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El punto más alto de la civilización

El autor chileno Benjamín Labatut, en su obra ‘Un verdor terrible’, escribió que «hemos alcanzado el punto más alto de la civilización, solo nos queda caer». ¿Es posible que una civilización alcance tal grado de desarrollo que termine convirtiendo su propia fortaleza en una fuente de vulnerabilidad?

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16
septiembre
2026

Vivimos rodeados de avances que hace apenas unas décadas parecían propios de la ciencia ficción. Ahí está la medicina moderna, que prolonga nuestra esperanza de vida más de lo que nunca hubiéramos imaginado, o la inteligencia artificial, que multiplica nuestra capacidad de procesar información a unos niveles impensables hace unos años. Sin embargo, ese mismo escenario de progreso convive con una inquietud difícil de ignorar, puesto que, a medida que aumentan nuestras posibilidades, también parece crecer la sensación de que habitamos una época especialmente frágil. Como escribió el autor chileno Benjamín Labatut en Un verdor terrible, «hemos alcanzado el punto más alto de la civilización, solo nos queda caer». Más que anunciar un final inevitable, esta frase nos invita a reflexionar sobre una paradoja profundamente contemporánea. ¿Es posible que una civilización alcance tal grado de desarrollo que termine convirtiendo su propia fortaleza en una fuente de vulnerabilidad?

A lo largo de la historia, muchas sociedades han pensado que ocupaban un lugar privilegiado en el tiempo. Tenemos el claro ejemplo del Imperio romano, que llegó a concebirse como un orden destinado a perdurar indefinidamente. Siglos después, la Ilustración convirtió el progreso en una de las grandes promesas, aparentemente inamovibles, de la modernidad. Más recientemente, tras la caída del bloque soviético, surgieron incluso interpretaciones que presentaban la democracia liberal como la forma definitiva de organización política.

Sin embargo, ninguna civilización ha permanecido inalterable y ninguna ha conseguido escapar por completo a las transformaciones. Precisamente por eso, la frase de Labatut es especialmente fértil para meditar sobre el hecho de que, cuanto más sofisticada se vuelve una sociedad, más consciente parece hacerse de sus propios límites.

Pero, en realidad, esa idea no es nueva. A comienzos del siglo XX, Oswald Spengler defendió en La decadencia de Occidente que las culturas seguían un ciclo vital comparable al de los organismos. Según su interpretación, toda civilización atravesaba fases de nacimiento, expansión, madurez y agotamiento. Aunque esa visión ha sido cuestionada por su carácter determinista, sembró una semilla de pensamiento que aún hoy continúa vigente: ¿existe un momento en el que el éxito comienza a contener el declive?

Según Oswald Spengler, toda civilización atraviesa fases de nacimiento, expansión, madurez y agotamiento

Ahora bien, otros pensadores ofrecieron respuestas diferentes. El historiador británico Arnold Toynbee, por ejemplo, rechazó la idea de una decadencia inevitable. A su juicio, las civilizaciones prosperaban mientras eran capaces de responder de forma creativa a los desafíos que encontraban. El problema aparecía cuando las élites perdían esa capacidad de adaptación y repetían soluciones pensadas para un mundo que ya había cambiado. Desde esta perspectiva, el futuro nunca depende únicamente de las amenazas externas, sino también de la calidad de las respuestas colectivas.

De algún modo, el propio libro de Labatut se mueve en esa dirección. En Un verdor terrible, el escritor nos muestra cómo algunos de los mayores descubrimientos científicos nacieron acompañados de enormes dilemas éticos. Sin ir más lejos, la física cuántica abrió horizontes intelectuales impensables, pero también terminó conectada con el desarrollo de la bomba atómica. Es decir, el conocimiento amplía las posibilidades humanas y, al mismo tiempo, multiplica la responsabilidad asociada a ellas.

Por tanto, quizá la verdadera cuestión no consista en averiguar si vivimos el punto más alto de la civilización. Quizá resulta más interesante preguntarse qué ocurre cuando una sociedad dispone de un poder técnico muy superior a su capacidad para gestionar las consecuencias de ese poder.

Llegados a este punto, la frase de Labatut admite todavía otra lectura. Y es que, tal vez, el mayor riesgo para una sociedad sea la convicción de haber alcanzado ya la cima y no una caída repentina de la misma. Es decir, cuando una sociedad cree que representa el estadio definitivo del progreso, deja de examinar críticamente sus propios límites y acaba confundiendo su desarrollo con su fragilidad.

En este sentido, el filósofo Hans Jonas formuló una advertencia especialmente actual. En El principio de responsabilidad sostuvo que la potencia tecnológica adquirida por la humanidad exigía una ética completamente nueva. Durante la mayor parte de la historia, los seres humanos apenas podían modificar de manera irreversible las condiciones del planeta, mientras que hoy, en cambio, nuestras decisiones afectan a generaciones que todavía no han nacido. En consecuencia, el progreso deja de medirse únicamente por aquello que permite hacer y empieza a evaluarse también por aquello que aconseja preservar.

Una preocupación semejante aparece en la obra de Günther Anders. El filósofo hablaba del desfase entre nuestra capacidad para fabricar tecnologías y nuestra capacidad para imaginar sus efectos. Podemos producir instrumentos capaces de alterar profundamente el mundo, aunque seguimos reaccionando como si las consecuencias fueran mucho más limitadas.

Con todo, tampoco conviene aceptar sin matices los discursos sobre el declive. Autores como Steven Pinker recuerdan que numerosos indicadores muestran avances significativos en salud, educación, reducción de la pobreza o esperanza de vida. Dicho de otro modo, la percepción de vivir una época de decadencia no siempre coincide con la evolución objetiva de las condiciones materiales.

Quizá ahí resida, precisamente, la fuerza de la frase de Labatut, ya que no obliga a creer que el derrumbe sea inevitable, pero tampoco permite abrazar una confianza ingenua en el progreso. Más bien nos sitúa frente a una tensión que acompaña a toda civilización avanzada: cuanto mayor es su capacidad para transformar el mundo, mayor es también su exposición a errores de gran escala.

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