Recordar en un mundo que olvida
Nada permanece lo suficiente como para asentarse. Y esta lógica —rápida, desbordante— no solo transforma la vida social, sino que está alcanzando un territorio aún más íntimo: nuestra memoria.
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Vivimos en un tiempo dominado por la velocidad, la fragmentación y el cambio continuo. Lo sólido se desvanece y lo fugaz se convierte en norma. El sociólogo Zygmunt Bauman introdujo en el año 2000 la metáfora de la «sociedad líquida», un entorno en el que todo —relaciones, trabajos, valores, información— se vuelve transitorio. Nada permanece lo suficiente como para asentarse. Y esta lógica —rápida, desbordante— no solo transforma la vida social, sino que está alcanzando un territorio aún más íntimo: nuestra memoria.
El hipocampo ante la cultura de lo instantáneo
La memoria a largo plazo depende en gran parte del hipocampo, una región del cerebro que necesita tiempo y estabilidad para integrar experiencias. El proceso es lento y exige esfuerzo. Se requiere activar rutas neuronales, reforzarlas y devolverles sentido.
En la sociedad digital, reducimos de forma drástica el esfuerzo por recordar. Todo está a un clic, y siempre podemos volver a buscarlo. Esto implica que el hipocampo reciba menos «señales» de que merece la pena fijar esa información. El cerebro es pragmático: si sabe que la información está externalizada, dedica menos recursos propios a conservarla.
El cerebro es pragmático: si sabe que la información está externalizada, dedica menos recursos propios a conservarla
La memoria no se deteriora como tal, sino que nuestro cerebro aprende a priorizar. Ahora lo novedoso y superficial de un contenido digital presentado durante milisegundos le gana la partida a una reflexión profunda y estable que nos aporta la lectura de un buen libro. El resultado es que acumulamos experiencias, pero pocas se transforman en recuerdos significativos.
La dopamina del ‘scroll’: vivir en modo «siguiente»
Las plataformas digitales están diseñadas para activar pequeñas dosis de dopamina, el neurotransmisor asociado a la recompensa. Cada novedad es un pequeño estímulo que invita a seguir desplazando el dedo y nuestra atención sostenida, a partir de un patrón rápido y adictivo que cuesta muy poco.
La dopamina que se libera con este patrón nos impulsa a buscar más y también funciona como un marcador de valor. Si todo genera el mismo microplacer, nada destaca. Ese es el mensaje que le llega a nuestro cerebro cuando recibe una avalancha homogénea de estímulos sin jerarquías ni profundidad.
De ahí que muchas personas describan la sensación de «lo vi, pero ya no sé qué era». Una consecuencia natural de la economía de la atención que premia lo inmediato y castiga lo duradero.
El Efecto Google o cómo se externaliza la memoria
Hace más de una década, un equipo de investigadores formuló el Efecto Google para describir cuando el cerebro anticipa que podrá recuperar un dato fácilmente y por tanto, no invierte apenas esfuerzo en memorizarlo. Este efecto no nos habla de pereza sino de eficiencia cognitiva.
Desde la escritura hasta los calendarios, la humanidad siempre ha utilizado tecnologías para ampliar su capacidad intelectual. La diferencia está en que, por primera vez, estas herramientas digitales no solo guardan información. También la organizan, la seleccionan y la presentan según algoritmos que no controlamos.
El resultado es que la memoria —esa base sobre la que construimos criterio, identidad y pensamiento complejo— empieza a depender de estructuras externas que definen qué recordamos y qué no. Dejamos de construir internamente porque la memoria se vuelve un servicio externalizado.
En estos tiempos, cuidar la memoria es una forma de resistir la velocidad que nos empuja a vivir en la superficie
Sin recuerdos consolidados es más difícil contextualizar, interpretar y obtener un pensamiento crítico sobre el producto que se nos muestra. Recordemos que la memoria no es solo un archivo. Se trata del tejido que sostiene nuestra capacidad de juicio.
Cómo proteger la memoria en esta sociedad líquida
Proteger la memoria en la era de la hiperestimulación no es una batalla perdida. La neurociencia recuerda que el cerebro conserva su plasticidad durante toda la vida. Pero para hacerlo necesita algo que nuestro entorno líquido rara vez ofrece: estructura y profundidad. En estos tiempos, cuidar la memoria es una forma de resistir la velocidad que nos empuja a vivir en la superficie.
Ese cuidado empieza por recuperar la atención profunda. Leer sin interrupciones, escribir con calma, estudiar sin notificaciones, o incluso sostener una conversación sin el impulso de mirar el teléfono son gestos que reactivan los circuitos que permiten fijar los recuerdos. Aunque no son actividades grandiosas, sí son esenciales.
También ayuda practicar lo que los neurocientíficos llaman evocación activa. Antes de buscar un dato en el móvil, detenerse un momento e intentar recordarlo. Ese pequeño esfuerzo —por ejemplo, recordar el nombre de la persona que nos acaba de saludar— fortalece el hipocampo de manera más eficaz que cualquier truco mnemotécnico.
En paralelo, conviene crear espacios reales de desconexión. No podemos renunciar a la tecnología pero sí podemos adaptarla a nuestro estilo de vida. Reservar momentos diarios sin scroll, acotar los periodos de consumo rápido, permitir que la dopamina vuelva a funcionar como señal de relevancia, y no como ruido constante.
Por último, dormir. El sueño sigue siendo el gran archivador de la memoria. Durante sus fases profundas se consolidan las experiencias, se selecciona lo relevante y se desecha lo accesorio. Sin descanso suficiente la memoria simplemente no tiene dónde asentarse.
Al reunir todas estas ideas, aparecen al menos dos lecciones: la sociedad líquida nos empuja a ir de paso; la memoria, en cambio, nos recuerda que lo valioso necesita tiempo. En esa tensión se juega una parte esencial de nuestra vida interior.
María José Rubio es experta en neuropsicología en la Universidad Internacional de Valencia (VIU).
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