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Daniel Gascón

«La IA parece un poco Bartleby: está dispuesta pero luego no hace lo que le pides»

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Antón Castro
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26
marzo
2026

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Antón Castro

Preferiría no hacerlo. La icónica frase del personaje de Herman Melville ha sido la base de análisis, libros e incluso series de televisión. Ahora, en ‘Los nuevos Bartleby’ (Rosamerón, 2026), basado en el escribiente de Melville, el escritor Daniel Gascón reflexiona sobre el mundo de las oficinas, la precariedad laboral, el decrecimiento, la crisis de fertilidad, entre otros temas.


Para Deleuze, Bartleby, el escribiente es una obra cómica. ¿Se puede ver esa misma comicidad de lo absurdo en la oficina de hoy? Por ejemplo, con lo de «esta reunión pudo haber sido un email», reuniones que preparan lo que se hablará en otras reuniones, o que nadie entiende muy bien qué hace un project manager

Sí, totalmente. Además, creo que muchas veces la comicidad se basa en las tareas repetidas. Sobre todo cuando son tareas que no entiendes muy bien para qué sirven. Entonces hay un momento en que la mera repetición te provoca risa. Y eso sucede mucho en las oficinas. Como escribe Ricardo Dudda en Letras Libres, ahora todos somos un poco managers. Porque como estás trabajando con inteligencia artificial, le estás pidiendo tareas a una especie de Bartley también. La IA parece un poco Bartleby a veces, está dispuesta pero luego no te hace lo que le pides la mitad de las veces. Y la oficina de Bartleby, que es un espacio muy coreografiado, que tiene todas esas rutinas, el que trabaja por la mañana porque por la tarde está borracho, el otro que está pensando en comer… En un texto que no leemos de forma costumbrista, es cómico y fácil pensar en nuestras propias oficinas cómo suceden estas cosas.

Hace un tiempo se hizo viral un meme que decía: «Una carrera, un máster, dos idiomas, para que mi vida sea mandar emails». Y cada email engendra otro y al final es un tsunami.

Total, y encima ese trabajo que es horrible, repetitivo, frustrante y un poco estúpido a lo mejor desaparece por la inteligencia artificial. Es como el chiste de Woody Allen de que la comida es mala y las raciones son pequeñas [risas]. Eso pasa con los trabajos y los emails, que los que escribes y los que recibes son más de los que necesitarías para gestionar.

«Muchas veces la comicidad se basa en las tareas repetidas»

¿Hoy la quiet ambition sería esa «férrea falta de voluntad» de Bartleby?

Puede ser, sí. En la novela clásica, el personaje masculino del siglo XIX es un poco el trepa. Desde Julien Sorell hasta Juan Marcel. Esa figura ahora en las novelas no es tan importante quizá porque el que escribe libros ya no suele identificarse con el que puede ascender desde las provincias y llegar a la ciudad y a lo mejor luego le va mal, pero tiene ese momento de cierto brillo. Ser artista era una posición de ascenso social y ahora ya no. Pues Bartleby no es para nada trepa, es casi lo contrario. O sea, parece que no tiene ambiciones y lo que sí tiene muy claro es que hay cosas que se niega a hacer. Y como nunca sabes por qué es, puedes proyectar todo y se vuelve infinito.

Mencionas al personaje «trepa». Hoy, que se habla tanto de la importancia del networking, hay gente que afirma que lo que importa no es hacer bien el trabajo sino caerle bien a los jefes. Bartleby, en cambio, no adula, todo lo contrario. Hace una resistencia mínima pero que sigue siendo resistencia…

Una resistencia mínima, pero inflexible. A mí hay algo que me llama la atención que tiene que ver con las redes sociales: el peloteo se exhibe. Lo vemos incluso en los políticos subordinados a sus líderes. Incluso a los jefes de Silicon Valley haciéndole la pelota a Trump de una manera que daría vergüenza a cualquier empleado de supermercado. Además, como se expresa en público, el que se comporta de una forma que antes era normal, o sea, no ser maleducado ni pensar que hay que decapitar todos los jefes, entonces ya aparece como desagradecido. Es un un cambio de código.

«Bartleby no es para nada trepa, es casi lo contrario»

Melville pasó de la caza de la ballena a la caza del lapicero. Actualmente, lo que está de moda es cambiar el lapicero por la ballena: todo el mundo quiere vivir experiencias, performar en redes sus viajes y lo buena que es su vida, por no decir también la «moda» de que todo el mundo debería ser emprendedor.

