El Centenario Siniestro
Pol Pot y la tragedia inolvidable de Camboya
El genocidio camboyano, que solo fue detenido por la invasión vietnamita en 1979, dejó una nación moral y materialmente devastada. Pol Pot logró evadir la justicia internacional, muriendo en 1998 sin rendir cuentas por sus crímenes.
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La conmemoración del centenario del nacimiento de Saloth Sar, más conocido como Pol Pot, nos obliga a realizar un ejercicio necesario de memoria. El régimen que lideró en Camboya, rebautizada como Kampuchea Democrática, constituye uno de los capítulos más aterradores del siglo XX. La gravedad del genocidio camboyano reside no solo en su brutalidad, sino en su naturaleza de autogenocidio: un movimiento que se levantó en nombre del pueblo para, paradójicamente, aniquilar a cerca de un cuarto de su propia población en menos de cuatro años (1975-1979). Esta masacre sistemática de entre 1,5 y 2,2 millones de personas no fue un simple daño colateral de la guerra, sino la aplicación fanática y metódica de una distopía ideológica. El objetivo de Pol Pot era llevar a la nación a un «Año Cero», borrando de un plumazo la historia, la cultura, las instituciones y, en última instancia, a todos aquellos ciudadanos que no encajaran en su delirio de pureza agraria. Es un recordatorio de la fragilidad de la civilización y el horror al que puede conducir el extremismo político absoluto.
Pol Pot (1925-1998) provenía de un entorno acomodado y recibió educación en París, donde se radicalizó políticamente. Su regreso a Camboya y su posterior liderazgo del Jemer Rojo (Khmer Rouge) cristalizaron una ideología volátil y singular. El comunismo de Pol Pot era una mezcla de ultranacionalismo xenófobo y un maoísmo agrario primitivo llevado al extremo. Rechazaba el modelo industrial y urbano, demonizando a la población de las ciudades como «parásitos» contaminados por el capitalismo y la influencia occidental (la «nueva gente»). Para el Jemer Rojo, la auténtica pureza revolucionaria residía únicamente en el campesinado pobre y rural (la «gente vieja»). Por ello, su proyecto implicó la abolición inmediata y total de la moneda, los mercados, la religión, la educación, los hospitales y las libertades individuales. Su visión no era solo una transformación económica; era una purga totalitaria de la psique y el tejido social camboyano para forjar una nación campesina sin clases, sin intelectuales y sin historia.
El comunismo de Pol Pot era una mezcla de ultranacionalismo xenófobo y un maoísmo agrario primitivo llevado al extremo
Las causas que propiciaron el ascenso y la consolidación de esta revolución extremista son complejas y se encuentran profundamente ancladas en el contexto geopolítico de la Guerra Fría en Indochina. Camboya, una nación formalmente neutral, fue arrastrada a la vorágine por el desbordamiento de la Guerra de Vietnam. La masiva y devastadora campaña de bombardeos secretos lanzada por Estados Unidos (operaciones «Menú» y «Freedom Deal») entre 1969 y 1973 desestabilizó fatalmente el campo camboyano, desplazando a millones de personas y alimentando el resentimiento antiestadounidense. Esta destrucción generó un caldo de cultivo perfecto para el Jemer Rojo, que pudo presentarse como la única fuerza capaz de defender la soberanía y la dignidad nacional. La incapacidad y la corrupción del gobierno prooccidental de Lon Nol, que había derrocado al Príncipe Sihanouk, sumadas a la miseria y el descontento rural preexistente, crearon un vacío de poder. El Jemer Rojo capitalizó este dolor y caos, prometiendo un cambio radical que terminó siendo la peor de las pesadillas.
Tras la toma de Nom Pen en abril de 1975, el Jemer Rojo puso en marcha su plan con una serie de acciones inmediatas y devastadoras contra su propio pueblo. La primera medida fue la evacuación forzosa e instantánea de todas las ciudades; millones de habitantes urbanos fueron obligados a marchar a pie hacia el campo para ser reeducados a través del trabajo manual en granjas colectivas. Una vez en las cooperativas, la «nueva gente» fue sometida a jornadas de trabajo esclavo en los arrozales, con raciones mínimas que aseguraban la inanición, y sin acceso a medicinas o atención sanitaria. Las purgas y el exterminio sistemático se dirigieron contra cualquier individuo considerado «contaminado»: minorías étnicas (vietnamitas y chams), líderes religiosos, y, trágicamente, intelectuales o cualquier persona que hubiera mostrado signos de educación burguesa (el simple uso de gafas o el conocimiento de un idioma extranjero podían ser una sentencia de muerte). La paranoia del régimen culminó en la infame prisión de Tuol Sleng (S-21) y en los Campos de la Muerte, donde miles de personas, incluyendo cuadros del propio partido, fueron torturadas y ejecutadas sumariamente.
El genocidio camboyano, que solo fue detenido por la invasión vietnamita en 1979, dejó una nación moral y materialmente devastada. Pol Pot logró evadir la justicia internacional, muriendo en 1998 sin rendir cuentas por sus crímenes. Precisamente por ello, este genocidio no debe ser olvidado. La lección de Camboya es que el fanatismo ideológico, al buscar la utopía a través de la violencia absoluta, destruye primero la realidad y luego a la humanidad misma. Recordar a las víctimas es un imperativo moral, pero también una advertencia política permanente. Es un testimonio del peligro inherente a cualquier proyecto político que desprecia la vida humana, niega la dignidad individual en nombre de una pureza colectiva y utiliza el terror como herramienta de gobernanza. Mantener viva la memoria de la Kampuchea Democrática es la mejor defensa contra la repetición de los horrores que surgen cuando la paranoia y el poder absoluto se fusionan en un único objetivo.
Ricardo L. Falla Carrillo es docente en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
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