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Stanley Kubrick y el superhombre

«El hombre no es un salvaje noble, sino un salvaje innoble. Es irracional, brutal, débil, estúpido, incapaz de ser objetivo con sus propios intereses», declaró el cineasta.

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07
enero
2026

Stanley Kubrick, como creador total, omnipotente y plenamente consciente de sí mismo y de su opción fundamental en su arte, utiliza al cine y a sus criaturas –interpretación, fotografía, música, escenografía, montaje– para explayarse en su percepción y discurso acerca de la naturaleza humana.

Todo el andamiaje cinematográfico del cineasta neoyorkino y quizá su principal magisterio, ese que le sitúa en el Olimpo de los directores de cine, está prestigiado por la enorme distancia temática aparente entre sus películas, el heterodoxo corpus temático de su cine –film noir en sus inicios, péplums de encargo, ciencia ficción (tres en sus escasos trece filmes), bélicos (antibélicos, mejor dicho) o terror –. Este hecho esconde, sin embargo, una gran trampa.

El cine de Kubrick arremete contra cualquier postura teórica que glorifique al hombre

Es verdad que, aunque desde los gladiadores a los astronautas hay una gran sima, y de las abyecciones rijosas del profesor Humbert Humbert a la sed de sangre de una IA primigenia media un abismo, toda su obra se asienta en una base inamovible y sobre la que percute una y otra vez sin importar el contexto, la época o si la película estaba iluminada con luces de velas o fotografiada con lentes Zeiss mangadas a la NASA. Eso es un trampantojo, o un macguffin, ya que hablamos de cine. Lo que atraviesa toda la obra de Stanley Kubrick es un profundo desapego a la condición humana, un nihilismo estructural que le sale de las entrañas y que arremete contra cualquier postura teórica que glorifique al hombre, empezando por las religiones y acabando en las instituciones supuestamente civilizadas, coronándose a sí mismo como el sucesor de Voltaire.

En este sentido, su película más anti-Rousseau es, sin duda, La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), una distopía que se presenta como compendio de toda la filosofía kubrickiana. Basten un par de ejemplos: si en la novela homónima de Anthony Burguess la mirada final es cristiana y redentora –Alex se reinserta en la sociedad y se refugia en la familia–, Kubrick lo cambia radicalmente en la película, con ese salvaje y grotesco plano final, dando un giro de 180 grados al mensaje para, claro está, amoldarlo al suyo propio y, de paso, tirar por tierra la visión humanista del pobre Burguess. Un golpe de efecto filosófico en toda regla. Y no solo a un nivel narrativo: Kubrick apuntala su pensamiento también en lo estético y en lo musical, desposeyendo de toda hondura al arte de Ludwig Van Beethoven y dando una relectura mordaz, mecánica, cínica y fría como un bisturí a la Novena Sinfonía, el himno apócrifo de Occidente.

En ‘La naranja mecánica’ se da una relectura cínica de la Novena Sinfonía de Beethoven, himno apócrifo de Occidente

Pero sin duda, la mayor pista que nos da el negrísimo chiste negro filosófico que es su cine la encontramos en el final de 2001: Una odisea del espacio, posiblemente la película más (re)interpretada de la historia. Aunque el propio director se empeñaba en quitar lastre a todo análisis metalingüístico de la cinta y aconsejara verla como mera «experiencia sensorial», en una entrevista de 1980 a su colega Jun’ichi Yaoi desvelaba, entre otras muchas cosas, que el monumental feto que aparece al final de la película, acunado por el Así habló Zaratustra de Strauss, representaba al superhombre en que el astronauta Bowman se ha convertido. Esto sucedía gracias a la ayuda de una inteligencia superior que había colocado unas pistas (los monolitos) en una yincana que duró varios millones de años. Stanley Kubrick nos dice que ese superhombre es el único camino posible para la supervivencia de la raza, que ya no está claro que sea humana y la trasciende. Porque los humanos, tan ufanos y fanfarrones, no hemos sido capaces por nosotros mismos de evolucionar moralmente y han tenido que venir desde fuera a tutelarnos en el salto que va desde el Amanecer del Hombre hasta su Ocaso.

Alex DeLarge, el descarriado protagonista de La naranja mecánica, no es más que el propio homínido de 2001, solo que cuatro millones de años después. Representado fílmicamente exactamente igual que aquel, en cámara lenta y contrapicada mientras alza el bastón-hueso para controlar con la violencia a sus congéneres, Kubrick nos está diciendo que el ser humano, ese ser, no ha avanzado nada desde su albor.

«El hombre no es un salvaje noble, sino un salvaje innoble. Es irracional, brutal, débil, estúpido, incapaz de ser objetivo con sus propios intereses (…) y el intento de crear instituciones basadas en una visión falsa de la naturaleza humana está probablemente condenada al fracaso». Palabra de Kubrick, Stanley.

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