Opinión

Los orígenes del progreso

La obsesión por descifrar las fuentes del progreso ha perseguido a científicos, investigadores sociales y pensadores durante siglos. Y aunque son muchos los que señalan los valores culturales y los principios morales como motor de cambio, no todos han desempeñado el mismo papel a la hora de erigir las instituciones democráticas.

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21
Sep
2021
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¿Qué explica el progreso de las naciones? ¿Por qué en unos países las personas son ricas, viven muchos años y están altamente educadas, mientras que en otros la vida es totalmente opuesta? La búsqueda del elixir de la prosperidad atormenta a los científicos sociales y los filósofos contemporáneos más que la persecución del Santo Grial a los caballeros y alquimistas medievales.

Durante décadas, la voz cantante en la indagación de las fuentes del progreso la han llevado aquellos que han puesto el acento en las instituciones, sobre todo economistas y politólogos. La clave, nos dicen, es la democracia, la capacidad de un sistema institucional de gobiernos y mercados libres que incluye a todos los ciudadanos. Otros, sin embargo, señalamos que no se trata tanto de la democracia como de la burocracia: tener una administración pública imparcial y capaz es lo que sacó a los países nórdicos de la larga noche de oscuridad desde el origen de los tiempos y los propulsó a las más altas cotas de desarrollo equitativo y sostenible jamás visto.

«Durante décadas, la indagación de las fuentes del progreso la han llevado aquellos que han puesto el acento en las instituciones»

Pero, recientemente –y viniendo de los parajes intelectuales más exóticos– muchos buscadores de El Dorado de las sociedades han enfatizado el papel de los valores. Las instituciones, ya sean elecciones libres, tribunales de competencia u hospitales de referencia, necesitan reposar sobre unos valores culturales y unos principios morales. Si no, véase el fracaso de muchas repúblicas exsoviéticas tras la caída del Muro de Berlín, o de Irak y Afganistán tras la invasión norteamericana. Ambas han sido sociedades incapaces de prosperar equitativamente a pesar de copiar y pegar –con ingentes cantidades de dinero de por medio– las instituciones propias de las democracias capitalistas.

¿Qué características de la cultura son fundamentales para el desarrollo? Son los valores «raritos» –por la traducción directa del acrónimo en inglés WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic)–, esos valores que compartimos en las democracias occidentales: el individualismo (frente al colectivismo), el sentido de imparcialidad (frente a favorecer a los de nuestra tribu) y la confianza en los desconocidos (frente a, de nuevo, confiar en parientes y amigos).

«Hay quienes señalamos que la clave del progreso no es tanto la democracia como la burocracia»

La respuesta a la pregunta sobre qué valores importan abre el gran interrogante: ¿qué explica el surgimiento de esos valores en unos determinados lugares del mundo como en la Europa occidental y el mundo anglosajón en un momento concreto en los albores de la Edad Moderna? La evidencia más reciente señala el papel fundamental de la Iglesia. De hecho, si quieres saber cuán individualista, imparcial y confiada es la ciudadanía de una región europea en estos momentos, la variable histórica más relevante es si existía en el siglo VI un obispado o no. La Iglesia católica promovió esos valores al enfrentarse a los clanes que dominaban la vida política y económica del continente (y del resto del mundo).

Para empezar, la Iglesia introdujo la voluntariedad en el matrimonio, una auténtica revolución. Las mujeres, en lugar de ser desposadas en matrimonios amañados con un primo lejano del clan para asegurar la continuidad de las tierras en la misma sangre, tenían que dar el «sí, quiero». Con la expansión de la Iglesia se extendió también el matrimonio basado en la unión de dos corazones libres. Eso llevó a la consolidación de familias nucleares: al casarse, los jóvenes dejaban a sus familias y montaban una propia. Y eso propició la creación de gremios, asociaciones comerciales y también asambleas políticas que sustituyeron a las relaciones informales de los clanes familiares, dominadas por un patriarca. Es decir, un número creciente de individuos empezaron a dejar el cascarón de la familia superextensa –donde crecías, aprendías un oficio y te casabas con quien decidían los mayores de tu familia– y a llevar vidas más autónomas en las que no había alternativa a interactuar, comerciar, formarse y enseñar con personas con las que no compartían lazos de sangre.

Esta segunda respuesta nos lleva a una tercera pregunta para la que, de momento, los científicos sociales no tienen una respuesta sólida: ¿qué motivó a la Iglesia católica? El argumento dominante está basado en los intereses materiales de la Iglesia. En su infinita hambre de tierras y riquezas, el clero desaconsejó los matrimonios entre primos o que las viudas se casaran con su cuñado (una fórmula muy extendida a lo largo de la historia) y así las herencias se incrementaban.

Llamadme ingenuo, pero esta tesis no me convence: ¿por qué esta iglesia católica fue más mezquina que cualquier otra religión a lo largo de la historia? Aplicando la navaja de Ockham (en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable), creo que el factor más factible que explica el cambio de valores promovido por la Iglesia son… los valores propios de la Iglesia.

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