 Sí, sí, eso es verdad. En parte, la vida se ha hecho más diversa, tenemos una variedad de experiencias que antes no se tenían y también queremos muchas veces que los demás sepan que las tenemos. Que vean el lado más turístico de nuestra vida y no el lado cotidiano. Pero el lado cotidiano es fundamental. Además, seguramente la felicidad muchas veces reside en conseguir que tu vida cotidiana tenga satisfacciones. Como la canción de Ray Wylie Hubbard que dice «the days I keep my gratitude higher than my expectations, those are good days».

Con un mundo laboral cada vez más inseguro, en el que el puesto de trabajo es incierto, los sueldos son escasos, abundan los contratos precarios, los falsos autónomos y el trabajo ocasional, ¿lo absurdo no es lo obsesionada que está la sociedad con el lado laboral de la vida? Es decir, ¿que haya tanta gente performando su ajetreo, lo ocupada que está, el poco tiempo libre que tiene?

Sí que hay una especie de hiperactividad y una parte de ella es un poco absurda. Siempre la gente se queja de los jóvenes, pero es que los trabajos no son como antes. Es mucho más móvil todo, no te da esas oportunidades de seguridad económica o de estatus que tenías antes. Ahora en muchos trabajos culturales tienes que hacerte tu marca. A lo mejor es bastante racional pensar que si el trabajo no me va a dar tanto, mi compromiso con el trabajo, pues no voy a matarme, no voy a estar tan pendiente de esas cosas. Y se me hacía graciosa esta observación de que la gente en el lecho de muerte dice «me gustaría haber estado más tiempo con mis hijos, haber leído más libros, haber follado más…»; lo que casi nadie diría es «tenía que haber hecho más horas extra».

Hay una parte del libro que me hizo mucha gracia en la que recoges la Simple Sabotage Field Guide de la CIA. Reuniones eternas, procesos innecesarios, la burocratización de las decisiones, las órdenes poco claras, los ascensos de trabajadores ineficientes… Estos supuestos sabotajes son la realidad de muchos empleados que no necesariamente están tratando de boicotear nada…

Que sepamos [risas]. A mí me encantó. Encontré la guía, que era como un manual para los espías en países ocupados por los nazis para que pudieran boicotear sin que les pillen. Y, claro, esas cosas que has comentado, o lo de que cuando se acabe el material avisa de que se ha acabado solo en ese momento y así provocas un retraso y tantas cuestiones que siempre han estado. Que creo que todo el mundo ha visto eso en las oficinas. Normalmente, si no sabes quién es saboteador de tu oficina, es porque eres tú.

«Idealmente, para dar órdenes sobre un trabajo deberías saber el tiempo que lleva»

Y también pasa con los directivos, incluso en multinacionales, que los trabajadores dicen que el propio jefe es el que obstaculiza la eficiencia.

Claro, porque además idealmente para dar órdenes sobre un trabajo deberías saber el tiempo que lleva. Y hay algunas tiras cómicas en que dice «bueno, me ha mandado a hacer algo alguien que no sabe cuánto cuesta ni cómo se hace». Entonces es una orden un poco absurda que boicotea, porque tienes a alguien liado con algo que tarda más de lo que tú crees.

Y ya para cerrar: en una crisis de potencia, en la que no se puede no poder, en la que siempre debemos rendir y nunca rendirnos, ¿qué consecuencias sociológicas tendría que «prefiriéramos no hacerlo» en cuanto a cumplir con el mandato de la identidad laboral sacralizada, no trabajar hasta quemarnos o  no entregarnos ciegamente al consumo? 

Pues no sé, me cuesta imaginarlo. Es una posibilidad que me costaría. O sea, yo mismo no es que sea muy productivo, pero me cuesta parar y tampoco es algo que diga tendría que aprender a hacer: «ya dormirás cuando estás muerto». Pero, bueno, podría tener algunas ventajas. Y sí que creo que esa combinación de hiperactividad, distracción no es buena, ni siquiera para la productividad. Estamos como muy afanados, muy atareados, en tantas cosas que no estás en ninguna. A lo mejor compartimentarlo sería mejor y podríamos disfrutar más y mejor y trabajar mejor. También las mejoras de las condiciones de vida son por excedentes. Entonces, cuando la gente dice «tenemos que producir menos y ser decrecentistas», eso está bien en una sociedad más o menos rica, pero los que están en países pobres y quieren llegar a este nivel pues si dicen vamos a producir menos y pues a lo mejor los hospitales son un poco peores.

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