Sobre la vanidad de los padres
Buscar distinguirse a través de los logros de los hijos tiene efectos nocivos en la relación paternofilial.
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Cada vez es más común criticar a los padres: con el paso del tiempo, se ha convertido en un tema común entre amigos, ya no solo se aborda en las consultas de los psicólogos y, en definitiva, no es tan tabú como podía serlo hace décadas.
Los padres, como cualquier otra persona, pueden demostrar arrogancia y vanidad. El problema es que este tipo de rasgos se desarrollan en una relación vertical y jerarquizada, sobre todo cuando los hijos son menores de edad. En este tipo de vanidad, los padres buscan destacar y distinguirse a través de los logros de los hijos, muchas veces desde una proyección del ego, en lugar de buscar la satisfacción y la alegría de ellos. Un comportamiento vanidoso, basado en el orgullo excesivo, la preocupación desmedida, la arrogancia y las imposiciones, ejerce un efecto nocivo en la vida de los hijos; este tipo de paternidad tiene consecuencias bastante negativas.
Un comportamiento basado en el orgullo excesivo o la preocupación excesiva ejerce un efecto nocivo en la vida de los hijos.
Una de las mayores dificultades de esta paternidad es que, tras concebir grandes expectativas sobre los hijos, les exigen sobresalir en todo. Como se parte emocionalmente de una vanidad y unas exigencias imposibles que no pueden cumplir ellos mismos, pero sí piensan que pueden cumplir los hijos, se crea una herida profunda. Proyectan en sus hijos los sueños y las esperanzas que esperaban cumplir ellos de jóvenes y los presionan para que cumplan con unas expectativas inviables.
Cuando la vanidad hace que los padres entiendan a los hijos como una extensión del yo y no como una vida distinta a la suya, se desliga la actitud educativa de los padres y se propicia una relación donde la carencia afectiva y la sumisión desempeñan un papel primordial a la hora de mantener roles familiares.
Esta relación solo demuestra un complejo de superioridad de los padres, que mantienen la idea de que los hijos le deben todo a sus padres por haberles dado vida, por hacer que estén en la Tierra.
La novela Los reyes de la casa de la autora francesa Delphine de Vigan explora la tendencia de los padres que exponen a sus hijos en redes sociales. La protagonista, una madre llamada Mélanie Claux, empieza a grabar el día a día de sus hijos Sammy y Kimmy y lo publica en redes sociales. Con esta sobreexposición y explotación infantil, saca rédito económico de sus hijos y llena sus vidas con patrocinadores y materialidad. Sus vidas se tuercen cuando secuestran a Kimmy y la madre recibe, a través de las mismas redes sociales donde la exponía, mensajes y peticiones extrañas.
Novelistas como Delphine de Vigan o Sara Mesa han explorado la vanidad de los padres
El sharenting, término por el que se conoce a compartir la paternidad –y a los hijos– en redes sociales, es el paso anterior a esta sobreexposición y explotación de la imagen de los hijos menores de edad que surge desde la vanidad, aunque a veces también nace del puro alarde y del exhibicionismo. La Agencia Española de Protección de Datos, la AEPD, enumera los peligros de publicarlos en redes: el uso fraudulento de estas imágenes, la geolocalización, la falta de privacidad, el ciberbullying, el grooming y la pedofilia.
La familia de la novelista Sara Mesa también explora la vanidad desde la paternidad. ¿Cuáles son las heridas familiares que subyacen y dan razón a la vanidad de los progenitores? Damián, el padre, obsesionado con la rectitud, la pedagogía y los ideales íntegros, oprime a sus hijos mediante una vanidad desmedida. Se ha demostrado que la familia puede ser una institución autoritaria; cuando los padres muestran signos de vanidad, esta puede ser una organización en la que reinan los secretos y el silencio.
Ser presumido y alegrarse de los éxitos de los hijos no es un problema, pero sí lo es cuando esto surge desde actitudes narcisistas y vanidosas. ¿Cómo podría cambiar esta dinámica paternofilial si se detecta en la relación? Posiblemente, a través de la confrontación: que el hijo decida poner límites, como dejar de salir en las redes sociales de sus padres o, por ejemplo, dejar de entrenar en exceso, si se dedica al deporte infantil. Asimismo, también podría ser el propio padre el que se diera cuenta de que un orgullo desmedido puede afectar negativamente al bienestar físico y mental de su hijo.
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