyendo en los logros que obtenemos.

Mi abuelo decía que, si no tienes padrinos, pues no te bautizas.

Claro. No es malo. Quiero decir, si tengo la oportunidad de ayudar a mis hijos a que tengan una experiencia laboral o a acceder a un espacio laboral bueno, es algo legítimo. Todos lo haríamos. El problema no está en ayudar a nuestra familia o amigos. El problema está en no reconocer esa ayuda, en cuando pensamos que los éxitos que conseguimos son única y exclusivamente por nuestro esfuerzo. Eso nos hace caer en un error muy grande, el de una meritocracia falsa. Pero también nos hace pensar que quien no llega al éxito al que nosotros hemos llegado es porque no ha hecho lo suficiente, porque no le ha puesto el esfuerzo necesario.

Sé que es complicado, pero viendo los datos que tenéis en la mano y el histórico de estudios, ¿qué impacto creéis que tendrán estas realidades para el futuro del país?

Estamos en un momento crucial, un momento de encrucijada. Podemos elegir entre seguir por la senda en la que estamos o hacer un cambio. Seguir es continuar ahondando un modelo de sociedad de desvinculación y de deslegitimación de las instituciones, esa sociedad de la salvación individual; de alguna forma profundizar en esa falta de cohesión social y en esa agenda partidista que prima. Tenemos otra opción diferente, que es replantearnos muchos de los valores que hemos ido dando como buenos, cuestionar el individualismo, la competitividad frente a la colaboración o esa meritocracia falsa.

Acto seguido, debemos apelar a un viraje en nuestras instituciones. Las instituciones sociales y políticas son fundamentales, son mejorables y hay que mejorarlas, pero no podemos cuestionarlas.  No podemos plantear que viviríamos mejor sin ellas, ni mucho menos.  Necesitamos presionar a los sectores de lo público para que lleguen a grandes acuerdos, pactos fundamentales que deberían estructurar nuestra sociedad en los próximos 20 años. Voy a señalar tres fundamentales, una protección social a la infancia y las familias, desarrollar políticas de vivienda que mejoren el acceso para esa primera, segunda y tercera planta de la sociedad y reforzar toda la política de rentas mínimas.

Estaríamos haciendo un viraje fundamenta, pero también debemos apelar a elementos que van más allá de lo que tienen que hacer las administraciones públicas y que nos implican a todos y a cada uno de nosotros. Es decir, reconocernos responsables de lo que pasa y lo que puede pasar en el futuro, como ciudadanos, vecinos y constructores de comunidad.

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